miércoles, 31 de agosto de 2011

Siempre, por vez primera

22 de abril de 2004 es una fecha no difícil de olvidar. Sandra iba camino a su trabajo, Víctor ya estaba trabajando. Los dos estaban en el bus de la ruta 38 que cruza de oriente a poniente, que llega al metro Chapultepec proviniendo de Avenida del Taller. Era una ruta muy tradicional en la que lo único nuevo relativamente eran los transportes, cada vez más grandes, con la novedad, desde hacía un par de años, de que éstos tenían una pantalla con noticias, datos curiosos y algún clip de video. Era como un servicio extra que daban los ruta 38, pero que la gente pocas veces tomaba en cuenta. Las noticias eran frescas, los datos tenían su importancia, pero ningún pasajero quería verse sorprendido leyendo algo. Parecía que hubiera habido un peso social sobre aquél o aquélla que osara ver aquella pantalla empotrada al techo, junto al acceso de entrada o la otra, que estaba justo a la mitad. Sólo Víctor, que estaba sentado como siempre hasta atrás a esa hora de la mañana, y que ya desde hacía un tiempo se había percatado de cómo las pantallas eran ignoradas, podía darse ese permiso de leer o ver algo de vez en vez. Cómo evitar el cáncer de piel, técnicas de lavado efectivo de manos, el último disco y el sencillo de Luis Miguel eran datos que él dominaba gracias a esos vistazos a información diaria. Pero ahora estaba trabajando. El ruta 38 normalmente no era para él más que el transporte a otras rutas donde sí ejercitaba su carterismo. Estaba contra su principio robar en el transporte cercano a casa y era para él sólo su medio para llegar a sus distintas oficinas. Pero este día era distinto. Y era que ya había visto a Sandra con ese aparato mágico, un iPod, capaz, había leído en esa misma pantalla noticiosa, de contener mil canciones ¡mil canciones en esa caja más pequeña que su cajetilla de cigarros! Él lo sabía desde hacía meses, un año quizá, gracias al ruta 38. Sandra subía al bus siempre en Querétaro y Mérida. Siempre quería decir desde hace aproximadamente año y medio. Víctor la había visto casi desde la primera vez que había subido. Siempres había varios: la misma hora, 8.25, la misma parada, el mismo lugar para sentarse, a mitad del bus, en uno de los asientos individuales de la fila de la derecha. Siempre guapa, elegante, moderna, se notaba que iba con la moda y que tenía algún puesto ejecutivo, o al menos de recepcionista en alguna empresa de ésas importantes. Siempre sin voltear a ver a nadie. Siempre con un libro (que cambiaba cada dos o tres semanas). Siempre descendiendo en la terminal de la ruta. Siempre guardando su libro en su bolso y sus audífonos. El iPod lo traía desde hacía un par de meses. No eran baratos, sabía Víctor, y no los vendían en México, lo que lo hacía más deseable. Su amigo Marcos tenía uno que había conseguido en el ruta 27 hacía también dos meses. Primero no sabía cómo usarlo, después fue viendo cómo bajarle música desde la computadora, música que había bajado de internet y que era muy buena, rock, cumbias, salsa y electrónica. Víctor quería su propio aparato y que su amigo Marcos le pasara su música. Para ahora, 8 semanas después, Marcos era todo un experto en eso de los iPod, y se sabía trucos contra las medidas para evitar la piratería, ps oye, tú pregúuuntame.

Víctor tenía 28 años. Por cierto, los mismos que Sandra. Llevaba ya cuatro en el negocio de la cartera. El tenía también sus propios siempres y sus propios nuncas. Desde luego, siempre sentarse hasta atrás. Siempre cargar con un fólder que se viera como de mensajero, pero nunca hacer notar que llevaba dinero, como de mensajero junior para encargos menores. Siempre ir limpio y con gel en el pelo. Había notado que los mensajeros siempre usaban gel en el pelo. Nunca usar gorra ni gafas oscuras. Era absurdo que la gente no percibiera que los ladrones llevaban siempre una o la otra, o ambas. Siempre hacer el análisis socioeconómico y el diagnóstico de inteligencia de la víctima. Eran fáciles y rápidos, para él. Ambos tenían que ser de nivel medio, para no fallarle. Siempre pararse a la izquerda de la víctima, en el cubo que da a la salida. Siempre que fuera posible, ir por la víctima en la segunda vez que la viera, para saber su parada de descenso y moverse hacia el cubo de salida antes que ellos. Siempre aprovechar enfrenones de los buses para actuar. Siempre eran los mismos frenones, los choferes eran tontos o querían ayudarle. Pero en caso de Sandra todo era diferente. Ella colgaba el bolso de su hombro derecho, en el compartimiento de afuera era donde ponía el libro y el iPod. A veces, eso sí, cambiaba de bolso y metía el iPod, lo encerraba con un cierre y conservaba el libro en la mano, ocultando el nombre del libro, buscando,
-creía Víctor- nunca revelar nada de su persona. Víctor entonces no podía pararse a su izquierda. Tampoco podía fingir que su descenso coincidía con el de ella porque era la terminal y ella bajaba sin esperar en el cubo, por lo que el reto consistía en robarse el aparato en frente de su nariz y de la de quien descendiera también. Marcos le había dicho que estaba loco, que esperara otra oportunidad con alguien más. Lo cierto era que los iPods todavía estaban escasos y todo esto era para él como un examen profesional, pues él sabía que las carreras tardaban cuatro años en estudiarse y él cumplía cuatro años este mes. Era para él también como su premio por licenciarse en carterismo, además del reto. Algo más, que Víctor no sabía o no tenía consciente, era que quería saber qué era lo que Sandra tenía de música, y que era algo así como ver algo de esa intimidad tan resguardada como podía tenerla una usuaria de transporte público y que nunca compartiría con alguien como Víctor, fuera o no carterista.

El momento se presentó. Él tenía claro que Sandra siempre se levantaba de su asiento con el bus todavía moviéndose un poco. Como un elefante que al llegar a su destino desciende para que su pasajera baje de él y diera un último bufido para avisar que bajara. Y era que Sandra leía de principio a fin mientras estaba sentada y estaba condicionada a cierto último movimiento que también los choferes estaban condicionados a hacer al llegar a su base, como si pertenecieran al gremio de los pilotos de aviones que siempre tienen sus rituales y señalizaciones, éstos manejaban sus movimientos idéntico, frenar casi a cero, soltar el freno y luego frenar a cero. La señal inequívoca para Sandra para pararse era la de frenar casi a cero, ahí se quitaba los audífonos, guardaba el ipod mientras se paraba, y ya de pie, guardaba el libro para avanzar hacia la salida y descender en el frenar a cero. Siempre sin ver a nadie. Sólo que esta vez el freno a cero fue abrupto. Víctor se había parado calculando perfecto los movimientos y llegó al pie del escalón junto con Sandra. El enfrenón abrupto lo hizo realmente recargarse sobre ella, sintiendo su cuerpo mucho más frágil y ligero de lo imaginado, y una genuina vergüenza de haberla golpeado, que lo hizo disculparse, seguro hasta con sonrojo, lo cual fue como un plan perfecto. Víctor recuerda el olor a shampú del cabello de Sandra que predominó sobre su perfume a pesar de ser menos intenso y tuvo oportunidad de separar el recuerdo del encuentro del recuerdo del hurto, que era algo automático, a pesar de que el movimiento sobrepasó sus cálculos y complicó su automatismo.

El final del descenso era ya un momento de nostalgia para Víctor, que sólo pudo sobrepasar metros después, cuando Sandra desapareció hacia donde siempre desaparecía y el caminó también como siempre entre puestos hacia el paradero de los buses que llevaban hacia la periferia de la ciudad. Al saberse alejado de Sandra y de cualquiera de los pasajeros del ruta 38, Víctor tomó del bolsillo de su chamarra el iPod y lo palpó, casi sin verlo para no hacer obvia su adquisición recientísima y se puso los audífonos, que para su sorpresa aún estaban tibios y, claro, conservaban el aroma del shampú de Sandra.

Víctor experimentaba tres triunfos, el de haber logrado robarse el iPod en un grado de dificultad máximo. El de tener un iPod y uno más extraño e inesperado, el de tener algo muy personal, como la lista de canciones de Sandra. Los dos primeros eran para el perfectamente conscientes, pero el tercero estaba ahí, latente, oculto. Encender el aparato era como entrar a su cuarto y abrir su closet o sacar algún álbum de recuerdos. Por eso Víctor no se atrevió a encenderlo de inmediato, era como si hubiera dejado la mano en la manija de la puerta y tuviera que experimentar un ritual. Después de todo, Sandra (cuyo nombre Víctor nunca conocería) era completamente enigmática, él imaginaba que habría en el iPod las típicas cosas pop para viejas que ese día tendría el gusto de borrar en casa de Marcos para poner todo Metallica, todo AC/DC, todo Daddy Yankee y demás.

Pero algo pasó. Entró al metro en lugar de subirse a otro bus, pues iba a casa de Marcos. Aún con el iPod en la mano, metió su boleto, quiso esperar a llegar al andén para accionar el botón de encendido y tal vez el de play, que ya había visto en un vistazo furtivo, como si también se estuviera ocultando del reproductor. Se recargó en la pared del andén simulando naturalidad y empezó a mirar el aparato, no había botón de encendido. Era un aparato finamente diseñado, minimalista era la palabra, que si bien no estaba en su vocabulario, sí lo estaba en su apreciación.

Antes de empezar a verse extraño contemplando con curiosidad su propio aparato, Víctor buscó presionar cualquier botón, a riesgo de seguir pareciendo un mico o un ratero. El diseño lo llevó a presionar el botón de play y efectivamente, el aparato se encendió, como un artilugio mágico. El sudor ya se sentía en el cuero cabelludo de Víctor, pero por fortuna para él sólo tenía que volver a dar play para escuchar algo. De la angustia, Víctor pasó al azoro, al comenzar a escuchar música clásica. La pantalla decía:

Franz Schubert

Sinfonía no. 8 Inconclusa

Movimiento 2

Los textos segundo y tercero se alternaban y al segundo movimiento le faltaban 3:30 para terminar, según decía el indicador de avance de las canciones. Sin verbalizarlo ni siquiera mentalmente, Víctor pensó en la ironía de que la sinfonía se llamara inconclusa y para la dueña hubiera quedado igualmente inconclusa, para siempre. Seguro tenía la grabación en casa. Seguro podría comprar otro aparato la siguiente semana, o el siguiente mes, o en dos meses. De pronto, Víctor se vio manipulando el aparato como si siempre hubiera sido suyo. Sentía rubor de que la gente lo viera escuchando música clásica, hasta que con un leve sonrojo se cercioró de que nadie lo estaba escuchando, porque era tan íntimo ese acto de escucha que podía subir todo el volumen y nadie notar qué escuchaba, como pasaba con Sandra, de quien él nunca hubiera imaginado que estuviera escuchando música tan aburrida.

Así pasó de Schubert a la lista de artistas. Algo andaba mal. Víctor no vio un solo conocido en esa lista que lo ninguneaba igual que ella lo había ignorado durante tanto tiempo.

Estaba seguro de que había seleccionado en artistas, fue y volvió y se encontró con la misma lista abstracta, absurda, borrable.

Algo, alguien tenía que hacerle notar cualquier indicio de conocimiento, pero Mendelssohn, Dvorak, Sugar Cubes, Cranes, Peter Paul and Bjorn, King Krimson, Johanes Brams, John Coltrane, eran respuestas que le provocaron preguntarse como por reflejo “Qué pedo con esta vieja”. El mecanismo de defensa funcionó por unos segundos. Pero el confort duró hasta la necesidad urgente de dar clic al siguiente artista. Bjork lo mandó a los submenús Debut, Gling Gló, Post, Telegram, Vespertine. Glin Glo le sonó, bueno, no le sonó, le latió, y así entró la canción llamada igual. Nuevamente rubor, esto era una cursi y ridícula caja de música. Ya salió lo cursi. Tres compases de notas agudas, contadas como gotas de piano y una voz femenina en idioma más raro
que el inglés. Nadie lo veía. Nadie lo escuchaba. ¡Qué bueno! La voz era como infantil. Quizá algún tipo de Cri-cri para burgueses. De pronto el piano se volvió grave y entraron más instrumentos. El ritmo era contagioso. El contraste con la introducción estaba planeado para confundir. Pero esto era igual de extraño y placentero. La voz ya no era tan dulce y cursi, tenía momentos incluso enronquecidos. Los músicos habían levantado en un segundo un diálogo energético que nuevamente hacía mirar a Víctor a su alrededor. Ahora quería que la gente que lo rodeaba escuchara la música en lugar de sentirse avergonzados. Pensar en Sandra era inevitable. No de una forma idílica, sino con una admiración primeriza a tan excéntricos gustos. Las palabras no llegaban de una forma tan explícita a Víctor, ni los pensamientos se regodeaban tanto en sí mismos, más bien eran ideas que pasaban por su mente como pequeños flashazos, ráfagas que sólo le ocurrían cuando reconocía a un candidato precalificado para robo. Pero ahí estaban sus pensamientos, explicados a detalle por mí, pero para ser imaginados como ideas de un segundo.

Marcos lo esperaba en su casa. Víctor llegaba afuera de su edificio, pero escuchaba

The Juan Maclean

Happy House

y no podía dejar de oír esto. Tuvo que sentarse en una parada de bus, esperar al bus de manera ficticia, sin ver cuántos pasaban. Víctor escuchaba esa canción, muy parecida a la música electrónica pero con algo que lo hacía viajarse. Enconchado en uno de los asientos, Víctor sólo descuidó un momento la música para esperar que Marcos no pasara por ahí, sabía que llegaría con una patada o un zape, y que le quitaría el iPod para quedárselo o… o para cambiarle la música.

Ryuichi Sakamoto

Happy End

Había reservas de dinero para varias semanas. Víctor podía pasar unas vacaciones. Sabía que no lo haría. Pero sabía también que el colchóncito ahí estaba. Lo que no tenía reserva era la batería del Ipod. Marcos era la única solución. Como un niño con juguete nuevo, todo giraba en torno a ese artilugio que ahora era portador de algo que Víctor no comprendía. La magia estaba ahí, no en el equipo, sino en el contenido. Algo conmovedor le traía la mezcla de canciones que el shuffle le traía sin que él supiera que estaba activado, lo cual le daba un elemento de manipulación, casi tiranía, de arbitrariedad estética que hacía a Víctor escuchar algo que dominaba sus emociones. Sandra seguía presente, latente. Después de todo era la autora de la lista de canciones y nunca desapareció su imagen, como cuando se escucha la música y se piensa, más bien, se siente al autor.

Hacia las dos de la tarde el equipo cedió. La última canción que lo dejó oír fue… demonios. Lo olvidó. Se apagó el equipo. No había remedio. Había que buscar a Marcos.

“¡Te pierdes, mi cabrón!” le dijo mientras sacaba uno de esos cables blancos que había comprado en 50 pesos y que podía conectar a la computadora. Víctor le pidió que no fuera a borrar todavía la música. Marcos se extrañó. Estaba listo para pasarle toda su música que hasta había apartado en una librería especial y tenía justo las mil canciones que cabían en el aparato que su amigo le traería. “Dame chance, hay dos tres canciones que quiero apartar” “Uy mijo, para eso me gustabas, ¿pues que no es el Ipod de la chava ésta de las mañanas?” “Pues sí, pero tiene música dos tres chida.” “Mmta, pues ahí me avisas” “llévate el cargador, y que disfrutes de tu músiquita de nena, culero. Ay luego me lo traes y me dices cuándo te paso rolas para hombrecitos”.

Víctor iba liberado. Se sentía contento con su música intacta. Su cable cargador le iba a servir para escuchar de nuevo esas “dos tres rolas chidas”.

Nueve treinta de la noche.

Björk

Play Dead

Era como masturbarse. Era como un cigarro de mota. Era como ausentarse. Era demasiado. No sabía qué decían las palabras. No sabía qué decía el título. Pero para él era como morir de tan intensa la música. Creyó que dormiría escuchando seis, doce, treinta de las 800 canciones que decía la pantalla que había en la memoria de ese chunche de 13 X 6 cm, pero sólo pudo escuchar una canción. Como comer un manjar y querer quedarse con el sabor. Como haber visto una película y querer dejar semanas sin ver nada más. Como leer un grato libro y no querer que termine. Así era Play Dead. ¿Ponerla de nuevo? Víctor negó con la cabeza en el silencio, como si alguien más se lo hubiera preguntado. Con los ojos cerrados.

La mañana siguiente, Víctor decidió sí ir a trabajar. Su cerebro despertó a la hora de siempre y su cuerpo se levantó para dirigirse a los mismos lugares de siempre. El asiento de plástico del bus tenía un grafitti conocido por él. Sabía que había tomado ese mismo bus varias veces por ese grafitti, que sólo le recordaba su presencia cuando lo veía. Ahora el grafitti se veía más lavado, como si hubieran intentado borrarlo a tallones con un trapo húmedo, pero ahí persistía, recordándole a Víctor una cotidianeidad que parecía no dejarlo escapar de ella. Al abrir los ojos después de un rato, Víctor se percató de que ahí estaba Sandra. En su lugar de siempre. Como el grafitti en ese bus, pero ella, con un libro. Sin audífonos puestos.

Johannes Brahms

Symphony No. 1 in C minor, Op. 68 Finale

Era la canción que seguía en la lista al azar. Víctor la escuchó mientras veía a Sandra, cuyo nombre nunca conocería. En la pantalla de noticias estaba Carmen Salinas y un pie de foto que hablaba de su más reciente revista musical. Los tobillos y buena parte de las pantorrillas de Sandra se veían por el tipo de pantalón que ella llevaba puesto. La canción duraba 8:38, el tiempo aproximado que faltaba para llegar a la parada de Sandra, calculaba Víctor. La música tenía una intensidad casi dolorosa que hacía a Víctor respirar con intensidad. Sandra cambiaba las páginas de ese libro que Víctor nunca sabría de qué trataba. Seguro era algo equivalente a la música que había en el Ipod, con letras, con palabras, con ideas que él seguro no podría degustar, o quizá sí, con mucha preparación. Por lo pronto él ya sabía qué música existía, cómo podía sentirse con ese arte del que probó apenas unas porciones. La música terminó. Víctor se levantó, caminó. Los tobillos descubiertos se veían más cercanos, la textura de su piel recubierta por el brillo de alguna crema posterior a un muy temprano baño. Víctor sacó de su bolsillo el Ipod con los audífonos enrollados, se lo puso a Sandra sobre el libro abierto, ella miró el aparato, confundida alzó la vista para ver a Víctor, que por un segundo hizo contacto visual con ella. Sandra tenía un lunar pequeño en la mejilla izquierda, no lo hubiera distinguido de no haber estado tan cerca de ella. Hizo un esbozo de sonrisa, o es lo que él pensó. Se dio la media vuelta y bajó del bus.