jueves, 8 de enero de 2015

El sol no tiene prisa, por Fabiana Bucio


Un claro en el bosque puede no anunciar nada, o puede vaticinar lo que viene, porque aquí habrá un árbol que ahora no hay, y ocurrirán cosas que pudieron vivirse hace cientos de años. Y no es que se trate de algo muy importante. Es lo que ocurre siempre, pocas veces. Y de esas pocas, menos son nombradas. Pero ahí están. Como este árbol que aún no existe.

Un pez gris, plateado, nada en agua no preparada para él. La pecera no es pecera, es un recipiente amarillo opaco del que el pez, que es un salmón, quiere salir. En realidad no quisiera dejar el agua, pero el recipiente le provoca claustrofobia a ese pez que no quiere estar dentro ni fuera, por eso se lanza al exterior, a esa atmósfera sólida para sus branquias, y cae al piso. La caída es apenas percibida: hay dolor, pero el sometimiento a la sólida atmósfera lo supera.

El salmón encontró que no había muerto en esa atmósfera que le rechazaba la respiración. Corrió huyendo, y encontró que podía correr, respiró y descubrió que se le daba respirar por la boca, y hablar. Pero no quiso hablar. El pez miró y descubrió sus pies, y también lloró, y vio que el mar podía salir por sus ojos, pero se guardó su llanto para cuando volviera al mar.

Y fue que un árbol nació, sin que lo viera nacer nadie. Un conejo hembra, una coneja, miró la primera infancia de ese árbol como espejo de la suya, y pastó en todos lados menos en su derredor. Quería que ese terreno viviera intacto, pero el terreno se volvió bello, un paraíso para los demás seres del bosque. ¿Un conejo y un pez?

En el bosque-paraíso, un árbol-niño que algún día daría pepinos amarillos vive proclive del abuso-descuido que lo podría hacer sucumbir. Una tormenta, inoportuna como todas las tormentas, lanzó un rayo junto al árbol, casi acertando en la coneja despavorida, que salió hacia donde fuera, viva, lejos de él.
La tormenta continuaba cuando la coneja era transportada en una red a un pickup rojo. Después de varios minutos, el aguacero cedió porque la nube terminó. Demasiado tarde. Demasiado lejos. La coneja, que no conocía nada del mundo, veía la carretera y daba miradas al conductor, un hombre amable, desconocido. La coneja temblaba de frío, de miedo. La habían sacado de su bosque por primera vez. Quería regresar a su árbol y a su prado. El hombre le hablaba palabras gratas que ella no entendía. Conocía el idioma, era también suyo, pero no hilaba el sentido de las palabras al oírlas, y entonces era como un idioma otro cualquiera. El hombre llevaba la radio encendida con canciones que ella no podrá olvidar. Una bocina rota hacía a la música distorsionar en los bajos, pero al hombre no parecía molestarle. El hombre lloraba conteniéndose, mientras le hablaba, luego reía y se secaba las lágrimas. La coneja entonces se dio cuenta de algo: estaba sentada parecido al hombre, ¿cómo podía hacer esto si era una coneja? Sus patas colgaban y estaba sentada sobre su trasero, y el hombre ya no le parecía tan grande, porque era ella quien estaba más grande. Entonces, algo la estremeció. Algo sintió en esas patas que ahora colgaban del asiento y que no quería ver. El hombre seguía hablando, riendo o sollozando, y a veces haciendo todo esto a la vez. Se armó de valor para asomar la coneja, y se dio cuenta de que sus patas traseras ya no eran más patas. Eran unos pies como los del hombre, mucho más pequeños, con zapatos, y que colgaban del asiento. Los zapatos eran negros, tenían hebilla, correa y dos espacios que dejaban ver unas calcetas blancas. Quizá era la pesadilla de todo lo que estaba ocurriendo. Quizá todo era una pesadilla lista para ser borrada con algún movimiento brusco. No le preocupaba el hombre, que estaba atento a su propia historia y a su camino. Entonces levantó un pie la coneja, lo acercó a su pata delantera y tocó con ella. La sensación tanto para la pata-mano, como para el pie fue igual de sobrenatural. Aún con el calcetín sintió el pelaje de la mano, era como si tuviera la carne viva y como si la tela y el pelo tallaran sobre ella. La pata sintió una piel insoportablemente tersa que la hizo querer vomitar, gritar. ¿Qué este hombre no se daba cuenta de todo lo que pasaba a su lado? ¿A dónde la llevaba? ¿Qué era esto? El hombre dio unas palmadas en su cabeza. La coneja trató de dormir. O de despertar. El pickup Dodge rojo siguió su viaje por la carretera seguramente a un bosque desconocido.

El salmón era acechado por un gato y un halcón, esto es, por tierra y cielo. El gato lo había seguido hasta una madriguera, los pasos torpes del salmón habían sido aprendidos por mera defensa. Pero algo había en esos pasos dudosos, largos y lentos que le ayudaban al salmón, contra todo presagio fatal. El salmón no iba a ser alcanzado por el gato. Pero desde el cielo el halcón miraba al irrepetible animal que no era un roedor ni un reptil y con fascinación buscaba hacerse de él, y conocer su sabor, exótico, seguro, para luego seguir su vuelo. Pero al tratar de acercarse algo impedía que el halcón llegara a más de unos metros del pez-humano. El ave quería hablar con el gato y preguntar qué era eso y qué impedía a los dos terminar con él de una vez. Y el pez, que era un salmón, al menos de la cintura hacia arriba, encontró una charca, y se metió en ella, y la charca lo llevó a una madriguera, dejando a los depredadores merodeando frustrados el inesperado lugar.

La coneja añoraba su esencia, su césped, junto a su árbol. Si bien el hombre era amable y hasta llegaron a quererse, ella tenía que volver a ese lugar que era su origen. Para ello salía constantemente de su casa humana. Cada vez más lejos y más seguido. El hombre lo entendía, lo permitía. La coneja sabía que su conversión de ser coneja era irreversible y no era para ella un pesar. Lo único que no quería era convertirse en humana totalmente, al menos por aquel presente. Cada mañana revisaba sus orejas con las manos que un día se le volvieron. En sus salidas era inevitable encontrarse con humanos que la veían mal, se aterrorizaban, se burlaban, hacían bromas a sus costillas y la molestaban. La coneja sólo los miraba sin ser afectada. Confiaba en que el señor que la cuidaba siempre era valiente y podría ayudarla si llegaba a peligrar. De otro modo, poco le importaban las ofensas y, en cierta medida, la alagaban. Un día, la coneja se dio cuenta de algo: quizá sus salidas alejándose cada vez más de casa eran infructuosas porque estaba errando el camino, o la forma de recorrerlo. Y era que, recordando la larga distancia que había andado en el pick-up para alejarse, quería caminarla de forma idéntica pero inversa, y pensó “¿Qué tal si no es por la corteza mi camino? ¿Por qué no retornar a mi esencia y cavar un recorrido que por lo profundo me lleve a lo mismo?” La coneja emprendió así un nuevo andar en una dirección sin preparación, sabiendo que cualquiera la llevaría a su destino. Andaría lo necesario hasta saber por el instinto donde iniciar su excavación. Iba tan bien su plan y su recorrido, que su olfato recordó olores vividos, su oído olvidados sonidos y, más allá de lo percibido, sus manos volvieron a ser patas de lepórido.

La madriguera al fondo de la charca donde el salmón se ocultó era sólo un lugar de tránsito, eso lo sabía porque identificaba la naturaleza del ave y del felino. También sabía que era hacia abajo y no hacia el frente que tenía que seguir. Comenzó a cavar, para lo que utilizó sus manos, y se dio cuenta de que tenía manos. La sensación de la tierra húmeda, suave, le provocó calosfríos en las yemas de sus nuevos dedos. Esa sensación y la angustia de saber quienes venían a sus espaldas. Cavó entre tierra cada vez más húmeda, negra y caliente, pero también más suave, placenteramente suave. Llegó un punto en que sólo tenía que abrirse paso entre ese lodo que casi podía respirarse de tan blando y tibio. La consistencia agradable de la tierra le decía que lo estaba haciendo como debía. Llegó un punto en que su cabeza de pez era lo único que necesitaba para abrirse el paso, a ojos cerrados, porque no necesitaba un mapa ni un camino, ni había un solo obstáculo en ese andar, ese descenso casi imperceptible para el que el suave lodo negro lo refrenaba para su beneficio. Cuando el lodo se fue desvaneciendo el salmón abrió los ojos para darse cuenta de que se encontraba en una zona de atmósfera única, que nunca imaginó existiera en este mundo, porque no era de este mundo. No era el mar, ni la pecera de plástico opaco, ni el aire que el halcón persecutor respiraba, ni la tierra por la que él y aquél gato hambriento habían andado, él con su paso torpe y despavorido, el gato con sus zancadas ágiles pero improductivas. Una laguna estigia, brillante, tanto que ilumina la oscura bóveda del sitio. Con su abundante agua, tierra, lodo, su propio cielo y sus propios seres. Una marmota similar a un hurón, o viceversa, se acercó al salmón. Lo miró sabiendo que podía atacar, o llamar a sus parecidos si la amenaza era más imponente. Pero no tenía parecidos. Se acercó más, porque su voz no era muy potente y no quería que así se notara. Su oído era muy fino, y no necesitaría acercarse al intruso por su agudo sentido, pero sí por su débil voz.

–¿Puedo saber, si es que hablar es de tu hacer? –Preguntó para no tener que presentarse, la marmota, con voz, al menos voz, de hembra.
–Vengo de arriba. Hice un túnel, y entré a este lugar. Espero no ser inoportuno, no soy una amenaza, porque ni siquiera me alimento de lo que aquí vive. Espero mi estancia sea sólo un tránsito breve para el que te pido autorización y piedad, pues fue la huída lo que me trajo aquí por accidente.- La marmota no creyó, pues para ella no había más arriba que su negro cielo que formaba una baja y no demasiado amplia bóveda. La tierra era clara, tan clara que de ella comenzó a verse cómo brotaban de ella otros seres: un zorro-castor, un topo-ardilla, una rata-lombriz, una musaraña-lagarto, una garduña-tejón, una Chinchilla-escarabajo, una tortuga-pastel y cuanta combinación y forma pueda ser imaginada, porque esta breve lista fue sólo un ejercicio del salmón, que en otro minuto pudo hacer combinaciones distintas, según la dirección de su mirada y según los animales que hubieran brotado de la tierra. Sólo pocas cosas en común tenían todas estas especies: voz queda, buen oído, vista monocromática (el salmón era plateado, por lo que no requería de la policromía), pero nada de eso el salmón entendía, porque no se hablaba de color, y el salmón no se quería adentrar en más que una indispensable comunicación con marmota–hurón. Al ver a todos los habitantes desmimetizarse de la tierra blanca, el salmón mantuvo la calma y la postura, en son de saludo miró a todos los que pudo pacíficamente –de ahí el rápido inventario de especies combinadas–, y regresó su vista a su interlocutor, de quien rogó porque fuera representante digno, y agradeció que no lo fuera la rata-lombriz.

–Inoportuno sí, extraño ser. Y es lo único que en ti podemos ver. De lo que no, no podemos saber. Difícil es, que tu hambre te haga decir si mentiste o si no tenías opción. Nosotros esperamos contigo que tu estancia sea breve. Y por la huída, nuestra comprensión. Pero también nuestra preocupación. Ninguna huida llega sin razón. Es tu versión. La desconfianza nuestra opción. –Todos los organismos miraban al salmón como si fueran una sola voz.

–No se preocupen. Trataré de encontrar una solución a mi problema y regresar por donde vine cuando sepa que no hay más peligro. –Dijo el salmón de edad indescifrable hasta para él mismo, y de sentido del tiempo tan lóbrego como el sitio en el que se encontraba. Si dejaba justo que su hambre marcara el tiempo de su estancia podría tener un punto de referencia, el asunto era que ese maná negro de su entrada le había dado de comer y de beber al salmón en su trayecto, que por cierto, tampoco tenía mucho sentido de lo que era su alimento. Su tono más que sus palabras pareció calmar a los habitantes de la tierra alrededor de la laguna estigia, lo que comprobó cuando tuvieron a bien regresar a su mimetismo con la cal ceniza.

El calor del lugar era insoportable; la laguna espesa y humeante era plateada. Cuando se dio cuenta, parecía por su tono argento que esas aguas lo habían escupido hacia la superficie, eso explicaba la desconfianza de los lugareños, si a eso se le podía llamar lugar. El salmón de cuerpo humano comenzó a andar, su andar tenía que ser precavido. No podía apresurarse, para mostrar que no tenía un rumbo. No podía dudar, para no demostrar su temor. La marmota giró en la dirección que él andaba, la pudo ver con su vista de pez, que abarcaba más que la de un ser humano y era, en cierta forma, una ventaja; lo miró alejarse y desapareció para reaparecer en un sitio lejano, apenas visible frente a él. Con esto le decía que lo esperaba, que lo vigilaba y que podía hacer lo que fuera para dar por terminada su molestia.

La coneja llegó a donde la laguna estigia por un túnel de tierra que más tarde se volvió lodo y después una volátil materia, agradable para los sentidos, aún siendo su tacto formado por uñas y pelaje. Entró en ese lugar desconocido que era de tránsito para su destino, pero que ofrecía una atmósfera bella. Frente a ella, en un segundo, y sin advertir de donde provenían, se aposentaron varios seres, seguro únicos en su genealogía, y sin ascendencia ni descendencia definidas, que le ofrecían diversión tan sólo a la vista. Quizá los simpáticos seres se defenderían, o quizá sólo convivirían. Lo que ella quería era que le permitieran el paso para continuar a su destino.

–¿Y tú también vendrás de huir a aquí? –Dijo a modo de saludo la marmota-hurón a la coneja, quien no podría negar que se desconcertó por la pregunta y la familiaridad.
–Hola, no. Yo no huyo. Yo sólo paso por aquí.
–¿Y cuál será tu meta si podré saber?
–Voy a un paraje que es un claro de bosque con un árbol joven.
–Difícil es saber sobre algo así.
–Lo sé. Por eso me ha guiado el instinto, y a él lo debo seguir. Aseguro que este sitio es de lejos mi destino. –La coneja jugó a versificar igual que la marmota, aunque por falta de práctica su verso no ajustaba al decasílabo yámbico. Esperaba que no lo tomara como burla, sino como una gana por simpatizar, por mimetizarse sólo un poco en ese mundo donde todos se mimetizaban con la tierra y todos eran diferentes entre sí.–  Si para ustedes no está mal, seguiré con el afán de no molestar y de lograr que se hayan olvidado de mí mañana cuando dé esta hora.
–Que es hora ni mañana no lo sé. Entiendo que quedarte no es tu fin. Con eso es suficiente extraño ser.
–Otra pregunta sólo quiero hacer. Y como despedida puede ser. ¿A quién te referiste con “también”, en “tú también vendrás de huir a aquí”?– La mímesis llegaba para la coneja al fin.
–No es nada importante pero sí: un ser mezcla de pez y no sé qué, muy poco agraciado he de decir, con miedo que nos da seguridad, que sólo brevemente estará acá. Al verlo andar o acaso nadar, no habrá nada que te haga recordar–  La marmota dijo estas últimas palabras con una reverencia final, a modo de despedida para la eternidad. La coneja pensó en esa descripción, y la guardó para no sorprenderse en caso de encontrarse con aquel ser.
El salmón plateado caminaba sin huir, pero también sin rumbo definido, nada que pudiera levantar sospechas y provocarle ser expulsado de aquel sitio. A su paso brotaban de la tierra animales de todo tipo, sería ocioso definirlos, más fácil describirlos como él los veía: hostiles y defensivos. Justo a la mitad de aquel sitio, de cielo oscuro, terreno blanco y plateados lago y rías, había un terreno único, una pequeña planicie con un joven árbol que los habitantes negaban, o no habían visto. El pez llegó a una distancia de la que se veía ese lugar para el que parecía que las aguas plateadas encontraban la razón de su fluir, si es que fluían, y lo iluminaban con su reflejo como si estuvieran inclinadas hacia él. El lugar le atrajo sin modo de resistir. Quería sumergirse para llegar al claro más claro de toda esa zona estigial. Miró bien y se dio cuenta que algo había junto al árbol. Un objeto, un instrumento, un acordeón cilíndrico, con pocos botones, de hecho sólo tres, un acordeón verde y morado, que descansaba como si alguien lo hubiera dejado ahí abandonado, de forma intempestiva y sorpresiva. La mirada del salmón no se pudo despegar del aparato, y más le fue urgente encontrar cómo cruzar la espesa, densa y caliente agua, si agua se le podía llamar. Y con su mirada y ese instrumento salieron más seres como si estuvieran hechos de esa tierra. Celosos, expectantes, no se sabía si amenazantes. Y el pez se arrojó hacia ese plateado líquido, arriesgando su destierro (si tierra se le podía llamar a ese lugar), o cuando más, su propia vida si es que ese líquido era algo sagrado que él estuviera traspasando con su plateado cuerpo, porque al entrar al agua el salmón recuperó lo que antes era. Nadó, sin ver, sin saber, sólo dirigiéndose a donde estaba ese remanso de luz, paz, aislamiento y creación. Al topar con la isleta mínima aquella, imaginó salir y ver su última visión antes de pagar por su traspaso, pero no fue así. Logró trepar, cambiar de forma y llegar a ese acordeón, lo tomó, era más pequeño de lo que de lejos de veía, y lo tocó, y descubrió que podía tocar notas armoniosas sin que formaran una pieza u obra definida. Era una consecución de notas, siempre la siguiente conjugándose afortunadamente con la anterior, y siempre de forma inesperada. Los animales, si animales se les podía llamar, se conmovieron al oír el aparato, tal vez por las notas que el salmón producía, o tal vez sólo por volverlo a oír, si es que ya lo habían oído sonar alguna vez. La laguna, la tierra y toda su bóveda se llenaron con esas notas de música abstracta, colorida y conmocionante. Los seres brotaron uno a uno de su tierra caliza y blanca, todos en un breve espacio de tiempo, y excitados comenzaron a cantar, y acompañaban la música y la adornaban, y se anticipaban o se atrasaban convirtiendo a la pieza, si así se le podía llamar, en una fuga tan delirante  como bella, tan improvisada como conocida, tan saturante como colorida. La coneja, que ya buscaba una salida del lugar, oyó el concierto, y buscó explicarse cuál de los insólitos seres de aquel lugar podría producir una música así, y se acercó siguiendo el rastro de las notas orquestales delirantes pero armónicas, y lo hizo con trabajos porque todo el sitio estaba lleno de ellas. Caminó con pies humanos, cuerpo humano y llegó a ver lo que tanto había buscado: su árbol y su paraje, dentro de ese lugar de locura. Era ahí, no cabía duda, pero seguro por una ilusión, o una trampa, porque de ninguna forma su terreno pertenecía a esa zona entre la vida y la nada. A la contrariedad de ver a su árbol y su pasto se sumó la impresión de ver a un pez, un salmón, sin color de salmón, con cuerpo humano accionar aquellas notas. “¿Será esto una broma cruel? ¿Algo tengo yo que hacer? ¿Es para matarme y devorarme mostrarme a este ser? La coneja se descubrió versificando y pensó que eso con suerte se le quitaría después.

La música y los cantos traspasaron sus paredes de lodo suave, espeso y duro, hasta llegar a donde estaban el gato y el halcón, que atraídos por el desconocido ruido le siguieron la proveniencia y descubrieron el túnel.

El salmón tocaba en trance, podía seguir así por mucho o por siempre, hasta que vio a la coneja, y entonces paró ante la decepción de los seres habitantes del lugar, quienes quedaron inmóviles pero atentos, pues algo único se sentía aproximarse. La coneja y el salmón sintieron lo que era verse, toda sospecha en ella se disipó y dio su lugar a una esperanza antes no vivida que le hizo ver que ese terreno finalmente era sólo eso, el escenario de algo que tenía que pasar. La emoción y el pensamiento entreverados se disiparon cuando la coneja vio llegar a un halcón que de inmediato revoloteó el paraje en círculos proyectando una sombra gris en el pasto blanco, el agua blanca y la arena blanca, y en el plateado salmón, que enseguida pasó al pavor. Casi al mismo tiempo llegó un gato a pocos metros de la coneja. El gato no notó su presencia, a pesar de que el salmón la había mirado hasta hacía un segundo. Su avidez por atacar al pez era demasiada como para mirar lo que estuviera alrededor. Los animales del lugar no se atrevieron a salir de su mímesis al notar la prestancia de esos dos para acabar con lo que se interpusiera entre ellos y el salmón. La coneja se ocultó si perder de vista al pez. Tanto el gato como el halcón se lanzaron a atacar, decididos a aprovechar esta nueva oportunidad cuya tardía llegada los tenía más hambrientos, pues se acumulaba con las tardanzas anteriores. De forma intempestiva y sorpresiva como seguro el acordeón fue abandonado con anterioridad, el pez entró hecho pez a aquel líquido semisólido de su mismo color, como ella se había vuelto conejo al entrar por la tierra. El halcón sumergió la mitad de su cuerpo en esa agua ardiente y metálica. Algo sintió que sus uñas arañaron, su esfuerzo lo hizo soltar el mayor grito que ni si quiera imaginaba soltar. El gato se lanzó lo más horizontal posible para apoyarse del propio líquido andando sobre él sin sumergirse y poder llegar al salmón, pero éste se hundió casi nada antes de alcanzar al salmón y apenas logró, nadando, llegar a la isleta. Ambos animales lograron con trabajos quedar en aquella superficie, desesperados, confundidos y frustrados. Al sentirse expuestos, los seres del submundo se replegaron y con ello, se mimetizaron, como era su hábito de habitantes de aquel sitio.

La coneja esperó un rato a ver si de la plateada y espesa agua el pez, que era un salmón, brotaba. Pero ello no ocurrió. A momentos los animales intentaban resurgir de la tierra, pero volvían al camuflaje. Sólo el halcón y el gato se mantenían ahí, a la espera, al acecho. La atención de todo individuo estaba en su centro. Horas pasaron para todos, aunque los lugareños no conocían las horas. No se podía distinguir lo que ahí se comía, pues fuera del árbol no había plantas ni aves, ni animales pequeños. (El secreto era que los animales se alimentaban de su propia tierra, sin placer, sin hambre, por eso su apatía y también su recelo para defenderla.) La coneja sintió un impulso por ir hacia su prado que no era su prado y comer de ese pasto. Sólo tenía el impulso, pues si se movía quedaría a expensas de los dos depredadores que convirtieron su acecho en pendiente espera. Horas difíciles de hambre, sed e inmovilidad siguieron. Sin distraer su atención el gato limpió sus patas y su panza de esa agua que parecía pintura. El halcón hizo lo mismo con sus plumas. Si el pez volvía a emerger se ensuciarían otra vez, pero era su deber de especies limpiarse. La coneja estaba cansada de su estancia ahí, tensa, oculta. La espera de todos se convirtió en desespera. El hambre no dejaba ya ni pensar, aun cuando ella había comido de ese maná espeso que la había recibido en su pasaje hacia esta tierra. De pronto y sin ningún aviso, el gato y el halcón comenzaron a acecharse entre sí, cada uno ensayando un ataque, el halcón aprovechando sus alas para elevarse y descender atacando, y el gato haciéndolo ver lento con sus garras afuera, listas para traspasar la piel del ave; el ave esperando una torpeza del gato para prenderlo del lomo, y eso fue lo que ocurrió. El halcón era apenas mayor en tamaño que el gato, pero eso no era impedimento para darse un festín de él. Después de varios revoloteos y embates, el halcón hizo marear y tropezar al gato, lo alzó de la piel del lomo como alta era la bóveda mientras éste luchaba pataleando, torciéndose en el aire, y luego lo soltó. Todos los animales brotaron de la tierra ante la impresión de ver los hechos, y de inmediato se retrajeron, a esperar el desenlace para ese episodio de ajeno entendimiento del compañerismo. El halcón descendió por su presa para llevársela al fin, y levantó el vuelo con ella inerte, aunque en su salida detectó a la coneja acostada, mirándolo espantada tras un montículo de tierra blanca de ésa que él no quería ya ver. El halcón revoloteó dudando, calculando, pensando que un conejo era mucho más apetitoso que un gato, miró los ojos espantados de la coneja que le atraían más cada que lo dudaba, quiso soltar al gato por segunda vez, pero finalmente decidió salir por donde llegó con su presa ya cazada, y dejar abierta la posibilidad de volver por el nuevo manjar.

En el fondo de la plateada laguna todo era negro, o así se veía. Los ojos y los oídos del salmón estaban sellados y sólo eran su respiración y los latidos de su corazón las funciones vitales perceptibles. Ahí abajo, en lo profundo, no había nada que percibir, ni de qué alimentarse, ni de qué huir, ni qué esperar. Días transcurrieron con el salmón sumergido en ese líquido que pasó de ser la salvación a convertirse a un pacífico remanso propicio para sus pensamientos. Se hundió en ellos, lloró sin que las lágrimas pudieran salir de sus ojos plateados que veían negro; se consoló, se perdonó y reposó. Entre el trance y el miedo, antes de entrar al agua, él había visto a la coneja mirarlo y se dio cuenta que la música improvisada, el viaje, la persecución, la transformación, todo, tenían sentido. Y ahora era libre no sólo de sus persecutores, de quienes ya no estarían afuera cuando saliera de esa agua espesa y opaca, sino también de sus propias ideas.
La coneja salió del estigial sitio por la misma ruta donde entró. Nadie le indicó el camino de salida. Nadie la despidió. Los indescifrables simplemente surgían de la tierra para que los viera por última vez, a modo de despedida. Tenía certeza de que su recorrido de regreso era el correcto, y al salir como entró se volvió a engullir ese maná negro que era comida y bebida a la vez. Quizá los seres de allá atrás, allá adentro, allá abajo, se alimentaban de su propia tierra, no lo quería saber, sólo hizo esa breve conjetura ociosa mientras comía y salía. No se preguntó cómo se reproducían, ni en qué les pasaba cuando morían. Tampoco recordó más al halcón después de salir, ni supo que aquél se resguardaba cerca de donde ella vivía. Y varios metros lejos de aquel pasaje de donde la coneja había salido, ésta pisó esqueleto del gato a su paso, pero la tierra lo había cubierto y no se dio cuenta de ello. Además ella ya iba pensando en cómo ese salmón era lo que sin saber había buscado desde el día de la tormenta, quizá antes, y veía que lo quería, con su música que hizo llenar la bóveda –aún sin su música–, pero la música estaba bien. Ella, que a diferencia de los seres que había dejado atrás sí conocía del tiempo, sabía que ese día era 10 de junio. El salmón, como lo recordaba, se notaba atribulado y perseguido, pero después de un tiempo se aclararía, en aquella oscuridad, hoy o en diez años. Y pensó, por el contacto que hicieron, en que aquel salmón era el ser perfecto para sólo estar. Caminó, y caminó más, y se dio cuenta de que caminaba con dos pies, y se miró las manos, y le gustaba el color del que se había pintado las uñas antes de salir a aquella búsqueda que le dio otra respuesta diferente de la buscada, y volteó al frente y miró al humano, que la esperaba, más viejo, con los brazos abiertos.
Y la coneja no tendría más aspecto de coneja. Un día palpó buscando sus orejas y sintió sólo aire, y tocó su rostro y era un rostro humano. Y se miró al espejo y fue lo que vio. Sus orejas humanas no le gustaban mucho, y las tapó con su cabello rizado, porque ahora tenía cabello. Pero sus orejas se alcanzaban a asomar, como en homenaje a su forma anterior. Y esperaba al salmón, que tal vez ya no sería más un pez, o quizá sí, porque no le importaba si llegaría con su temor y su carga ancestral, ni le importaba que fuera este 10 de junio o en otro, diez años después.

sábado, 5 de julio de 2014

domingo, 16 de septiembre de 2012

Moonlight Serenade

Jenny llegó para estar 4 meses en la Ciudad de México, pero casi llevaba dos años y la permanente indecisión sobre volver a Syracuse o quedarse en esta ciudad que nunca pensó la asombraría, encantaría, conmovería como ninguna otra. La visión del extranjero, le decían algunos amigos mexicanos. Jenny tenía la comodidad de un ingreso proveniente de su país y sobre todo la de una belleza estándar, que para el estándar mexicano era mucha. No quería distinguirse, no se sentía incluso bonita, pero a fuerza de escucharlo en México, había cedido a la idea, sin intención de sacar provecho. Su cabello castaño con toques dorados era siempre llamativo a la atención, en cualquier plática, en cualquier microbús, con gente de cualquier lugar, tipo, cercanía de relación… o extracción. Ella veía a los mexicanos todos iguales, no por ese racismo generalizante, sino porque sus reacciones y su tipo de relación, las de todos, artistas, vendedores, amigos o artistas amigos, eran iguales: siempre midiéndose con ella y con su país, de forma amena, juguetona o recelosa. Esto era algo que ella ya había asumido. Jenny llegó a vivir al edificio Basurto, en la Colonia Condesa. El hecho en principio no le fue relevante, pero conforme pasaron las semanas se fue dando cuenta de que era un lugar con personalidad única, y que incluso tenía una actitud de acogida y protección para con ella. Sus compañeras de piso cuando llegó eran americanas también: Maria y Helen, pero Helen tenía un año de haberse ido, y Maria tan solo estuvo ahí seis o siete meses, por lo que los gastos de renta y servicios se habían vuelto altos desde hacía un año. Jenny pudo conseguir un par de empleos free lance y siguió estudiando sin pesar alguno, pero el departamento jamás había tenido un solo inquilino en años, eso le dijo Raúl, el vecino del piso de abajo que un día se atrevió a hablarle para preguntarle si todo estaba bien en aquel piso, y para ponerse a sus órdenes. Raúl tenía dos perros afganos y era el vecino con quien más se topaba, pues los sacaba seguido a pasear. Nunca las pláticas fueron más allá del comentario de lo inmediato y ella no tuvo motivación suficiente para preguntarle a qué se dedicaba, no que de pronto no tuviera cierta curiosidad, pero no tenía interés a llegar mucho más allá de la conversación sobre el clima o el tráfico que azota a la Condesa por tantos restaurantes y bares, un tema del que cada uno de los vecinos hablaba con las mismas palabras a la menor provocación, o sin ella. En fin, el hecho de tener dos perros afganos y algo en la presencia de Raúl le pedía no arriesgar a preguntar o comentar nada más allá de lo público con él. En este tiempo Jenny comenzó a tener una extraña sensación, pensaba que el edificio comenzaba a ejercer cierto poder en ella, un poder que excedía sus “atribuciones”, pues estando ahí, en él, sentía que nada le faltaba, su protección y acogida eran casi excesivas. De hecho, el contacto con amigos en su teléfono o en su computadora portátil se daban fuera de casa, esto por una aparente mala señal debida a la sólida construcción del edificio, pero ella, en la simbiosis de la magia que para bien o para mal este país y mucha de su gente admiten, percibía otra razón. Bastaba moverse al restaurante italiano de inmediatamente a la vuelta para que se topara con amigos y conocidos, de frente o por internet.

Una mañana Jenny hizo su acostumbrada caminata y su ritual cotidiano de ir por un café y llevárselo al puesto de tacos de Chema. Los tacos, de guisado, eran para Jenny mejor que cualquier curry, asado, estofado, guiso o pasta. Algo tenía la combinación del momento que lo prefería a ningún evento social: la hora, el olor, los tacos, los guisos, el local, la música… y Chema. Chema, pues, era un hombre moreno, de humor seco, de cabello negro envaselinado, robusto, diestro con los instrumentos de cocina, sobraría decirlo, pero aquí lo que pasaba era que era demasiado diestro, o, más precisamente, sobrado. Su apariencia era pulcra, su vestir sobrio, neutro, casi siempre con camisa de manga corta o camiseta negras, un pantalón negro y zapatos también negros. 53 años. Serio pero cabrón y con sus momentos amistosos y alegres. Chema tenía una grabadora con casetera y por alguna razón, a esta hora siempre escuchaba a Glen Miller y música de esta época, pero sobre todo a Miller. Cuando se acababa la cinta (esto ya no lo sabía Jenny), quedaba un espacio de silencio de casi dos horas y, antes de mediodía, Chema se daba cuenta de que hacía falta un fondo musical a la atmósfera del lugar, entonces encendía el radio y servía los últimos tacos del día, los del almuerzo, esto para cerrar e iniciar por las tardes su otra labor, que era la de matón. Definitivamente matar era lo que a Chema le representaba más ingresos, pero no era su pasión ni su gusto, ni los altos ingresos lo eran. Su gusto era cocinar. En ambas tareas sus herramientas eran prácticamente las mismas, o más bien, técnicamente, porque no las mezclaba, y el alarde en su uso al cortar la carne y distribuirla para hacer sus tacos era sólo para este fin, en su tarea vespertina era sobrio, económico, diestro y eficaz. La diferencia de estilos de trabajo era inconsciente, o lo había sido por años, luego se percató de ella y hasta le gustó el hecho. Sus trinches y cuchillos eran sus instrumentos artísticos de trabajo: la destreza una extensión visible de su masculinidad. Algo sentía que transmitía en su uso cuando preparaba comida para la gente, y que era parte de su gusto por ir a su puesto, incluso una época tuvo un caset con óperas, grandes hits, Pucini, Mozart, Ravel, pero un día se atoró la cinta y le molestó sobremanera que la parte maltratada salía en el climax de Habanera, en Carmen, por cierto, el único movimiento que venía en el caset. Cinco años habían pasado de esto, el caset había sido un regalo y sus ocupaciones no le permitían ir al centro comercial a recuperarlo, y ni en el metro ni en los puestos había esperanza de que lo vendieran. El segundo giro de Chema lo avergonzaba francamente, aunque había encontrado ese mecanismo mental para vivir con él sin hablarlo con nadie, ni siquiera pensarlo, logrando esa división perfecta de quienes llevan doble vida. Chema era divorciado, tenía tres hijos Bernabé, Samantha y Edgar, que pasaban por el puesto por dinero, primero a pie, luego en sus autos, luego casi nunca. Su esposa, Jackelyn (escrito así), estuvo de acuerdo en la separación cuando él se la propuso, pues la monotonía, y la secreta doble vida, eran más fuertes que cualquier impulso romántico o sexual. Para cuando hablaron, Jackelyn ya salía con alguien, pero la misma monotonía vivida con Chema la desmotivó siquiera a confesárselo.

Chema ya había tratado dos o tres veces de dejar el trabajo vespertino sin éxito, esto al querer hablar por la buena con El Grueso Jr., y sin éxito también al simplemente rechazar un encargo suyo. El Grueso Jr. era el hijo de Teodoncio Gaona, El Chango (su mote de chavos) y el Grueso (su mote de profesional). De hecho el Grueso Jr. era para Chema El changuito, incluso aún cuando recién heredó el puesto de jefe a la muerte de su padre. Como era lógico, el aprecio por Leoncio (su nombre de pila, elegido para que al menos se pareciera a Teodoncio, pero más italiano, según ellos más decente), cambió por sumisión rencorosa cuando éste le aseguró que él le debía trabajar con toda lealtad, de por vida y sin objeción, por agradecimiento a su padre, y porque ahora él era el mero chingón.

Jenny tenía mucho qué hacer entre la universidad, los trabajos free lance y la exigente vida social que cualquier estudiante internacional de intercambio tiene, pero algo tenía el momento de desayunar que hacía que valiera la pena el resto de su día. Después de varias semanas de ir a desayunar al puesto de Chema y aprovechando un momento –raro– en que quedó sola con él, comenzó a hablarle, con su acento americanizado-achilangado. –¿Cómo le hace? –¿Para qué? –contestó Chema sorprendido por escuchar a la güerita hablarle por primera vez de algo que no fuera la comida. –Para que le queden siempre tan ricos sus tacos. –¡Aah, pues es el amor, güerita! Puritito amor al arte. –contestó Chema esmerado, pero pensando en que al fin y al cabo el tema era el mismo. Jenny se había acostumbrado al uso de diminutivos en México, sobre todo en lo que rodeaba al tema de la comida, y sabía que este detalle era un toque de delicadeza de parte de los que preparan y venden de comer y quieren ser amables con sus clientes, queriendo hacer, de paso, la comida más apetitosa. A fuerza de ir y de sacar más plática de Chema –a diferencia de sus vecinos– Jenny sacaba plática de cualquier pretexto, hasta de los saleros, ella quería que esa distancia que dan los diminutivos al hablar fuera desapareciendo de Chema. Cuando se percató de este objetivo, Jenny se dio cuenta de que había algo más que le atraía de ese puesto callejero con música de Glenn Miller, aparte del sabor y la atmósfera. Tres mujeres rodeaban al alcohólico Brian, dos de ellas, sus hijas Jenny y Ronna. Él juraba que las cuidaría de todo y de todos, pero en su juramento faltaba incluirse a él mismo. Victoria, su madre, había ocultado estoicamente la violencia psicológica de que era objeto día con día, noche con noche, sobre todo para sus hijas, a veces tapando las discusiones con música, subiéndole el volumen al disco que Brian tocaba casi cada noche, uno de Glenn Miller. Pero la violencia, la urgencia de prevalecer, de dominar incluso por encima de la razón de Brian crecieron más que el esfuerzo de discreción de Victoria, y cuando sus hijas tenían, 17 y 15 años, y la violencia se convirtió en agresión sexual. Victoria pidió apoyo a su hermano, quien las rescató amenazando de muerte a Brian. Chema quería pedir a su clienta predilecta dejar de ir, o espaciar sus visitas, pues sabía que tantos tacos no eran buenos para su figura y su salud. Dos fuerzas evitaron que le pidiera eso, la primera, que quería seguirla viendo. La segunda, que arruinaría su negocio si a alguien le decía que ir ahí seguido era insalubre. Por ello, optó por buscar recetas más saludables. -Hoy tengo pechuga con este queso que me recomendaron que se llama feta, Güerita. Todo iba bien para Jenny en esta frase sin diminutivos hasta que legó la última palabra. –¿Y eso es mexicano? Le preguntó. -Pues si lo venden en México, ¡es mexicano! Respondió Chema, convenciéndose de que la obsesión de Jenny era el tipo de comida y no el gusto por verlo. El placer en la cara de Jenny al comer convenció al complacido Chema de seguir explorando nuevas recetas, para cada día. Muchos de los clientes se extrañaron con el viraje repentino del negocio de Chema, y muchas veces justo lo que sobraba en la comida era la exploración propositiva del día. Jenny no se percataba de esto, pues su temprana visita le dejaba ver el menú completo y recién guisado. De hecho, con la intención de lograr más momentos sola con Chema y verlo trabajar, Jenny comenzó a llegar más temprano a verlo. Desayunar era un pretexto, un aderezo, en todo caso. Chema lo percibió y decidió expresarlo. –Güerita, le preparé estas lentejas con epazote y plátano frito. –Me llamo Jenny –contestó la rubia enredando un rulo con su índice, en esa parte aura, que toda la gente miraba, y que ahora Chema percibía que podía ser tocada por él pronto.- ¿A qué hora cocinas? –preguntó ahora, queriendo comenzar a abundar en la vida personal del cocinero. -Por la noche –afirmó Chema convencido de decir la verdad.- Aunque estas lentejas son de las 6 30 de la mañana, más o menos. -Le dedicas todo el día a esto. Le dijo Jenny con una gramática mejor que la de Chema, quien no se percató de su fina construcción. -Todo el día, toda la vida. Se contestó Chema, estirando la verdad a su conveniencia. -¿Y se podría que hicieras una excepción una tarde? –Jenny pensó su frase hasta después de decirla, el deseo se le adelantó a tal grado que se sintió excitada. Una pausa, una mirada de Chema a los ojos de Jenny, su emoción le recordó su adolescencia, trató de no tardarse en responder para no incomodar a Jenny con un silencio más largo de lo debido, pero la emoción era… excitante. -Claro que sí. Para ti sí. –Chema se dio cuenta de que ocultarse una doble vida era un engaño, que todo este tiempo no lo había logrado, simplemente no había sido necesario. Ahora hablaba con esta güera gringa bonita y su circunstancia le salía a flote y le pesaba y su deseo era más fuerte que la intención de seguir con su giro oculto. A sus 53 años, Chema había pensado que enamorarse era sentimiento pretérito e irrenovable, si acaso lo llegó a pensar. Ahora sabía por qué quería prepararle platillos especiales a su clienta frecuente de medidas no espectaculares, pero sí adorables. El momento y la vida tomaban un sentido. La cita quedó acordada para el viernes, el día siguiente, por la noche, en casa de Jenny. Chema le pidió a Jenny no ir por la mañana siguiente porque iba a hacer los preparativos para llevarle una cena especial. Jenny le dijo que ella se encargaba de la música, Chema le pidió sólo una cosa, ópera. Jenny lo miró primero con sorpresa, luego entendió que sí podía se de Chema pedir algo así. -¿Algo en especial? -Verdi, Mozart, Puccini, Bizet, lo que quieras. –contestó Chema acordándose del orden de los nombres como venían en el caset, pero sin intentar sorprender. -¡Muy bien! –dijo sorprendida Jenny, pensando también en Moonlight Serenade y en Glenn Miller y en esa noche para la que se interponían sólo el resto de ese día con su noche y la luz del sol siguiente, y en cómo toda esa música, la ópera y el big band jazz tomarían un nuevo significado después de ella, justo cuando llegó un cliente nuevo a pedir dos tacos de bistec con arroz y huevo. Jenny incómoda escribió su dirección, su número de teléfono y esa parte mágica de una hoja con este tipo de datos: la hora. Chema, atento a su fino corte del bistek y a los movimientos de Jenny, se percató perfecto de cómo ponía el pedazo de papel en el plato, entre la servilleta doblada y sin usar. Cuando se lo entregó a Chema, Jenny se fue sin mirarlo dio las gracias y Chema puso el plato en un lugar aparte de los platos usados y puso la servilleta debajo de su canasta con cambio. Al arrancar a caminar, Jenny se percató de su grado de excitación, que acalló con la idea de lo que pasaría el viernes en la noche. El día se fue para Chema como en ensueño, salvo los momentos en que pensaba cómo se iba a deshacer de El changuito, o, para hacérselo más fácil, de El Grueso Jr. Sabía perfecto que por las mañanas éste se iba al club a cuidar su “Mirreytud” y su “metrosexualidad”, sin importarle la noche de alcohol, mujeres y drogas que antecediera su temprana mañana, y sin importarle el antecedente de la muerte de su padre, de un ataque fulminante al corazón. Chema sabía que algo así le llegaría, y que era cuestión de esperar, uno, cinco o diez años, pero ahora tenía una urgencia y un plan emergente que cumplir, uno que había urdido ya bien desde hace tiempo, pero que nunca pensó que tendría que concretar. Desde casa de El Polarys se dominaba la casa de El Grueso Jr. Ellos eran brothers desde la secundaria, y la bonanza del negocio les había llegado en paralelo, mejor dicho, juntos, pues eran socios, al grado de que compraron casa en la Narvarte. La lealtad obligada les había obligado a limar asperezas una y otra vez, pero Chema sabía que, si algo le pasaba a El Grueso Jr. El Polarys saldría beneficiado tarde o temprano, y el hecho de que un disparo saliera directo de su casa, como fácilmente lo deducirían los peritos, El Polarys sería absuelto por comprobarse su inocencia o por la vía fácil y rápida de una buena aportación económica que sirviera como rescate. La aportación en último y peor de los casos, sería hecha por Chema, quien tenía mucho dinero ocioso del que no quería saber, ni usar ni siquiera para caridad, y del que hasta podría disponer para compensar las molestias a El Polarys, a toro pasado, claro. La parte más clara y cercana era el gimnasio de la casa de El Grueso Jr., donde él se encontraba de las 7 a las 8 y media de la mañana, pasara lo que pasara, sábados, domingos y días festivos, a menos que éste no estuviera en la ciudad. La disciplina y el afán de mantenerse como él visualizaba a un líder le daban esa obligada presencia, que El Polarys le había confiado un día cualquiera en que Chema se había quedado con él después de una chamba que les llevó hasta la mañana. Ahí estaba El Grueso Jr. aquél día, visto desde uno de los baños de El Polarys: la borrosa pero inconfundible silueta de El Grueso Jr. cerca de su ventana, haciendo caminata a dos metros del vidrio opaco que suplia cortinas o persianas, su peinado cuidado hasta para hacer ejercicio, su actitud, su corpulencia respetada hasta por la banda de la caminadora. Cuando El Polarys abrió la puerta ese viernes en que Chema llegó desvelado, fingiendo haber tenido noche larga de trabajo, no se acordó de aquél otro día, pues hacían de él tres años, incluso ni siquiera recordaba que Chema hubiera estado en su casa, lo que le causó sorpresa, que pasó a la extrañeza y la sospecha. Un café. Una plática rápida, un agradecimiento por dejarlo pasar una petición de ir al baño antes de irse. El Polarys sospechó de que Chema insistiera en pasar al baño de la planta alta y no al de las visitas. El Polarys pensó que debió catear a Chema antes de entrar a su casa, como era la norma, pero pensó que era poco táctil catear a un amigo de su socio y también que era obvio, si venía de una chamba, estaría armado. Esto era una parte del plan de Chema que salió bien, incluso había pensado ofrecer su propio cateo, generando exceso de confianza en El Polarys, pero el saludo fue tan cercano cuando se vieron que no hizo falta. La escuadra con silenciador estuvo lista en un tiempo razonable, a pesar del temblor en las manos experimentadas con cuchillos y espadas, todo debía estar listo en un lapso equivalente al de una vergonzosa defecación (que debía ocurrir como cohartada momentánea). La silueta de El Grueso Jr. estaba donde en su plan de 3 años Chema había visualizado, su timing había sido perfecto. La mano temblorosa estaba lista para ejecutar el disparo vengador de mucha gente sometida, de la que él era ahora el más importante. Un disparo sordo se dejó escuchar, pero no fue de Chema, fue un segundo antes de su decisión de disparar, y contra él.

Por la noche Jennie vestía jeans y alpargatas, una blusa de escote que dejaba ver una parte de su pecho que nunca hubiera dejado ver por las mañanas. Era un escote discreto, aún así, pero era una afirmación suficiente para Chema, una afirmación que acompañaba a todo lo que había quedado claro. Recordaba su expresión cuando dijo “¿Y se podría que hicieras una excepción una tarde?”. Esa expresión de obvio deseo de la que no se arrepentía pero que le hacía dudar ante la tardanza de Chema. La premura del tiempo le había obligado a encontrar en el MixUp del centro comercial a tres cuadras de su departamento un CD con éxitos operísticos que tenía justo a los compositores que Chema había enunciado, casi estaba segura que estaban en la portada en el mismo orden. La tarta de queso y zarzamora descansaba en la mesa, sobria pero encantadora, con luz a la mitad. Su timing le había propuesto que Glenn Miller comenzara a escucharse a las 11 de la noche. Su estéreo ya había tocado String of Pearls y Tuxedo Junction. Iniciaba su favorita, Moonlight Serenade. Jenny resignada asomó hacia el parque México con una luna total, entristecedora, que humillante iluminaba su noche solitaria. En el piso de abajo, Raúl alcanzaba a escuchar la música. Era justo la noche en que pensaba subir a tocar la puerta de Jenny con cualquier tonto pretexto inmediato. La música lo confundió, le quitó la decisión de subir, pero no el deseo. Desde la calle se veía, en el edificio Basurto, el 8º piso con la luz encendida... y se oía apenas Monlight Serenade, como si fuera un pequeño radio.

miércoles, 31 de agosto de 2011

Siempre, por vez primera

22 de abril de 2004 es una fecha no difícil de olvidar. Sandra iba camino a su trabajo, Víctor ya estaba trabajando. Los dos estaban en el bus de la ruta 38 que cruza de oriente a poniente, que llega al metro Chapultepec proviniendo de Avenida del Taller. Era una ruta muy tradicional en la que lo único nuevo relativamente eran los transportes, cada vez más grandes, con la novedad, desde hacía un par de años, de que éstos tenían una pantalla con noticias, datos curiosos y algún clip de video. Era como un servicio extra que daban los ruta 38, pero que la gente pocas veces tomaba en cuenta. Las noticias eran frescas, los datos tenían su importancia, pero ningún pasajero quería verse sorprendido leyendo algo. Parecía que hubiera habido un peso social sobre aquél o aquélla que osara ver aquella pantalla empotrada al techo, junto al acceso de entrada o la otra, que estaba justo a la mitad. Sólo Víctor, que estaba sentado como siempre hasta atrás a esa hora de la mañana, y que ya desde hacía un tiempo se había percatado de cómo las pantallas eran ignoradas, podía darse ese permiso de leer o ver algo de vez en vez. Cómo evitar el cáncer de piel, técnicas de lavado efectivo de manos, el último disco y el sencillo de Luis Miguel eran datos que él dominaba gracias a esos vistazos a información diaria. Pero ahora estaba trabajando. El ruta 38 normalmente no era para él más que el transporte a otras rutas donde sí ejercitaba su carterismo. Estaba contra su principio robar en el transporte cercano a casa y era para él sólo su medio para llegar a sus distintas oficinas. Pero este día era distinto. Y era que ya había visto a Sandra con ese aparato mágico, un iPod, capaz, había leído en esa misma pantalla noticiosa, de contener mil canciones ¡mil canciones en esa caja más pequeña que su cajetilla de cigarros! Él lo sabía desde hacía meses, un año quizá, gracias al ruta 38. Sandra subía al bus siempre en Querétaro y Mérida. Siempre quería decir desde hace aproximadamente año y medio. Víctor la había visto casi desde la primera vez que había subido. Siempres había varios: la misma hora, 8.25, la misma parada, el mismo lugar para sentarse, a mitad del bus, en uno de los asientos individuales de la fila de la derecha. Siempre guapa, elegante, moderna, se notaba que iba con la moda y que tenía algún puesto ejecutivo, o al menos de recepcionista en alguna empresa de ésas importantes. Siempre sin voltear a ver a nadie. Siempre con un libro (que cambiaba cada dos o tres semanas). Siempre descendiendo en la terminal de la ruta. Siempre guardando su libro en su bolso y sus audífonos. El iPod lo traía desde hacía un par de meses. No eran baratos, sabía Víctor, y no los vendían en México, lo que lo hacía más deseable. Su amigo Marcos tenía uno que había conseguido en el ruta 27 hacía también dos meses. Primero no sabía cómo usarlo, después fue viendo cómo bajarle música desde la computadora, música que había bajado de internet y que era muy buena, rock, cumbias, salsa y electrónica. Víctor quería su propio aparato y que su amigo Marcos le pasara su música. Para ahora, 8 semanas después, Marcos era todo un experto en eso de los iPod, y se sabía trucos contra las medidas para evitar la piratería, ps oye, tú pregúuuntame.

Víctor tenía 28 años. Por cierto, los mismos que Sandra. Llevaba ya cuatro en el negocio de la cartera. El tenía también sus propios siempres y sus propios nuncas. Desde luego, siempre sentarse hasta atrás. Siempre cargar con un fólder que se viera como de mensajero, pero nunca hacer notar que llevaba dinero, como de mensajero junior para encargos menores. Siempre ir limpio y con gel en el pelo. Había notado que los mensajeros siempre usaban gel en el pelo. Nunca usar gorra ni gafas oscuras. Era absurdo que la gente no percibiera que los ladrones llevaban siempre una o la otra, o ambas. Siempre hacer el análisis socioeconómico y el diagnóstico de inteligencia de la víctima. Eran fáciles y rápidos, para él. Ambos tenían que ser de nivel medio, para no fallarle. Siempre pararse a la izquerda de la víctima, en el cubo que da a la salida. Siempre que fuera posible, ir por la víctima en la segunda vez que la viera, para saber su parada de descenso y moverse hacia el cubo de salida antes que ellos. Siempre aprovechar enfrenones de los buses para actuar. Siempre eran los mismos frenones, los choferes eran tontos o querían ayudarle. Pero en caso de Sandra todo era diferente. Ella colgaba el bolso de su hombro derecho, en el compartimiento de afuera era donde ponía el libro y el iPod. A veces, eso sí, cambiaba de bolso y metía el iPod, lo encerraba con un cierre y conservaba el libro en la mano, ocultando el nombre del libro, buscando,
-creía Víctor- nunca revelar nada de su persona. Víctor entonces no podía pararse a su izquierda. Tampoco podía fingir que su descenso coincidía con el de ella porque era la terminal y ella bajaba sin esperar en el cubo, por lo que el reto consistía en robarse el aparato en frente de su nariz y de la de quien descendiera también. Marcos le había dicho que estaba loco, que esperara otra oportunidad con alguien más. Lo cierto era que los iPods todavía estaban escasos y todo esto era para él como un examen profesional, pues él sabía que las carreras tardaban cuatro años en estudiarse y él cumplía cuatro años este mes. Era para él también como su premio por licenciarse en carterismo, además del reto. Algo más, que Víctor no sabía o no tenía consciente, era que quería saber qué era lo que Sandra tenía de música, y que era algo así como ver algo de esa intimidad tan resguardada como podía tenerla una usuaria de transporte público y que nunca compartiría con alguien como Víctor, fuera o no carterista.

El momento se presentó. Él tenía claro que Sandra siempre se levantaba de su asiento con el bus todavía moviéndose un poco. Como un elefante que al llegar a su destino desciende para que su pasajera baje de él y diera un último bufido para avisar que bajara. Y era que Sandra leía de principio a fin mientras estaba sentada y estaba condicionada a cierto último movimiento que también los choferes estaban condicionados a hacer al llegar a su base, como si pertenecieran al gremio de los pilotos de aviones que siempre tienen sus rituales y señalizaciones, éstos manejaban sus movimientos idéntico, frenar casi a cero, soltar el freno y luego frenar a cero. La señal inequívoca para Sandra para pararse era la de frenar casi a cero, ahí se quitaba los audífonos, guardaba el ipod mientras se paraba, y ya de pie, guardaba el libro para avanzar hacia la salida y descender en el frenar a cero. Siempre sin ver a nadie. Sólo que esta vez el freno a cero fue abrupto. Víctor se había parado calculando perfecto los movimientos y llegó al pie del escalón junto con Sandra. El enfrenón abrupto lo hizo realmente recargarse sobre ella, sintiendo su cuerpo mucho más frágil y ligero de lo imaginado, y una genuina vergüenza de haberla golpeado, que lo hizo disculparse, seguro hasta con sonrojo, lo cual fue como un plan perfecto. Víctor recuerda el olor a shampú del cabello de Sandra que predominó sobre su perfume a pesar de ser menos intenso y tuvo oportunidad de separar el recuerdo del encuentro del recuerdo del hurto, que era algo automático, a pesar de que el movimiento sobrepasó sus cálculos y complicó su automatismo.

El final del descenso era ya un momento de nostalgia para Víctor, que sólo pudo sobrepasar metros después, cuando Sandra desapareció hacia donde siempre desaparecía y el caminó también como siempre entre puestos hacia el paradero de los buses que llevaban hacia la periferia de la ciudad. Al saberse alejado de Sandra y de cualquiera de los pasajeros del ruta 38, Víctor tomó del bolsillo de su chamarra el iPod y lo palpó, casi sin verlo para no hacer obvia su adquisición recientísima y se puso los audífonos, que para su sorpresa aún estaban tibios y, claro, conservaban el aroma del shampú de Sandra.

Víctor experimentaba tres triunfos, el de haber logrado robarse el iPod en un grado de dificultad máximo. El de tener un iPod y uno más extraño e inesperado, el de tener algo muy personal, como la lista de canciones de Sandra. Los dos primeros eran para el perfectamente conscientes, pero el tercero estaba ahí, latente, oculto. Encender el aparato era como entrar a su cuarto y abrir su closet o sacar algún álbum de recuerdos. Por eso Víctor no se atrevió a encenderlo de inmediato, era como si hubiera dejado la mano en la manija de la puerta y tuviera que experimentar un ritual. Después de todo, Sandra (cuyo nombre Víctor nunca conocería) era completamente enigmática, él imaginaba que habría en el iPod las típicas cosas pop para viejas que ese día tendría el gusto de borrar en casa de Marcos para poner todo Metallica, todo AC/DC, todo Daddy Yankee y demás.

Pero algo pasó. Entró al metro en lugar de subirse a otro bus, pues iba a casa de Marcos. Aún con el iPod en la mano, metió su boleto, quiso esperar a llegar al andén para accionar el botón de encendido y tal vez el de play, que ya había visto en un vistazo furtivo, como si también se estuviera ocultando del reproductor. Se recargó en la pared del andén simulando naturalidad y empezó a mirar el aparato, no había botón de encendido. Era un aparato finamente diseñado, minimalista era la palabra, que si bien no estaba en su vocabulario, sí lo estaba en su apreciación.

Antes de empezar a verse extraño contemplando con curiosidad su propio aparato, Víctor buscó presionar cualquier botón, a riesgo de seguir pareciendo un mico o un ratero. El diseño lo llevó a presionar el botón de play y efectivamente, el aparato se encendió, como un artilugio mágico. El sudor ya se sentía en el cuero cabelludo de Víctor, pero por fortuna para él sólo tenía que volver a dar play para escuchar algo. De la angustia, Víctor pasó al azoro, al comenzar a escuchar música clásica. La pantalla decía:

Franz Schubert

Sinfonía no. 8 Inconclusa

Movimiento 2

Los textos segundo y tercero se alternaban y al segundo movimiento le faltaban 3:30 para terminar, según decía el indicador de avance de las canciones. Sin verbalizarlo ni siquiera mentalmente, Víctor pensó en la ironía de que la sinfonía se llamara inconclusa y para la dueña hubiera quedado igualmente inconclusa, para siempre. Seguro tenía la grabación en casa. Seguro podría comprar otro aparato la siguiente semana, o el siguiente mes, o en dos meses. De pronto, Víctor se vio manipulando el aparato como si siempre hubiera sido suyo. Sentía rubor de que la gente lo viera escuchando música clásica, hasta que con un leve sonrojo se cercioró de que nadie lo estaba escuchando, porque era tan íntimo ese acto de escucha que podía subir todo el volumen y nadie notar qué escuchaba, como pasaba con Sandra, de quien él nunca hubiera imaginado que estuviera escuchando música tan aburrida.

Así pasó de Schubert a la lista de artistas. Algo andaba mal. Víctor no vio un solo conocido en esa lista que lo ninguneaba igual que ella lo había ignorado durante tanto tiempo.

Estaba seguro de que había seleccionado en artistas, fue y volvió y se encontró con la misma lista abstracta, absurda, borrable.

Algo, alguien tenía que hacerle notar cualquier indicio de conocimiento, pero Mendelssohn, Dvorak, Sugar Cubes, Cranes, Peter Paul and Bjorn, King Krimson, Johanes Brams, John Coltrane, eran respuestas que le provocaron preguntarse como por reflejo “Qué pedo con esta vieja”. El mecanismo de defensa funcionó por unos segundos. Pero el confort duró hasta la necesidad urgente de dar clic al siguiente artista. Bjork lo mandó a los submenús Debut, Gling Gló, Post, Telegram, Vespertine. Glin Glo le sonó, bueno, no le sonó, le latió, y así entró la canción llamada igual. Nuevamente rubor, esto era una cursi y ridícula caja de música. Ya salió lo cursi. Tres compases de notas agudas, contadas como gotas de piano y una voz femenina en idioma más raro
que el inglés. Nadie lo veía. Nadie lo escuchaba. ¡Qué bueno! La voz era como infantil. Quizá algún tipo de Cri-cri para burgueses. De pronto el piano se volvió grave y entraron más instrumentos. El ritmo era contagioso. El contraste con la introducción estaba planeado para confundir. Pero esto era igual de extraño y placentero. La voz ya no era tan dulce y cursi, tenía momentos incluso enronquecidos. Los músicos habían levantado en un segundo un diálogo energético que nuevamente hacía mirar a Víctor a su alrededor. Ahora quería que la gente que lo rodeaba escuchara la música en lugar de sentirse avergonzados. Pensar en Sandra era inevitable. No de una forma idílica, sino con una admiración primeriza a tan excéntricos gustos. Las palabras no llegaban de una forma tan explícita a Víctor, ni los pensamientos se regodeaban tanto en sí mismos, más bien eran ideas que pasaban por su mente como pequeños flashazos, ráfagas que sólo le ocurrían cuando reconocía a un candidato precalificado para robo. Pero ahí estaban sus pensamientos, explicados a detalle por mí, pero para ser imaginados como ideas de un segundo.

Marcos lo esperaba en su casa. Víctor llegaba afuera de su edificio, pero escuchaba

The Juan Maclean

Happy House

y no podía dejar de oír esto. Tuvo que sentarse en una parada de bus, esperar al bus de manera ficticia, sin ver cuántos pasaban. Víctor escuchaba esa canción, muy parecida a la música electrónica pero con algo que lo hacía viajarse. Enconchado en uno de los asientos, Víctor sólo descuidó un momento la música para esperar que Marcos no pasara por ahí, sabía que llegaría con una patada o un zape, y que le quitaría el iPod para quedárselo o… o para cambiarle la música.

Ryuichi Sakamoto

Happy End

Había reservas de dinero para varias semanas. Víctor podía pasar unas vacaciones. Sabía que no lo haría. Pero sabía también que el colchóncito ahí estaba. Lo que no tenía reserva era la batería del Ipod. Marcos era la única solución. Como un niño con juguete nuevo, todo giraba en torno a ese artilugio que ahora era portador de algo que Víctor no comprendía. La magia estaba ahí, no en el equipo, sino en el contenido. Algo conmovedor le traía la mezcla de canciones que el shuffle le traía sin que él supiera que estaba activado, lo cual le daba un elemento de manipulación, casi tiranía, de arbitrariedad estética que hacía a Víctor escuchar algo que dominaba sus emociones. Sandra seguía presente, latente. Después de todo era la autora de la lista de canciones y nunca desapareció su imagen, como cuando se escucha la música y se piensa, más bien, se siente al autor.

Hacia las dos de la tarde el equipo cedió. La última canción que lo dejó oír fue… demonios. Lo olvidó. Se apagó el equipo. No había remedio. Había que buscar a Marcos.

“¡Te pierdes, mi cabrón!” le dijo mientras sacaba uno de esos cables blancos que había comprado en 50 pesos y que podía conectar a la computadora. Víctor le pidió que no fuera a borrar todavía la música. Marcos se extrañó. Estaba listo para pasarle toda su música que hasta había apartado en una librería especial y tenía justo las mil canciones que cabían en el aparato que su amigo le traería. “Dame chance, hay dos tres canciones que quiero apartar” “Uy mijo, para eso me gustabas, ¿pues que no es el Ipod de la chava ésta de las mañanas?” “Pues sí, pero tiene música dos tres chida.” “Mmta, pues ahí me avisas” “llévate el cargador, y que disfrutes de tu músiquita de nena, culero. Ay luego me lo traes y me dices cuándo te paso rolas para hombrecitos”.

Víctor iba liberado. Se sentía contento con su música intacta. Su cable cargador le iba a servir para escuchar de nuevo esas “dos tres rolas chidas”.

Nueve treinta de la noche.

Björk

Play Dead

Era como masturbarse. Era como un cigarro de mota. Era como ausentarse. Era demasiado. No sabía qué decían las palabras. No sabía qué decía el título. Pero para él era como morir de tan intensa la música. Creyó que dormiría escuchando seis, doce, treinta de las 800 canciones que decía la pantalla que había en la memoria de ese chunche de 13 X 6 cm, pero sólo pudo escuchar una canción. Como comer un manjar y querer quedarse con el sabor. Como haber visto una película y querer dejar semanas sin ver nada más. Como leer un grato libro y no querer que termine. Así era Play Dead. ¿Ponerla de nuevo? Víctor negó con la cabeza en el silencio, como si alguien más se lo hubiera preguntado. Con los ojos cerrados.

La mañana siguiente, Víctor decidió sí ir a trabajar. Su cerebro despertó a la hora de siempre y su cuerpo se levantó para dirigirse a los mismos lugares de siempre. El asiento de plástico del bus tenía un grafitti conocido por él. Sabía que había tomado ese mismo bus varias veces por ese grafitti, que sólo le recordaba su presencia cuando lo veía. Ahora el grafitti se veía más lavado, como si hubieran intentado borrarlo a tallones con un trapo húmedo, pero ahí persistía, recordándole a Víctor una cotidianeidad que parecía no dejarlo escapar de ella. Al abrir los ojos después de un rato, Víctor se percató de que ahí estaba Sandra. En su lugar de siempre. Como el grafitti en ese bus, pero ella, con un libro. Sin audífonos puestos.

Johannes Brahms

Symphony No. 1 in C minor, Op. 68 Finale

Era la canción que seguía en la lista al azar. Víctor la escuchó mientras veía a Sandra, cuyo nombre nunca conocería. En la pantalla de noticias estaba Carmen Salinas y un pie de foto que hablaba de su más reciente revista musical. Los tobillos y buena parte de las pantorrillas de Sandra se veían por el tipo de pantalón que ella llevaba puesto. La canción duraba 8:38, el tiempo aproximado que faltaba para llegar a la parada de Sandra, calculaba Víctor. La música tenía una intensidad casi dolorosa que hacía a Víctor respirar con intensidad. Sandra cambiaba las páginas de ese libro que Víctor nunca sabría de qué trataba. Seguro era algo equivalente a la música que había en el Ipod, con letras, con palabras, con ideas que él seguro no podría degustar, o quizá sí, con mucha preparación. Por lo pronto él ya sabía qué música existía, cómo podía sentirse con ese arte del que probó apenas unas porciones. La música terminó. Víctor se levantó, caminó. Los tobillos descubiertos se veían más cercanos, la textura de su piel recubierta por el brillo de alguna crema posterior a un muy temprano baño. Víctor sacó de su bolsillo el Ipod con los audífonos enrollados, se lo puso a Sandra sobre el libro abierto, ella miró el aparato, confundida alzó la vista para ver a Víctor, que por un segundo hizo contacto visual con ella. Sandra tenía un lunar pequeño en la mejilla izquierda, no lo hubiera distinguido de no haber estado tan cerca de ella. Hizo un esbozo de sonrisa, o es lo que él pensó. Se dio la media vuelta y bajó del bus.

jueves, 26 de mayo de 2011

Bendita agua

Quizá era el año 2027. Aquel día Ponce entró a la cárcel por correr apuestas y por haber matado a un jugador. Las cárceles llegaron a un punto de saturación tal, que se optó por clasificar los crímenes y los homicidios ameritaban cadena perpetua, con una prerrogativa: la inyección letal. Sólo ellos. La inyección letal cada semana para quienes están en la carcel por matar a alguien. A todos los inyectan los lunes por la noche, después del juego de futbol americano, como si fuera un último deseo cumplido, como si a todos les gustara el futbol americano. Seguro a algún director de penales le gustaba y asumía esto. Agua. Nadie sabe cuál tiene el líquido que mata hasta la mañana siguiente. Al principio se hacía cada mes, luego cada quince días. El sobrecupo demandó que se hiciera una vez por semana, los lunes por la noche. De modo que los presos veían todos los martes una luz que agradecían, la luz matinal; otros (muchos también) veían esa oportunidad de vida como la prolongación insoportable del castigo de seguir.

Ponce estaba en plena crisis de la mediana edad. Sus sueños de ser arquitecto se habían esfumado dolorosamente y la vida familiar con su esposa Jovana se había truncado, junto con sus planes tardíos de ser padre. Después de todo, ella se había casado con un aspirante a arquitecto y lo de tener mucho dinero a ella le daba realmente igual.

La construcción de la cárcel se parecía mucho al condominio donde vivía su hermano, sólo que aquí había una iluminación excesiva, tabiques grises en lugar de ladrillos rojos y barandales pintados de verde en lugar de blancos, como las películas deslavadas y verdosas de principios del milenio.

Cuando Ponce fue sentenciado fue notificado también sobre la inyección letal y su rifa, algo de lo que él había leído ya. Haciendo cálculos, el destino acabaría con un buen porcentaje de los reos relativamente pronto, pero el ingreso de nuevos reclusos diluía mucho las posibilidades. Había afortunados que salían sorteados apenas semanas después de entrar, y el record era, sí, de una semana, cinco días, para ser exactos, de un imbécil de 26 años llamado Eduardo Romo. Los que más anhelaban salir premiados eran los últimos narcotraficantes encerrados, antes de que fuera legal el uso de las drogas, éstos eran más bien narcos-homicidas de la vieja guardia que tenía que matar para comerciar, y que aquí dejaban de tener la vida paradisíaca. De ellos, pues, era consabida su preferencia de morir antes de ser encarcelados. De los demás delincuentes no había una constante entre su deseo de vivir o morir y su giro delictuoso o su móvil criminal. Ponce había tratado de encontrar aquí algún rasgo común, sin éxito. Otro estudio que Ponce llevaba de manera consistente y lenta, era el de si el sorteo era meramente azaroso o había algún afán consciente de castigar a quienes desearan vivir y hacer permanecer con vida a quienes quisieran morir. Era a fin de cuentas una ruleta, pero quizá con algunos hilos que se movían para que el balín quedara con quien se quisiera. Hasta este momento no había algo considerable como una regla y por más anotaciones y discusiones que se hicieran, ninguna acababa por convencer a nadie. De cualquier modo Ponce insistía en su teoría y llegaba aún más lejos, a pensar en algún compañero recluso infiltrado que fuera quien direra información detallada sobre a quien “conceder” el paso al siguiente estadio. Esta teorización era un pasatiempo para Ponce, de alguna forma, pero de otra era también algo que lo mantenía siempre alerta, siempre sospechando de preguntas, respuestas, actidudes, favores, peticiones, y pues, prácticamente de cada acción en torno suyo. Desde luego no era exclusivo de él, y era común para él conjeturar con quienes llegaba a tener alguna confianza, como su amigo el Foco, apodado así por su brillante calva, Sergio Salmerón, el Salmón, muerto por la inyección hacía dos años y dos meses.

En 1978 Ponce trabajaba en una lonchería. En Bucareli, frente a los expendios de periódicos. Era un mesero de 10 años que nunca fallaba en traer bien la comanda, aunque fuera complicada, aunque se la dieran en desorden o aunque le cambiaran cosas. Él siempre recitaba el pedido final a la perfección, sólo le hacía falta ver a cada una de las personas y al recordarlos frente al cocinero identificaba perfecto lo que habían pedido de comer y de tomar. Doña Lupe sabía que Ponce era parte importante del atractivo de su discreta lonchería. Sabor y limpieza eran dos cosas que ella tenía que ostentar permantentemente, pero si había algo que hacía diferencia en el lugar, era la atención de Ponce. Ella le tenía cierta estima. Era un niño sin padres que había parado con su comadre Lidia a los siete años y para ella dos años de protección habían sido suficiente tiempo, así que a los nueve lo mandó a trabajar con su comadre Lupe, a su negocio. Ella veía que el chamaco era listo, así que no le preocupaba su desempeño, y Lupe le había dicho que necesitaba un garrotero. Así que Ponce comenzó a trabajar, primero con el temor triple de no saber lo que era trabajar, pensar que el trabajo era para los grandes y no saber si lo haría bien. “Lo harás bien, no es tan difícil” le decía Lidia con cierto ánimo, pero sobre todo con ansia de que esa boca que se había añadido a las de sus tres hijos, dejara de ser una carga. Lupe le aceptó a su comadre Lidia la recomendación y ésta la aceptó sabiendo que no podía perder más que cinco días de prueba. Pero el niño aprendió en un día su trabajo y al quinto día estaba haciendo el trabajo doble de garrotero y mesero, opacando por mucho a Pedro, que llevaba nueve años con ella, mostrando su memoria, sus ganas y su carisma. En poco tiempo Pedro se encontró con que ya no lo necesitaban y él tuvo que ofrecer mejorar su desempeño al doble, a cambio de una nueva oportunidad. Doña Lupe aceptó con recelo y reclamándole a Pedro no haberlo hecho antes, lo que hubiera evitado que ella buscara apoyo.
La clientela comenzó a aumentar, ex clientes volvieron. Lupe no podía cambiar su estilo mandón de ser, así la habían educado y no podía evitar regañar aunque las cosas se estuvieran haciendo bien. Cuando Lupe regañaba a Ponce sentía o hasta veía a sus clientes reaccionar ante la injusticia del tono de Lupe. Nadie le decía nada, pues todos la conocían o imaginaban que era su estilo de llevar la lonchería, pero siempre había un dejo de reclamo ante la injusticia de tratar mal a un niñito que además hacía su trabajo bien. Ellos, en lugar, platicaban con Ponce, le sonreían, hasta hacían pequeñas bromas. No había duda, era el gran gancho del lugar, y tratarlo con rudeza era parte de la dinámica que había que tener. Así habían transcurrido cuatro años, hasta que un cliente nuevo, Sherif, había encontrado en Ponce lo que buscaba: un próspero tallador que con pocos años y mucha lealtad lo sustituyera en el negocio de las cartas, en un plazo mediano. Sherif (cuyo nombre real era Serafín pero él se lo cambió en la adolescencia por Sherif, así, con una sola f) se volvió asiduo del lugar y amigo de un renuente y desconfiado Ponce, con la complicidad y apoyo de Pedro, que no había logrado superar el despojo y el susto de perder su trabajo que Ponce le representó. “No siempre vas a trabajar aquí” le dijo Sherif a Ponce después de hablarle de una oportunidad de intruducirlo en el negocio del póker. “Quiero ser arquitecto” le dijo Ponce con voz ya de jovencito, provocándole a Ponce la carcajada burlona pero nerviosa. “Y de dónde sacaste eso”. En estos años vi como cambiaron ese edificio y me di cuenta de lo que quiero hacer. Ponce se refería al edificio de Excélsior que estaba en la esquina de Bucareli y Reforma y que modificaron en dos años. “¿Aquel azul? ¡Pero si quedó horrible!” le respondió Sherif a Ponce. “Es lo que quiero hacer, cambiar las cosas, cómo se ven, no importa que el resultado no le guste a la gente”. Sherif se percató de reojo de la mirada de doña Lupe, quien estaba a punto de gritarle a Ponce, así que se apresuró a decirle que no era una decisión a ser tomada de un día al otro. “¡Pagan en la mesa dos! ¡Mueve las piernas y para la boca!” Lupe le gritó a Ponce.

Sherif iba a comer todos los días y todos los días le soltaba a Ponce la pregunta “¿Tons qué?” a la que Ponce contestaba invariablemente negando con la cabeza y haciendo una mueca de seguridad sobre su respuesta. Semanas después de los noes, fue Pedro quien le preguntó a Ponce qué se traía ese tal Sherif y Ponce no sintió empacho en contarle a qué se refería el críptico y cortísimo intercambio pregunta-respuesta. Pedro sintió una punzada de frustración de pensar que Sherif podría hacer la misma pregunta por años hasta sacar un sí a Ponce.

Un año después de soportar saber a qué se refería la insistencia de Sherif, Pedro se planteó dar un empujón a Sherif para convencer en definitiva a Ponce de irse con él. Sabiendo que cada segundo día éste iba a la tienda a comprar cigarros palillo en boca, como parte de un ritual, Pedro preparó un encuentro fortuito escabulléndose de Lupe con el pretexto de que le diera para comprar una cajetilla de cigarros y así tener cigarro suelto para revender. Al salir Sherif de la fonda, Pedro ya estaba en camino comprando la última cajetilla de Delicados que había en la tienda. Ver a Moy, el tendero, tomar la última cajetilla fue para Pedro una buena señal. “Desde cuando fumas tú, pendejo” preguntó Moy a Pedro sin importar que hubiera más clientes en la tienda. “No son para mí, doña Lupe me dijo que los tendrá en la fonda porque luego le piden y no tiene”. “Ah que doña Lupe tan previsora” dijo Moy con ironía mientras Sherif llegaba. “Mira, a quién le vas a vender la cajetilla, pendejo” le dijo casi emocionado Moy a Pedro mientras veía la contrariedad de Sherif al no ver su marca de cigarros en el despachador. “¡Quiubo! ¿Ya fumando?” dijo Sherif a Pedro entre burlón y enojado por ver que le ganaron los cigarros. “No, son para doña Lupe, pero si quiere se los vendo a usted.” “¡Pendejo!” Dijo Moy negando con la cabeza mientras buscaba una caja de arroz que otra clienta le pidió. “Y en cuánto me los vendes, ¡valen más porque ya no hay!” dijo burlón Sherif. “No. Lléveselos”. Ponce sí quiere trabajar con usted, pero le da pena decirle a doña Lupe, se siente comprometido con ella y cree que sería un gandalla si se va. “Muy bien, Pedro, nomás tienes la cara, gracias por la información” dicho esto le dio un billete y le quitó los cigarros. Moy sólo vio este último momento de la conversación y arqueó las cejas asintiendo. “Nomás tienes la cara Pedrito, ¡ya haciendo negocios con el cabrón de Sherif!” Pedro lo miró y salió de la tienda pensando que nunca iba a hacer negocios con alguien como Sherif, porque no tenía la capacidad. Pero de algo le serviría haber hecho bien lo que había planeado.

Al día siguiente mientras Sherif comía no podía evitar mirar a Ponce, pues quería distinguir algún titubeo, alguna señal de lo que Pedro le había dicho, sin conseguirlo. Esto, según Sherif, era muy favorecedor para Ponce, pues era una señal más de cómo el muchacho podía disimular sus intenciones. Después de varias veces de pasar juntó a Sherif, Ponce notó su cambio de actitud y lo miraba con extrañeza. Sherif no volvió a preguntarle su cotidiano “Tons qué”, y Ponce se dio cuenta también de que esta pregunta faltaba y hasta se inquietó. Desde la cocina Pedro percibía la escena mientras secaba platos. Sólo Guadalupe parecía ignorar lo que ocurría. “¿De postre va a querer gelatina o ate con queso?” preguntó Ponce a Sherif. “Gelatina, pero acompáñame a fumarme un cigarro antes”. La petición desconcertó a Ponce, que miró a Guadalupe como si los hubiera escuchado. “No te preocupes por esa vieja, luego hablo con ella”. Afuera de la fonda, ante el enojo de Guadalupe, Sherif fue breve y contundente: “Sé que tú te quieres ir a trabajar conmigo” “¡¿Yo?!” interpeló de inmediato Ponce. “Déjate de pendejadas porque ya estuvo bien de bromas de mi parte. Mañana te veo en la oficina sin falta y si no vas alguien va a asaltar esta pinche fonda y se va a chingar a esta cabrona vieja”. Espantado y desconcertado, Ponce miró de nuevo a Guadalupe, que no dejaba de mirar desde la cocina, con actitud de madre enojada, pero también preocupada por el intercambio poco cotidiano que se estaba dando entre su cliente y su empleado estrella.

El temor que Ponce sentía por Sherif las primeras semanas se fue disipando y dejó lugar a cierta fascinación por el juego y la facilidad con que podía jugar. No le dejó de temer, pero se dio cuenta de que Sherif lo respetaba por sus cualidades y capacidades, y de que le convenía tenerlo bien en todo momento, incluso pensó que podría comenzar a pedirle lo que quisiera y se lo concedería, como a un hijo mimado al que se le quiere dar todo aquello de lo que se careció, pero Ponce nunca quiso abusar de la circunstancia, pues pensaba en secreto que podría escapar sin deberle mucho a aquel tipo que prácticamente lo raptó. La curiosidad de jugar y cierta ambición motivaron a Ponce por semanas y la satisfacción de ganar y ganar dinero se convirtieron en una forma de vida. De pronto se encontró en una situación donde no tenía que pedir nada a Sherif porque éste se lo podía dar. Lo que fuera. ¿Por qué Sherif, teniendo tanto dinero iba a la fonda de Guadalupe? Nunca llegó a tener la confianza para preguntárselo. Estudiar arquitectura para Ponce era ahora a la vez más asequible pero también más lejano. Haciendo cuentas, podía hacer la secundaria en un año, la prepa en otros dos y en tres años comenzar, pero ser tallador por las noches y estudiante de secuntaria abierta por las mañanas era algo absurdo, que no tenía cabida en ninguna mente sensata.

Cada año que pasaba se alejaba el sueño profesional hasta que acabó borrándose y dejando una idea amarga de aspiración ridícula y aparente bienestar.

Ponce conoció a Jovana a los 22 años. Fue al primer novio que le contó que en realidad se llamaba Jovita y no Jovana, y se cambió el nombre a los siete, aprovechando que la habían cambiado de escuela y rogándole a su maestra, como sería cada año siguiente, que la llamara Jovana para que no se burlaran de su verdadero nombre.

Una noche no hubo trabajo en la versión nocturna del restaurante Ara, que era el casino improvisado donde Sherif se estaba volviendo millonario. Ponce entonces pudo ir a su segunda fiesta de la vida, la primera habían sido unos quince años donde le habían pedido ser chambelán, cuatro años antes. Fue aquí donde Ponce conoció a Jovana y donde Jovana decidió que Ponce sería el hombre de su vida. Y así fue. Dos años después, se casaron. Jovana era una muchacha sencilla, sin muchas ambiciones materiales que en principio creyó que su esposo en algún momento estudiaría para arquitecto y hasta lo llegó a impulsar. Durante meses Jovana tuvo la paciencia de no saber a qué se dedicaba Ponce y no preguntar y por qué no podían salir los viernes ni los sábados por la noche. Cuando ella estaba por terminar con él por no ser capaz de decirle ni a qué se dedicaba, y por temor a que fuera algún tipo de criminal, Ponce le contó la historia. Jovana entonces comprendió por qué tantos regalos y tantos planes, y de alguna manera apechugó la carencia social sustituyéndola por la relativa abundancia material, aunque ahí se dio cuenta de que su novio jamás sería un arquitecto, encontró un cierto paliativo en la holgura material. Como siempre pasa cuando el esposo trabaja para un giro dudoso, Jovana no se metía, no preguntaba salvo que Ponce le quisiera contar algo, pero esto rara vez ocurría. Jovana lo quería fuera arquitecto o tallador, se sentía orgullosa de haberlo encontrado, de haberlo elegido y afortunada de que una de las dos noches que él no fue a trabajar en sábado por la noche se hubieran conocido.

Sherif tenía problemas con Anaya. Lo había descubierto haciendo trampa ya tres noches distintas. La primera vez hacía seis meses, la segunda hacía un mes, y la tercera aquella semana. “Vi que te pasaste de listo con Licón. Ni él ni los demás se dieron cuenta, pero yo sí.” Le dijo reconviniéndolo. La segunda noche que ocurrió Ponce fue quien advirtió que Anaya se hacía señales con el Cala. Esa vez los dos salieron tablas y fastidiaron al resto. “Otra vez, Licón, chingándote a mis otros clientes. Ya no quiero verte por aquí” fue la amenaza, ante la que Licón reaccionó incrédulo “No andan bien las cosas. No vuelve a pasar ése mi Sherif, aguánteme por ésta.” “No vuelvas a venir” fue la reacción de Sherif. “Y aunque vengas, no vas a jugar”. Aquel jueves trágico para Ponce, apareció Anaya acompañado del Cala y de Lome, un achichincle de Anaya que iba seguido con él y no dudaba que hubiera hecho de las suyas, pues era sabido que en su negocio le ayudaba a cometer fraudecillos cotidianamente. “Venimos a jugar”. “Te dije que ya no podías. La gente no quiere jugar contra ti. Vas a acabar con mi negocio. Te lo digo por las buenas, lárgate.” “¿O qué?” ante la insolencia de Anaya, Sherif tuvo que quedarse callado, impotente, sus años aguerridos habían quedado atrás, ya no reclutaba golpeadores porque creía, erróneamente, que tenía jugadores pacíficos, pero se había enterado de que Anaya andaba jugando por otros lados y perdiendo mucho dinero. Así que Anaya se sintió subestimado. En la mesa estaban Ponce, Lome, el Cala, Anaya, don Elías, un judío mueblero que amaba el juego, que sacaba más dinero del juego que de su negocio, que jugaba en secreto para toda su comunidad, y que siempre iba con Blanga, un amigo también judío, de toda su confianza, a quien trajo esa noche por primera vez.

Ellos no conocían a Anaya. La noche de juego no estaba acordada porque nadie había hecho cita, a veces pasaba que llegaban jugadores de improviso, esto no gustaba particularmente a Sherif, que le gustaba armar mesas de jugadores de la manera más controlada posible. Ponce veía acercarse una noche de asueto y empezaba a saborear una salida sorpresa a cenar para su esposa, de hecho don Elías estaba por irse y estaba a punto de agradecer los tragos y despedirse, cuando llegó el grupo de Anaya. Sherif, contrariado, no quiso hacer olas para no dar origen al menor atisbo de desconfianza que fuera a iniciar un desprestigio, y pidió a Anaya que lo acompañara para decirle lo que quería por separado, creyendo que lo iba a convencer. Un error de exceso de tolerancia que el cansancio de los años permitió, pues en otra época no le hubiera importado el prestigio y le hubiera cerrado la puerta en la cara. Por eso quería dejarle ya el negocio a Ponce y sólo cobrar su renta, faltaba que terminara el año para que eso ocurriera, ocho meses. Pero ese día de abril, 29, Anaya quiso dejar en blanco a don Elías, fuera como fuera. Incautamente, Blanga señaló que Lome, con cierto descaro, por cierto, se estaba haciendo señas con Anaya. Esto enfureció a Sherif que lo había notado antes. Por primera vez desde que Ponce lo conocía, Sherif sacó una pistola para correr a Anaya. El Cala descontrolado se avalanzó sobre él y le quitó la pistola, Ponce se fue sobre el Cala, pero Anaya sacó una navaja y amenazó con usarla, lo que no evitó el forcejeo entre Cala y Ponce. Sherif se enfrentó a Anaya que lanzaba navajazos, Lome quería entrar al forcejeo por la pistola, pero no hallaba momento para entrar, Blanga y don Elías estaban en un rincón, aterrorizados, queriendo salir del lugar, mientras Anaya lanzaba un cuchillazo decidido a picar a Sherif y llevarse el dinero cuando se escuchó un balazo, el Cala, quedó boca arriba, tenía un orificio en la cara por el que comenzó a salir profusamente la sangre. Cala sacaba un último intento de grito ahogado y alcanzó a querer tocarse, pero dejó de moverse. Blanga y don Elías lograron salir al fin del lugar, Lome quería salir también, pero sentía compromiso con Anaya. “Lárguense o los mato” dijo Ponce sin saber si eso era lo que quería decir, “¡Mátalos a los hijos de la chingada, si no te van a delatar!” dijo Sherif a Ponce, como si estuviera pidiéndole repartir cartas. Lome y Anaya salieron sin dar la espalda, esperando que el balazo llegara en cualquier instante, pero el terror de Ponce los hizo ver antes de desaparecer que esto no ocurriría.

La estrecha celda estaba iluminada permanentemente. La iluminación era peor que el encierro. Podrían tener una muestra de cómo son las cárceles para quienes están en libertad y esta iluminación, más potente que la luz del sol, sería el mejor preventivo de la delincuencia. La rifa, como todos llamaban a la toma del líquido mortal, era la solución al problema de la luz permanente. El gobierno había reformado sus métodos ante la sobrepoblación, darle a todos los homicidas cadena perpetua e ir acabando con la mayoría con la inyección letal, con la constancia de hacer el sorteo cada semana. Debía haber algún patrón de asignación, alguna ecuación, alguna señal de comportamiento o de deseo, o de terror, o todo junto. Ponce tenía la lista de los muertos desde que había sido internado, pero nada le daba la constante lógica. Él no sabía si quería vivir o morir. O ambas cosas, lo que le daba una seguridad de ganar pasara lo que pasara. Llegar a este estado de deseo-no-deseo le hizo ver a Ponce que ésa había sido la historia de su vida. Nada de lo que había ocurrido jamás había sido su decisión. Examinó su niñez, el abandono de sus padres, la adopción de Lidia, el trabajo con doña Lupe, la adopción de Sherif, el matrimonio con Jovita, matar al Cala, la inyección letal. “Apúrate pinche Ponce, tengo que llevar los otros frascos y tú nunca te tardas tanto!” Pinche Ponce, lo habían llamado así tantas veces. En efecto, nunca se había tardado tanto en levantarse la manga. Nunca había visto de esa manera el frasco con el líquido. Las veces anteriores había un deseo natural de que no le fuera a tocar el premio mayor. Cerrando los ojos se levantó la manga, sintió el pinchazo.