Pedro trabaja en la mina de Santiago, en
Zacatecas. Día a día, hasta que pueda trabajar. Hasta que sus pulmones o sus
ojos digan ya, como a su padre, como a su abuelo, como a sus choznos les pasó.
Tres hijos le mandó Dios a Pedro, tres futuros mineros. Tres hijos, varones,
para fortuna. Lo que fortuna quiera decir. Fortuna-no-opulencia: fortuna poder
trabajar en la mina, para fortuna de sus dueños, hasta que tus pulmones y tus
ojos digan. Juana es la esposa de Pedro. Por cierto. Juana de su casa, que
muchos años hicieron burla de su nombre. Ella llegó a despreciarlo, su nombre, hasta
que se enteró de que le gustaba. Por cierto. Y fue hace poco, cerca del tiempo
que Pedro comenzó a toser sangre, sobre el mismo paliacate que le sirve como
filtro de impurezas y que nada filtra. Ni siquiera pensamientos. La locura de
la mina. Oscuridad de sonidos. Nada más que la luz y los martilleos. Nada más por 8 horas. 48 años de
Pedro, 32 años de trabajo, porque no puede jubilarse, porque no hay júbilo en su
retiro. Porque su vida ha pasado en la profundidad obscura. Porque el único día
que no hubo oscuridad en su mina, su
mina, fue cuando llegaron los de la televisión, que hacían un reportaje y el
único día que no hubo oscuridad él se soltó a llorar cuando le preguntaron cómo
era su vida ahí abajo. Su reportaje nunca salió. Seguro porque se echó a
llorar. Él mismo lo echó a perder. Por no tener un testimonio feliz, una
historia grata y colorida que contar, qué bueno que no salió, la historia que
entre llantos le salió, qué diría su patrón, seguro ya no tendría trabajo, ni
él ni su progenie. ¿Qué harían en ese caso? Juana sólo fue enterada de las
partes gratas de la vivencia. Unos de la tele fueron. Cuándo sales en la tele.
Me dijeron que la semana próxima. En qué canal. A qué hora. No sé. No les
pregunté. Y cómo te vamos a ver. Cómo se iba a ver a sí mismo, si ya veía poco
más que menos. ¿Cómo lo iban a ver? Si salió llorando desde el primer instante.
¿Cómo lo iban a ver sus hijos llorar? ¿A qué iba a ese trabajo? A ser poco
hombre. A ser todo lo contrario de lo que inculcaba a sus hijos diario, cuando
se iba, cuando regresaba, cuando estaba, cuando ellos veían la tele. Hombre.
Muy hombre. ¿Cuándo se había visto? Menos por la tele. No dejes al chillón. Día
perdido. Hay buenas imágenes de la mina. Mete a otro minero, otra historia,
otra con más color. Había sido el día más iluminado, cómo era posible que lo
hubiera echado a perder así. Sus hijos en la sala, de dos sillones, pero sala.
Emocionados. Listos para comenzar a ser como su papá, al menos el mayor, pero
pronto los otros dos. Su papá entrevistado para la tele. Haciendo lo que
siempre hace. Su papá ése tan muy hombre. Tan muy ejemplo. Que ocultaba el paño
salpicado de rojo, disimulado por el rojo de su tela. Volteado por si acaso
Juana, que se sorprendía por el rojo que esos pañuelos (filtros que nada
filtran) despedían en cada lavada. Cuanta pintura de esos paliacates rojos que
Pedro insistía en no cambiar de color. Rojo que se iba por el lavadero como la
vida se le iba a su esposo en aquella mina. Después de la semana expectante, de
hijos listos para su mina cambiando
canales con el control Hitachi de la tele Hitachi una y otra vez, buscando a su
papá en la tele, ésa donde habían visto a tantas estrellas y ahora estaban
listos para ver a su más grande estrella. Hasta los vecinos lo sabían, y
también cambiaban sus canales o se mantenían atentos a los posibles gritos de
los pedros. Dos rayas debajo de lo normal aquel volumen de sus aparatos. Nada. Una
semana. Dos semanas. El programa salió, por un canal sin cobertura en la zona
de la mina de Santiago, en Zacatecas. Salió el reportaje, editado. Documental,
de la mina y las bondades para el pueblo aquél. Testimonios gratos, agradecidos,
coloridos. Como debían ser. Todos contentos. Menos los pedros que nunca vieron
a su padre en la tele. Menos los del pueblo, apenas beneficiado con lo mínimo
para vivir. Menos Pedro, que regresaba cada día de su mina a ser hombre, muy
hombre, para sus hijos y Juana, a quien ya le gustaba su nombre.
miércoles, 16 de diciembre de 2015
jueves, 8 de enero de 2015
El sol no tiene prisa, por Fabiana Bucio
Un claro en el bosque puede no
anunciar nada, o puede vaticinar lo que viene, porque aquí habrá un árbol que
ahora no hay, y ocurrirán cosas que pudieron vivirse hace cientos de años. Y no
es que se trate de algo muy importante. Es lo que ocurre siempre, pocas veces.
Y de esas pocas, menos son nombradas. Pero ahí están. Como este árbol que aún
no existe.
Un pez gris, plateado, nada en agua no
preparada para él. La pecera no es pecera, es un recipiente amarillo opaco del
que el pez, que es un salmón, quiere salir. En realidad no quisiera dejar el
agua, pero el recipiente le provoca claustrofobia a ese pez que no quiere estar
dentro ni fuera, por eso se lanza al exterior, a esa atmósfera sólida para sus
branquias, y cae al piso. La caída es apenas percibida: hay dolor, pero el
sometimiento a la sólida atmósfera lo supera.
El salmón encontró que no
había muerto en esa atmósfera que le rechazaba la respiración. Corrió huyendo,
y encontró que podía correr, respiró y descubrió que se le daba respirar por la
boca, y hablar. Pero no quiso hablar. El pez miró y descubrió sus pies, y
también lloró, y vio que el mar podía salir por sus ojos, pero se guardó su
llanto para cuando volviera al mar.
Y fue que un árbol nació,
sin que lo viera nacer nadie. Un conejo hembra, una coneja, miró la primera
infancia de ese árbol como espejo de la suya, y pastó en todos lados menos en
su derredor. Quería que ese terreno viviera intacto, pero el terreno se volvió
bello, un paraíso para los demás seres del bosque. ¿Un conejo y un pez?
En el bosque-paraíso, un
árbol-niño que algún día daría pepinos amarillos vive proclive del
abuso-descuido que lo podría hacer sucumbir. Una tormenta, inoportuna como
todas las tormentas, lanzó un rayo junto al árbol, casi acertando en la coneja
despavorida, que salió hacia donde fuera, viva, lejos de él.
La tormenta continuaba
cuando la coneja era transportada en una red a un pickup rojo. Después de
varios minutos, el aguacero cedió porque la nube terminó. Demasiado tarde.
Demasiado lejos. La coneja, que no conocía nada del mundo, veía la carretera y
daba miradas al conductor, un hombre amable, desconocido. La coneja temblaba de
frío, de miedo. La habían sacado de su bosque por primera vez. Quería regresar
a su árbol y a su prado. El hombre le hablaba palabras gratas que ella no
entendía. Conocía el idioma, era también suyo, pero no hilaba el sentido de las
palabras al oírlas, y entonces era como un idioma otro cualquiera. El hombre
llevaba la radio encendida con canciones que ella no podrá olvidar. Una bocina
rota hacía a la música distorsionar en los bajos, pero al hombre no parecía
molestarle. El hombre lloraba conteniéndose, mientras le hablaba, luego reía y
se secaba las lágrimas. La coneja entonces se dio cuenta de algo: estaba
sentada parecido al hombre, ¿cómo podía hacer esto si era una coneja? Sus patas
colgaban y estaba sentada sobre su trasero, y el hombre ya no le parecía tan
grande, porque era ella quien estaba más grande. Entonces, algo la estremeció.
Algo sintió en esas patas que ahora colgaban del asiento y que no quería ver.
El hombre seguía hablando, riendo o sollozando, y a veces haciendo todo esto a
la vez. Se armó de valor para asomar la coneja, y se dio cuenta de que sus
patas traseras ya no eran más patas. Eran unos pies como los del hombre, mucho
más pequeños, con zapatos, y que colgaban del asiento. Los zapatos eran negros,
tenían hebilla, correa y dos espacios que dejaban ver unas calcetas blancas.
Quizá era la pesadilla de todo lo que estaba ocurriendo. Quizá todo era una
pesadilla lista para ser borrada con algún movimiento brusco. No le preocupaba
el hombre, que estaba atento a su propia historia y a su camino. Entonces
levantó un pie la coneja, lo acercó a su pata delantera y tocó con ella. La
sensación tanto para la pata-mano, como para el pie fue igual de sobrenatural.
Aún con el calcetín sintió el pelaje de la mano, era como si tuviera la carne
viva y como si la tela y el pelo tallaran sobre ella. La pata sintió una piel
insoportablemente tersa que la hizo querer vomitar, gritar. ¿Qué este hombre no
se daba cuenta de todo lo que pasaba a su lado? ¿A dónde la llevaba? ¿Qué era
esto? El hombre dio unas palmadas en su cabeza. La coneja trató de dormir. O de
despertar. El pickup Dodge rojo siguió su viaje por la carretera seguramente a
un bosque desconocido.
El salmón era acechado por
un gato y un halcón, esto es, por tierra y cielo. El gato lo había seguido
hasta una madriguera, los pasos torpes del salmón habían sido aprendidos por
mera defensa. Pero algo había en esos pasos dudosos, largos y lentos que le
ayudaban al salmón, contra todo presagio fatal. El salmón no iba a ser
alcanzado por el gato. Pero desde el cielo el halcón miraba al irrepetible
animal que no era un roedor ni un reptil y con fascinación buscaba hacerse de él,
y conocer su sabor, exótico, seguro, para luego seguir su vuelo. Pero al tratar
de acercarse algo impedía que el halcón llegara a más de unos metros del
pez-humano. El ave quería hablar con el gato y preguntar qué era eso y qué
impedía a los dos terminar con él de una vez. Y el pez, que era un salmón, al
menos de la cintura hacia arriba, encontró una charca, y se metió en ella, y la
charca lo llevó a una madriguera, dejando a los depredadores merodeando
frustrados el inesperado lugar.
La coneja añoraba su
esencia, su césped, junto a su árbol. Si bien el hombre era amable y hasta
llegaron a quererse, ella tenía que volver a ese lugar que era su origen. Para
ello salía constantemente de su casa humana. Cada vez más lejos y más seguido.
El hombre lo entendía, lo permitía. La coneja sabía que su conversión de ser
coneja era irreversible y no era para ella un pesar. Lo único que no quería era
convertirse en humana totalmente, al menos por aquel presente. Cada mañana
revisaba sus orejas con las manos que un día se le volvieron. En sus salidas
era inevitable encontrarse con humanos que la veían mal, se aterrorizaban, se
burlaban, hacían bromas a sus costillas y la molestaban. La coneja sólo los
miraba sin ser afectada. Confiaba en que el señor que la cuidaba siempre era
valiente y podría ayudarla si llegaba a peligrar. De otro modo, poco le
importaban las ofensas y, en cierta medida, la alagaban. Un día, la coneja se
dio cuenta de algo: quizá sus salidas alejándose cada vez más de casa eran
infructuosas porque estaba errando el camino, o la forma de recorrerlo. Y era
que, recordando la larga distancia que había andado en el pick-up para
alejarse, quería caminarla de forma idéntica pero inversa, y pensó “¿Qué tal si
no es por la corteza mi camino? ¿Por qué no retornar a mi esencia y cavar un
recorrido que por lo profundo me lleve a lo mismo?” La coneja emprendió así un
nuevo andar en una dirección sin preparación, sabiendo que cualquiera la
llevaría a su destino. Andaría lo necesario hasta saber por el instinto donde iniciar
su excavación. Iba tan bien su plan y su recorrido, que su olfato recordó
olores vividos, su oído olvidados sonidos y, más allá de lo percibido, sus
manos volvieron a ser patas de lepórido.
La madriguera al fondo de
la charca donde el salmón se ocultó era sólo un lugar de tránsito, eso lo sabía
porque identificaba la naturaleza del ave y del felino. También sabía que era
hacia abajo y no hacia el frente que tenía que seguir. Comenzó a cavar, para lo
que utilizó sus manos, y se dio cuenta de que tenía manos. La sensación de la
tierra húmeda, suave, le provocó calosfríos en las yemas de sus nuevos dedos.
Esa sensación y la angustia de saber quienes venían a sus espaldas. Cavó entre
tierra cada vez más húmeda, negra y caliente, pero también más suave,
placenteramente suave. Llegó un punto en que sólo tenía que abrirse paso entre
ese lodo que casi podía respirarse de tan blando y tibio. La consistencia
agradable de la tierra le decía que lo estaba haciendo como debía. Llegó un
punto en que su cabeza de pez era lo único que necesitaba para abrirse el paso,
a ojos cerrados, porque no necesitaba un mapa ni un camino, ni había un solo
obstáculo en ese andar, ese descenso casi imperceptible para el que el suave
lodo negro lo refrenaba para su beneficio. Cuando el lodo se fue desvaneciendo
el salmón abrió los ojos para darse cuenta de que se encontraba en una zona de
atmósfera única, que nunca imaginó existiera en este mundo, porque no era de
este mundo. No era el mar, ni la pecera de plástico opaco, ni el aire que el
halcón persecutor respiraba, ni la tierra por la que él y aquél gato hambriento
habían andado, él con su paso torpe y despavorido, el gato con sus zancadas
ágiles pero improductivas. Una laguna estigia, brillante, tanto que ilumina la
oscura bóveda del sitio. Con su abundante agua, tierra, lodo, su propio cielo y
sus propios seres. Una marmota similar a un hurón, o viceversa, se acercó al
salmón. Lo miró sabiendo que podía atacar, o llamar a sus parecidos si la
amenaza era más imponente. Pero no tenía parecidos. Se acercó más, porque su
voz no era muy potente y no quería que así se notara. Su oído era muy fino, y
no necesitaría acercarse al intruso por su agudo sentido, pero sí por su débil
voz.
–¿Puedo saber, si es que
hablar es de tu hacer? –Preguntó para no tener que presentarse, la marmota, con
voz, al menos voz, de hembra.
–Vengo de arriba. Hice un
túnel, y entré a este lugar. Espero no ser inoportuno, no soy una amenaza,
porque ni siquiera me alimento de lo que aquí vive. Espero mi estancia sea sólo
un tránsito breve para el que te pido autorización y piedad, pues fue la huída
lo que me trajo aquí por accidente.- La marmota no creyó, pues para ella no
había más arriba que su negro cielo que formaba una baja y no demasiado amplia
bóveda. La tierra era clara, tan clara que de ella comenzó a verse cómo
brotaban de ella otros seres: un zorro-castor, un topo-ardilla, una
rata-lombriz, una musaraña-lagarto, una garduña-tejón, una
Chinchilla-escarabajo, una tortuga-pastel y cuanta combinación y forma pueda
ser imaginada, porque esta breve lista fue sólo un ejercicio del salmón, que en
otro minuto pudo hacer combinaciones distintas, según la dirección de su mirada
y según los animales que hubieran brotado de la tierra. Sólo pocas cosas en
común tenían todas estas especies: voz queda, buen oído, vista monocromática
(el salmón era plateado, por lo que no requería de la policromía), pero nada de
eso el salmón entendía, porque no se hablaba de color, y el salmón no se quería
adentrar en más que una indispensable comunicación con marmota–hurón. Al ver a
todos los habitantes desmimetizarse de la tierra blanca, el salmón mantuvo la
calma y la postura, en son de saludo miró a todos los que pudo pacíficamente
–de ahí el rápido inventario de especies combinadas–, y regresó su vista a su
interlocutor, de quien rogó porque fuera representante digno, y agradeció que
no lo fuera la rata-lombriz.
–Inoportuno sí, extraño
ser. Y es lo único que en ti podemos ver. De lo que no, no podemos saber.
Difícil es, que tu hambre te haga decir si mentiste o si no tenías opción.
Nosotros esperamos contigo que tu estancia sea breve. Y por la huída, nuestra
comprensión. Pero también nuestra preocupación. Ninguna huida llega sin razón.
Es tu versión. La desconfianza nuestra opción. –Todos los organismos miraban al
salmón como si fueran una sola voz.
–No se preocupen. Trataré
de encontrar una solución a mi problema y regresar por donde vine cuando sepa
que no hay más peligro. –Dijo el salmón de edad indescifrable hasta para él
mismo, y de sentido del tiempo tan lóbrego como el sitio en el que se
encontraba. Si dejaba justo que su hambre marcara el tiempo de su estancia
podría tener un punto de referencia, el asunto era que ese maná negro de su
entrada le había dado de comer y de beber al salmón en su trayecto, que por
cierto, tampoco tenía mucho sentido de lo que era su alimento. Su tono más que
sus palabras pareció calmar a los habitantes de la tierra alrededor de la
laguna estigia, lo que comprobó cuando tuvieron a bien regresar a su mimetismo
con la cal ceniza.
El calor del lugar era
insoportable; la laguna espesa y humeante era plateada. Cuando se dio cuenta,
parecía por su tono argento que esas aguas lo habían escupido hacia la
superficie, eso explicaba la desconfianza de los lugareños, si a eso se le
podía llamar lugar. El salmón de cuerpo humano comenzó a andar, su andar tenía
que ser precavido. No podía apresurarse, para mostrar que no tenía un rumbo. No
podía dudar, para no demostrar su temor. La marmota giró en la dirección que él
andaba, la pudo ver con su vista de pez, que abarcaba más que la de un ser
humano y era, en cierta forma, una ventaja; lo miró alejarse y desapareció para
reaparecer en un sitio lejano, apenas visible frente a él. Con esto le decía
que lo esperaba, que lo vigilaba y que podía hacer lo que fuera para dar por
terminada su molestia.
La coneja llegó a donde la
laguna estigia por un túnel de tierra que más tarde se volvió lodo y después
una volátil materia, agradable para los sentidos, aún siendo su tacto formado
por uñas y pelaje. Entró en ese lugar desconocido que era de tránsito para su
destino, pero que ofrecía una atmósfera bella. Frente a ella, en un segundo, y
sin advertir de donde provenían, se aposentaron varios seres, seguro únicos en
su genealogía, y sin ascendencia ni descendencia definidas, que le ofrecían
diversión tan sólo a la vista. Quizá los simpáticos seres se defenderían, o
quizá sólo convivirían. Lo que ella quería era que le permitieran el paso para
continuar a su destino.
–¿Y tú también vendrás de
huir a aquí? –Dijo a modo de saludo la marmota-hurón a la coneja, quien no
podría negar que se desconcertó por la pregunta y la familiaridad.
–Hola, no. Yo no huyo. Yo
sólo paso por aquí.
–¿Y cuál será tu meta si
podré saber?
–Voy a un paraje que es un
claro de bosque con un árbol joven.
–Difícil es saber sobre
algo así.
–Lo sé. Por eso me ha
guiado el instinto, y a él lo debo seguir. Aseguro que este sitio es de lejos
mi destino. –La coneja jugó a versificar igual que la marmota, aunque por falta
de práctica su verso no ajustaba al decasílabo yámbico. Esperaba que no lo tomara
como burla, sino como una gana por simpatizar, por mimetizarse sólo un poco en
ese mundo donde todos se mimetizaban con la tierra y todos eran diferentes
entre sí.– Si para ustedes no está mal,
seguiré con el afán de no molestar y de lograr que se hayan olvidado de mí
mañana cuando dé esta hora.
–Que es hora ni mañana no
lo sé. Entiendo que quedarte no es tu fin. Con eso es suficiente extraño ser.
–Otra pregunta sólo quiero
hacer. Y como despedida puede ser. ¿A quién te referiste con “también”, en “tú
también vendrás de huir a aquí”?– La mímesis llegaba para la coneja al fin.
–No es nada importante pero
sí: un ser mezcla de pez y no sé qué, muy poco agraciado he de decir, con miedo
que nos da seguridad, que sólo brevemente estará acá. Al verlo andar o acaso
nadar, no habrá nada que te haga recordar–
La marmota dijo estas últimas palabras con una reverencia final, a modo
de despedida para la eternidad. La coneja pensó en esa descripción, y la guardó
para no sorprenderse en caso de encontrarse con aquel ser.
El salmón plateado caminaba
sin huir, pero también sin rumbo definido, nada que pudiera levantar sospechas
y provocarle ser expulsado de aquel sitio. A su paso brotaban de la tierra
animales de todo tipo, sería ocioso definirlos, más fácil describirlos como él
los veía: hostiles y defensivos. Justo a la mitad de aquel sitio, de cielo
oscuro, terreno blanco y plateados lago y rías, había un terreno único, una
pequeña planicie con un joven árbol que los habitantes negaban, o no habían
visto. El pez llegó a una distancia de la que se veía ese lugar para el que
parecía que las aguas plateadas encontraban la razón de su fluir, si es que
fluían, y lo iluminaban con su reflejo como si estuvieran inclinadas hacia él.
El lugar le atrajo sin modo de resistir. Quería sumergirse para llegar al claro
más claro de toda esa zona estigial. Miró bien y se dio cuenta que algo había
junto al árbol. Un objeto, un instrumento, un acordeón cilíndrico, con pocos
botones, de hecho sólo tres, un acordeón verde y morado, que descansaba como si
alguien lo hubiera dejado ahí abandonado, de forma intempestiva y sorpresiva.
La mirada del salmón no se pudo despegar del aparato, y más le fue urgente
encontrar cómo cruzar la espesa, densa y caliente agua, si agua se le podía
llamar. Y con su mirada y ese instrumento salieron más seres como si estuvieran
hechos de esa tierra. Celosos, expectantes, no se sabía si amenazantes. Y el
pez se arrojó hacia ese plateado líquido, arriesgando su destierro (si tierra
se le podía llamar a ese lugar), o cuando más, su propia vida si es que ese
líquido era algo sagrado que él estuviera traspasando con su plateado cuerpo,
porque al entrar al agua el salmón recuperó lo que antes era. Nadó, sin ver,
sin saber, sólo dirigiéndose a donde estaba ese remanso de luz, paz,
aislamiento y creación. Al topar con la isleta mínima aquella, imaginó salir y
ver su última visión antes de pagar por su traspaso, pero no fue así. Logró
trepar, cambiar de forma y llegar a ese acordeón, lo tomó, era más pequeño de
lo que de lejos de veía, y lo tocó, y descubrió que podía tocar notas
armoniosas sin que formaran una pieza u obra definida. Era una consecución de
notas, siempre la siguiente conjugándose afortunadamente con la anterior, y
siempre de forma inesperada. Los animales, si animales se les podía llamar, se
conmovieron al oír el aparato, tal vez por las notas que el salmón producía, o
tal vez sólo por volverlo a oír, si es que ya lo habían oído sonar alguna vez.
La laguna, la tierra y toda su bóveda se llenaron con esas notas de música
abstracta, colorida y conmocionante. Los seres brotaron uno a uno de su tierra
caliza y blanca, todos en un breve espacio de tiempo, y excitados comenzaron a
cantar, y acompañaban la música y la adornaban, y se anticipaban o se atrasaban
convirtiendo a la pieza, si así se le podía llamar, en una fuga tan
delirante como bella, tan improvisada
como conocida, tan saturante como colorida. La coneja, que ya buscaba una
salida del lugar, oyó el concierto, y buscó explicarse cuál de los insólitos seres
de aquel lugar podría producir una música así, y se acercó siguiendo el rastro
de las notas orquestales delirantes pero armónicas, y lo hizo con trabajos
porque todo el sitio estaba lleno de ellas. Caminó con pies humanos, cuerpo
humano y llegó a ver lo que tanto había buscado: su árbol y su paraje, dentro
de ese lugar de locura. Era ahí, no cabía duda, pero seguro por una ilusión, o
una trampa, porque de ninguna forma su terreno pertenecía a esa zona entre la
vida y la nada. A la contrariedad de ver a su árbol y su pasto se sumó la
impresión de ver a un pez, un salmón, sin color de salmón, con cuerpo humano
accionar aquellas notas. “¿Será esto una broma cruel? ¿Algo tengo yo que hacer?
¿Es para matarme y devorarme mostrarme a este ser? La coneja se descubrió
versificando y pensó que eso con suerte se le quitaría después.
La música y los cantos
traspasaron sus paredes de lodo suave, espeso y duro, hasta llegar a donde
estaban el gato y el halcón, que atraídos por el desconocido ruido le siguieron
la proveniencia y descubrieron el túnel.
El salmón tocaba en trance,
podía seguir así por mucho o por siempre, hasta que vio a la coneja, y entonces
paró ante la decepción de los seres habitantes del lugar, quienes quedaron
inmóviles pero atentos, pues algo único se sentía aproximarse. La coneja y el
salmón sintieron lo que era verse, toda sospecha en ella se disipó y dio su
lugar a una esperanza antes no vivida que le hizo ver que ese terreno
finalmente era sólo eso, el escenario de algo que tenía que pasar. La emoción y
el pensamiento entreverados se disiparon cuando la coneja vio llegar a un
halcón que de inmediato revoloteó el paraje en círculos proyectando una sombra
gris en el pasto blanco, el agua blanca y la arena blanca, y en el plateado
salmón, que enseguida pasó al pavor. Casi al mismo tiempo llegó un gato a pocos
metros de la coneja. El gato no notó su presencia, a pesar de que el salmón la
había mirado hasta hacía un segundo. Su avidez por atacar al pez era demasiada
como para mirar lo que estuviera alrededor. Los animales del lugar no se
atrevieron a salir de su mímesis al notar la prestancia de esos dos para acabar
con lo que se interpusiera entre ellos y el salmón. La coneja se ocultó si
perder de vista al pez. Tanto el gato como el halcón se lanzaron a atacar,
decididos a aprovechar esta nueva oportunidad cuya tardía llegada los tenía más
hambrientos, pues se acumulaba con las tardanzas anteriores. De forma
intempestiva y sorpresiva como seguro el acordeón fue abandonado con
anterioridad, el pez entró hecho pez a aquel líquido semisólido de su mismo
color, como ella se había vuelto conejo al entrar por la tierra. El halcón
sumergió la mitad de su cuerpo en esa agua ardiente y metálica. Algo sintió que
sus uñas arañaron, su esfuerzo lo hizo soltar el mayor grito que ni si quiera
imaginaba soltar. El gato se lanzó lo más horizontal posible para apoyarse del
propio líquido andando sobre él sin sumergirse y poder llegar al salmón, pero
éste se hundió casi nada antes de alcanzar al salmón y apenas logró, nadando,
llegar a la isleta. Ambos animales lograron con trabajos quedar en aquella
superficie, desesperados, confundidos y frustrados. Al sentirse expuestos, los
seres del submundo se replegaron y con ello, se mimetizaron, como era su hábito
de habitantes de aquel sitio.
La coneja esperó un rato a
ver si de la plateada y espesa agua el pez, que era un salmón, brotaba. Pero
ello no ocurrió. A momentos los animales intentaban resurgir de la tierra, pero
volvían al camuflaje. Sólo el halcón y el gato se mantenían ahí, a la espera,
al acecho. La atención de todo individuo estaba en su centro. Horas pasaron
para todos, aunque los lugareños no conocían las horas. No se podía distinguir
lo que ahí se comía, pues fuera del árbol no había plantas ni aves, ni animales
pequeños. (El secreto era que los animales se alimentaban de su propia tierra,
sin placer, sin hambre, por eso su apatía y también su recelo para defenderla.)
La coneja sintió un impulso por ir hacia su prado que no era su prado y comer
de ese pasto. Sólo tenía el impulso, pues si se movía quedaría a expensas de
los dos depredadores que convirtieron su acecho en pendiente espera. Horas
difíciles de hambre, sed e inmovilidad siguieron. Sin distraer su atención el
gato limpió sus patas y su panza de esa agua que parecía pintura. El halcón
hizo lo mismo con sus plumas. Si el pez volvía a emerger se ensuciarían otra
vez, pero era su deber de especies limpiarse. La coneja estaba cansada de su
estancia ahí, tensa, oculta. La espera de todos se convirtió en desespera. El
hambre no dejaba ya ni pensar, aun cuando ella había comido de ese maná espeso
que la había recibido en su pasaje hacia esta tierra. De pronto y sin ningún
aviso, el gato y el halcón comenzaron a acecharse entre sí, cada uno ensayando
un ataque, el halcón aprovechando sus alas para elevarse y descender atacando,
y el gato haciéndolo ver lento con sus garras afuera, listas para traspasar la
piel del ave; el ave esperando una torpeza del gato para prenderlo del lomo, y
eso fue lo que ocurrió. El halcón era apenas mayor en tamaño que el gato, pero
eso no era impedimento para darse un festín de él. Después de varios revoloteos
y embates, el halcón hizo marear y tropezar al gato, lo alzó de la piel del
lomo como alta era la bóveda mientras éste luchaba pataleando, torciéndose en
el aire, y luego lo soltó. Todos los animales brotaron de la tierra ante la
impresión de ver los hechos, y de inmediato se retrajeron, a esperar el
desenlace para ese episodio de ajeno entendimiento del compañerismo. El halcón
descendió por su presa para llevársela al fin, y levantó el vuelo con ella
inerte, aunque en su salida detectó a la coneja acostada, mirándolo espantada
tras un montículo de tierra blanca de ésa que él no quería ya ver. El halcón
revoloteó dudando, calculando, pensando que un conejo era mucho más apetitoso
que un gato, miró los ojos espantados de la coneja que le atraían más cada que
lo dudaba, quiso soltar al gato por segunda vez, pero finalmente decidió salir
por donde llegó con su presa ya cazada, y dejar abierta la posibilidad de
volver por el nuevo manjar.
En el fondo de la plateada
laguna todo era negro, o así se veía. Los ojos y los oídos del salmón estaban
sellados y sólo eran su respiración y los latidos de su corazón las funciones
vitales perceptibles. Ahí abajo, en lo profundo, no había nada que percibir, ni
de qué alimentarse, ni de qué huir, ni qué esperar. Días transcurrieron con el
salmón sumergido en ese líquido que pasó de ser la salvación a convertirse a un
pacífico remanso propicio para sus pensamientos. Se hundió en ellos, lloró sin
que las lágrimas pudieran salir de sus ojos plateados que veían negro; se
consoló, se perdonó y reposó. Entre el trance y el miedo, antes de entrar al
agua, él había visto a la coneja mirarlo y se dio cuenta que la música
improvisada, el viaje, la persecución, la transformación, todo, tenían sentido.
Y ahora era libre no sólo de sus persecutores, de quienes ya no estarían afuera
cuando saliera de esa agua espesa y opaca, sino también de sus propias ideas.
La coneja salió del
estigial sitio por la misma ruta donde entró. Nadie le indicó el camino de
salida. Nadie la despidió. Los indescifrables simplemente surgían de la tierra
para que los viera por última vez, a modo de despedida. Tenía certeza de que su
recorrido de regreso era el correcto, y al salir como entró se volvió a
engullir ese maná negro que era comida y bebida a la vez. Quizá los seres de
allá atrás, allá adentro, allá abajo, se alimentaban de su propia tierra, no lo
quería saber, sólo hizo esa breve conjetura ociosa mientras comía y salía. No
se preguntó cómo se reproducían, ni en qué les pasaba cuando morían. Tampoco
recordó más al halcón después de salir, ni supo que aquél se resguardaba cerca
de donde ella vivía. Y varios metros lejos de aquel pasaje de donde la coneja
había salido, ésta pisó esqueleto del gato a su paso, pero la tierra lo había
cubierto y no se dio cuenta de ello. Además ella ya iba pensando en cómo ese
salmón era lo que sin saber había buscado desde el día de la tormenta, quizá
antes, y veía que lo quería, con su música que hizo llenar la bóveda –aún sin
su música–, pero la música estaba bien. Ella, que a diferencia de los seres que
había dejado atrás sí conocía del tiempo, sabía que ese día era 10 de junio. El
salmón, como lo recordaba, se notaba atribulado y perseguido, pero después de
un tiempo se aclararía, en aquella oscuridad, hoy o en diez años. Y pensó, por
el contacto que hicieron, en que aquel salmón era el ser perfecto para sólo
estar. Caminó, y caminó más, y se dio cuenta de que caminaba con dos pies, y se
miró las manos, y le gustaba el color del que se había pintado las uñas antes
de salir a aquella búsqueda que le dio otra respuesta diferente de la buscada,
y volteó al frente y miró al humano, que la esperaba, más viejo, con los brazos
abiertos.
Y la coneja no tendría más aspecto de coneja. Un día palpó buscando sus
orejas y sintió sólo aire, y tocó su rostro y era un rostro humano. Y se miró
al espejo y fue lo que vio. Sus orejas humanas no le gustaban mucho, y las tapó
con su cabello rizado, porque ahora tenía cabello. Pero sus orejas se alcanzaban
a asomar, como en homenaje a su forma anterior. Y esperaba al salmón, que tal
vez ya no sería más un pez, o quizá sí, porque no le importaba si llegaría con
su temor y su carga ancestral, ni le importaba que fuera este 10 de junio o en
otro, diez años después.
sábado, 5 de julio de 2014
domingo, 16 de septiembre de 2012
Moonlight Serenade
Jenny llegó para estar 4 meses en la Ciudad de México, pero casi llevaba dos años y la permanente indecisión sobre volver a Syracuse o quedarse en esta ciudad que nunca pensó la asombraría, encantaría, conmovería como ninguna otra. La visión del extranjero, le decían algunos amigos mexicanos. Jenny tenía la comodidad de un ingreso proveniente de su país y sobre todo la de una belleza estándar, que para el estándar mexicano era mucha. No quería distinguirse, no se sentía incluso bonita, pero a fuerza de escucharlo en México, había cedido a la idea, sin intención de sacar provecho. Su cabello castaño con toques dorados era siempre llamativo a la atención, en cualquier plática, en cualquier microbús, con gente de cualquier lugar, tipo, cercanía de relación… o extracción. Ella veía a los mexicanos todos iguales, no por ese racismo generalizante, sino porque sus reacciones y su tipo de relación, las de todos, artistas, vendedores, amigos o artistas amigos, eran iguales: siempre midiéndose con ella y con su país, de forma amena, juguetona o recelosa. Esto era algo que ella ya había asumido.
Jenny llegó a vivir al edificio Basurto, en la Colonia Condesa. El hecho en principio no le fue relevante, pero conforme pasaron las semanas se fue dando cuenta de que era un lugar con personalidad única, y que incluso tenía una actitud de acogida y protección para con ella. Sus compañeras de piso cuando llegó eran americanas también: Maria y Helen, pero Helen tenía un año de haberse ido, y Maria tan solo estuvo ahí seis o siete meses, por lo que los gastos de renta y servicios se habían vuelto altos desde hacía un año. Jenny pudo conseguir un par de empleos free lance y siguió estudiando sin pesar alguno, pero el departamento jamás había tenido un solo inquilino en años, eso le dijo Raúl, el vecino del piso de abajo que un día se atrevió a hablarle para preguntarle si todo estaba bien en aquel piso, y para ponerse a sus órdenes. Raúl tenía dos perros afganos y era el vecino con quien más se topaba, pues los sacaba seguido a pasear. Nunca las pláticas fueron más allá del comentario de lo inmediato y ella no tuvo motivación suficiente para preguntarle a qué se dedicaba, no que de pronto no tuviera cierta curiosidad, pero no tenía interés a llegar mucho más allá de la conversación sobre el clima o el tráfico que azota a la Condesa por tantos restaurantes y bares, un tema del que cada uno de los vecinos hablaba con las mismas palabras a la menor provocación, o sin ella. En fin, el hecho de tener dos perros afganos y algo en la presencia de Raúl le pedía no arriesgar a preguntar o comentar nada más allá de lo público con él.
En este tiempo Jenny comenzó a tener una extraña sensación, pensaba que el edificio comenzaba a ejercer cierto poder en ella, un poder que excedía sus “atribuciones”, pues estando ahí, en él, sentía que nada le faltaba, su protección y acogida eran casi excesivas. De hecho, el contacto con amigos en su teléfono o en su computadora portátil se daban fuera de casa, esto por una aparente mala señal debida a la sólida construcción del edificio, pero ella, en la simbiosis de la magia que para bien o para mal este país y mucha de su gente admiten, percibía otra razón. Bastaba moverse al restaurante italiano de inmediatamente a la vuelta para que se topara con amigos y conocidos, de frente o por internet.
Una mañana Jenny hizo su acostumbrada caminata y su ritual cotidiano de ir por un café y llevárselo al puesto de tacos de Chema. Los tacos, de guisado, eran para Jenny mejor que cualquier curry, asado, estofado, guiso o pasta. Algo tenía la combinación del momento que lo prefería a ningún evento social: la hora, el olor, los tacos, los guisos, el local, la música… y Chema. Chema, pues, era un hombre moreno, de humor seco, de cabello negro envaselinado, robusto, diestro con los instrumentos de cocina, sobraría decirlo, pero aquí lo que pasaba era que era demasiado diestro, o, más precisamente, sobrado. Su apariencia era pulcra, su vestir sobrio, neutro, casi siempre con camisa de manga corta o camiseta negras, un pantalón negro y zapatos también negros. 53 años. Serio pero cabrón y con sus momentos amistosos y alegres. Chema tenía una grabadora con casetera y por alguna razón, a esta hora siempre escuchaba a Glen Miller y música de esta época, pero sobre todo a Miller. Cuando se acababa la cinta (esto ya no lo sabía Jenny), quedaba un espacio de silencio de casi dos horas y, antes de mediodía, Chema se daba cuenta de que hacía falta un fondo musical a la atmósfera del lugar, entonces encendía el radio y servía los últimos tacos del día, los del almuerzo, esto para cerrar e iniciar por las tardes su otra labor, que era la de matón. Definitivamente matar era lo que a Chema le representaba más ingresos, pero no era su pasión ni su gusto, ni los altos ingresos lo eran. Su gusto era cocinar. En ambas tareas sus herramientas eran prácticamente las mismas, o más bien, técnicamente, porque no las mezclaba, y el alarde en su uso al cortar la carne y distribuirla para hacer sus tacos era sólo para este fin, en su tarea vespertina era sobrio, económico, diestro y eficaz. La diferencia de estilos de trabajo era inconsciente, o lo había sido por años, luego se percató de ella y hasta le gustó el hecho. Sus trinches y cuchillos eran sus instrumentos artísticos de trabajo: la destreza una extensión visible de su masculinidad. Algo sentía que transmitía en su uso cuando preparaba comida para la gente, y que era parte de su gusto por ir a su puesto, incluso una época tuvo un caset con óperas, grandes hits, Pucini, Mozart, Ravel, pero un día se atoró la cinta y le molestó sobremanera que la parte maltratada salía en el climax de Habanera, en Carmen, por cierto, el único movimiento que venía en el caset. Cinco años habían pasado de esto, el caset había sido un regalo y sus ocupaciones no le permitían ir al centro comercial a recuperarlo, y ni en el metro ni en los puestos había esperanza de que lo vendieran. El segundo giro de Chema lo avergonzaba francamente, aunque había encontrado ese mecanismo mental para vivir con él sin hablarlo con nadie, ni siquiera pensarlo, logrando esa división perfecta de quienes llevan doble vida. Chema era divorciado, tenía tres hijos Bernabé, Samantha y Edgar, que pasaban por el puesto por dinero, primero a pie, luego en sus autos, luego casi nunca. Su esposa, Jackelyn (escrito así), estuvo de acuerdo en la separación cuando él se la propuso, pues la monotonía, y la secreta doble vida, eran más fuertes que cualquier impulso romántico o sexual. Para cuando hablaron, Jackelyn ya salía con alguien, pero la misma monotonía vivida con Chema la desmotivó siquiera a confesárselo.
Chema ya había tratado dos o tres veces de dejar el trabajo vespertino sin éxito, esto al querer hablar por la buena con El Grueso Jr., y sin éxito también al simplemente rechazar un encargo suyo. El Grueso Jr. era el hijo de Teodoncio Gaona, El Chango (su mote de chavos) y el Grueso (su mote de profesional). De hecho el Grueso Jr. era para Chema El changuito, incluso aún cuando recién heredó el puesto de jefe a la muerte de su padre. Como era lógico, el aprecio por Leoncio (su nombre de pila, elegido para que al menos se pareciera a Teodoncio, pero más italiano, según ellos más decente), cambió por sumisión rencorosa cuando éste le aseguró que él le debía trabajar con toda lealtad, de por vida y sin objeción, por agradecimiento a su padre, y porque ahora él era el mero chingón.
Jenny tenía mucho qué hacer entre la universidad, los trabajos free lance y la exigente vida social que cualquier estudiante internacional de intercambio tiene, pero algo tenía el momento de desayunar que hacía que valiera la pena el resto de su día. Después de varias semanas de ir a desayunar al puesto de Chema y aprovechando un momento –raro– en que quedó sola con él, comenzó a hablarle, con su acento americanizado-achilangado. –¿Cómo le hace? –¿Para qué? –contestó Chema sorprendido por escuchar a la güerita hablarle por primera vez de algo que no fuera la comida. –Para que le queden siempre tan ricos sus tacos. –¡Aah, pues es el amor, güerita! Puritito amor al arte. –contestó Chema esmerado, pero pensando en que al fin y al cabo el tema era el mismo. Jenny se había acostumbrado al uso de diminutivos en México, sobre todo en lo que rodeaba al tema de la comida, y sabía que este detalle era un toque de delicadeza de parte de los que preparan y venden de comer y quieren ser amables con sus clientes, queriendo hacer, de paso, la comida más apetitosa. A fuerza de ir y de sacar más plática de Chema –a diferencia de sus vecinos– Jenny sacaba plática de cualquier pretexto, hasta de los saleros, ella quería que esa distancia que dan los diminutivos al hablar fuera desapareciendo de Chema. Cuando se percató de este objetivo, Jenny se dio cuenta de que había algo más que le atraía de ese puesto callejero con música de Glenn Miller, aparte del sabor y la atmósfera. Tres mujeres rodeaban al alcohólico Brian, dos de ellas, sus hijas Jenny y Ronna. Él juraba que las cuidaría de todo y de todos, pero en su juramento faltaba incluirse a él mismo. Victoria, su madre, había ocultado estoicamente la violencia psicológica de que era objeto día con día, noche con noche, sobre todo para sus hijas, a veces tapando las discusiones con música, subiéndole el volumen al disco que Brian tocaba casi cada noche, uno de Glenn Miller. Pero la violencia, la urgencia de prevalecer, de dominar incluso por encima de la razón de Brian crecieron más que el esfuerzo de discreción de Victoria, y cuando sus hijas tenían, 17 y 15 años, y la violencia se convirtió en agresión sexual. Victoria pidió apoyo a su hermano, quien las rescató amenazando de muerte a Brian. Chema quería pedir a su clienta predilecta dejar de ir, o espaciar sus visitas, pues sabía que tantos tacos no eran buenos para su figura y su salud. Dos fuerzas evitaron que le pidiera eso, la primera, que quería seguirla viendo. La segunda, que arruinaría su negocio si a alguien le decía que ir ahí seguido era insalubre. Por ello, optó por buscar recetas más saludables. -Hoy tengo pechuga con este queso que me recomendaron que se llama feta, Güerita. Todo iba bien para Jenny en esta frase sin diminutivos hasta que legó la última palabra. –¿Y eso es mexicano? Le preguntó. -Pues si lo venden en México, ¡es mexicano! Respondió Chema, convenciéndose de que la obsesión de Jenny era el tipo de comida y no el gusto por verlo. El placer en la cara de Jenny al comer convenció al complacido Chema de seguir explorando nuevas recetas, para cada día. Muchos de los clientes se extrañaron con el viraje repentino del negocio de Chema, y muchas veces justo lo que sobraba en la comida era la exploración propositiva del día. Jenny no se percataba de esto, pues su temprana visita le dejaba ver el menú completo y recién guisado. De hecho, con la intención de lograr más momentos sola con Chema y verlo trabajar, Jenny comenzó a llegar más temprano a verlo. Desayunar era un pretexto, un aderezo, en todo caso. Chema lo percibió y decidió expresarlo. –Güerita, le preparé estas lentejas con epazote y plátano frito. –Me llamo Jenny –contestó la rubia enredando un rulo con su índice, en esa parte aura, que toda la gente miraba, y que ahora Chema percibía que podía ser tocada por él pronto.- ¿A qué hora cocinas? –preguntó ahora, queriendo comenzar a abundar en la vida personal del cocinero. -Por la noche –afirmó Chema convencido de decir la verdad.- Aunque estas lentejas son de las 6 30 de la mañana, más o menos. -Le dedicas todo el día a esto. Le dijo Jenny con una gramática mejor que la de Chema, quien no se percató de su fina construcción. -Todo el día, toda la vida. Se contestó Chema, estirando la verdad a su conveniencia. -¿Y se podría que hicieras una excepción una tarde? –Jenny pensó su frase hasta después de decirla, el deseo se le adelantó a tal grado que se sintió excitada. Una pausa, una mirada de Chema a los ojos de Jenny, su emoción le recordó su adolescencia, trató de no tardarse en responder para no incomodar a Jenny con un silencio más largo de lo debido, pero la emoción era… excitante. -Claro que sí. Para ti sí. –Chema se dio cuenta de que ocultarse una doble vida era un engaño, que todo este tiempo no lo había logrado, simplemente no había sido necesario. Ahora hablaba con esta güera gringa bonita y su circunstancia le salía a flote y le pesaba y su deseo era más fuerte que la intención de seguir con su giro oculto. A sus 53 años, Chema había pensado que enamorarse era sentimiento pretérito e irrenovable, si acaso lo llegó a pensar. Ahora sabía por qué quería prepararle platillos especiales a su clienta frecuente de medidas no espectaculares, pero sí adorables. El momento y la vida tomaban un sentido. La cita quedó acordada para el viernes, el día siguiente, por la noche, en casa de Jenny. Chema le pidió a Jenny no ir por la mañana siguiente porque iba a hacer los preparativos para llevarle una cena especial. Jenny le dijo que ella se encargaba de la música, Chema le pidió sólo una cosa, ópera. Jenny lo miró primero con sorpresa, luego entendió que sí podía se de Chema pedir algo así. -¿Algo en especial? -Verdi, Mozart, Puccini, Bizet, lo que quieras. –contestó Chema acordándose del orden de los nombres como venían en el caset, pero sin intentar sorprender. -¡Muy bien! –dijo sorprendida Jenny, pensando también en Moonlight Serenade y en Glenn Miller y en esa noche para la que se interponían sólo el resto de ese día con su noche y la luz del sol siguiente, y en cómo toda esa música, la ópera y el big band jazz tomarían un nuevo significado después de ella, justo cuando llegó un cliente nuevo a pedir dos tacos de bistec con arroz y huevo. Jenny incómoda escribió su dirección, su número de teléfono y esa parte mágica de una hoja con este tipo de datos: la hora. Chema, atento a su fino corte del bistek y a los movimientos de Jenny, se percató perfecto de cómo ponía el pedazo de papel en el plato, entre la servilleta doblada y sin usar. Cuando se lo entregó a Chema, Jenny se fue sin mirarlo dio las gracias y Chema puso el plato en un lugar aparte de los platos usados y puso la servilleta debajo de su canasta con cambio. Al arrancar a caminar, Jenny se percató de su grado de excitación, que acalló con la idea de lo que pasaría el viernes en la noche. El día se fue para Chema como en ensueño, salvo los momentos en que pensaba cómo se iba a deshacer de El changuito, o, para hacérselo más fácil, de El Grueso Jr. Sabía perfecto que por las mañanas éste se iba al club a cuidar su “Mirreytud” y su “metrosexualidad”, sin importarle la noche de alcohol, mujeres y drogas que antecediera su temprana mañana, y sin importarle el antecedente de la muerte de su padre, de un ataque fulminante al corazón. Chema sabía que algo así le llegaría, y que era cuestión de esperar, uno, cinco o diez años, pero ahora tenía una urgencia y un plan emergente que cumplir, uno que había urdido ya bien desde hace tiempo, pero que nunca pensó que tendría que concretar. Desde casa de El Polarys se dominaba la casa de El Grueso Jr. Ellos eran brothers desde la secundaria, y la bonanza del negocio les había llegado en paralelo, mejor dicho, juntos, pues eran socios, al grado de que compraron casa en la Narvarte. La lealtad obligada les había obligado a limar asperezas una y otra vez, pero Chema sabía que, si algo le pasaba a El Grueso Jr. El Polarys saldría beneficiado tarde o temprano, y el hecho de que un disparo saliera directo de su casa, como fácilmente lo deducirían los peritos, El Polarys sería absuelto por comprobarse su inocencia o por la vía fácil y rápida de una buena aportación económica que sirviera como rescate. La aportación en último y peor de los casos, sería hecha por Chema, quien tenía mucho dinero ocioso del que no quería saber, ni usar ni siquiera para caridad, y del que hasta podría disponer para compensar las molestias a El Polarys, a toro pasado, claro. La parte más clara y cercana era el gimnasio de la casa de El Grueso Jr., donde él se encontraba de las 7 a las 8 y media de la mañana, pasara lo que pasara, sábados, domingos y días festivos, a menos que éste no estuviera en la ciudad. La disciplina y el afán de mantenerse como él visualizaba a un líder le daban esa obligada presencia, que El Polarys le había confiado un día cualquiera en que Chema se había quedado con él después de una chamba que les llevó hasta la mañana. Ahí estaba El Grueso Jr. aquél día, visto desde uno de los baños de El Polarys: la borrosa pero inconfundible silueta de El Grueso Jr. cerca de su ventana, haciendo caminata a dos metros del vidrio opaco que suplia cortinas o persianas, su peinado cuidado hasta para hacer ejercicio, su actitud, su corpulencia respetada hasta por la banda de la caminadora. Cuando El Polarys abrió la puerta ese viernes en que Chema llegó desvelado, fingiendo haber tenido noche larga de trabajo, no se acordó de aquél otro día, pues hacían de él tres años, incluso ni siquiera recordaba que Chema hubiera estado en su casa, lo que le causó sorpresa, que pasó a la extrañeza y la sospecha. Un café. Una plática rápida, un agradecimiento por dejarlo pasar una petición de ir al baño antes de irse. El Polarys sospechó de que Chema insistiera en pasar al baño de la planta alta y no al de las visitas. El Polarys pensó que debió catear a Chema antes de entrar a su casa, como era la norma, pero pensó que era poco táctil catear a un amigo de su socio y también que era obvio, si venía de una chamba, estaría armado. Esto era una parte del plan de Chema que salió bien, incluso había pensado ofrecer su propio cateo, generando exceso de confianza en El Polarys, pero el saludo fue tan cercano cuando se vieron que no hizo falta. La escuadra con silenciador estuvo lista en un tiempo razonable, a pesar del temblor en las manos experimentadas con cuchillos y espadas, todo debía estar listo en un lapso equivalente al de una vergonzosa defecación (que debía ocurrir como cohartada momentánea). La silueta de El Grueso Jr. estaba donde en su plan de 3 años Chema había visualizado, su timing había sido perfecto. La mano temblorosa estaba lista para ejecutar el disparo vengador de mucha gente sometida, de la que él era ahora el más importante. Un disparo sordo se dejó escuchar, pero no fue de Chema, fue un segundo antes de su decisión de disparar, y contra él.
Por la noche Jennie vestía jeans y alpargatas, una blusa de escote que dejaba ver una parte de su pecho que nunca hubiera dejado ver por las mañanas. Era un escote discreto, aún así, pero era una afirmación suficiente para Chema, una afirmación que acompañaba a todo lo que había quedado claro. Recordaba su expresión cuando dijo “¿Y se podría que hicieras una excepción una tarde?”. Esa expresión de obvio deseo de la que no se arrepentía pero que le hacía dudar ante la tardanza de Chema. La premura del tiempo le había obligado a encontrar en el MixUp del centro comercial a tres cuadras de su departamento un CD con éxitos operísticos que tenía justo a los compositores que Chema había enunciado, casi estaba segura que estaban en la portada en el mismo orden. La tarta de queso y zarzamora descansaba en la mesa, sobria pero encantadora, con luz a la mitad. Su timing le había propuesto que Glenn Miller comenzara a escucharse a las 11 de la noche. Su estéreo ya había tocado String of Pearls y Tuxedo Junction. Iniciaba su favorita, Moonlight Serenade. Jenny resignada asomó hacia el parque México con una luna total, entristecedora, que humillante iluminaba su noche solitaria. En el piso de abajo, Raúl alcanzaba a escuchar la música. Era justo la noche en que pensaba subir a tocar la puerta de Jenny con cualquier tonto pretexto inmediato. La música lo confundió, le quitó la decisión de subir, pero no el deseo. Desde la calle se veía, en el edificio Basurto, el 8º piso con la luz encendida... y se oía apenas Monlight Serenade, como si fuera un pequeño radio.
Una mañana Jenny hizo su acostumbrada caminata y su ritual cotidiano de ir por un café y llevárselo al puesto de tacos de Chema. Los tacos, de guisado, eran para Jenny mejor que cualquier curry, asado, estofado, guiso o pasta. Algo tenía la combinación del momento que lo prefería a ningún evento social: la hora, el olor, los tacos, los guisos, el local, la música… y Chema. Chema, pues, era un hombre moreno, de humor seco, de cabello negro envaselinado, robusto, diestro con los instrumentos de cocina, sobraría decirlo, pero aquí lo que pasaba era que era demasiado diestro, o, más precisamente, sobrado. Su apariencia era pulcra, su vestir sobrio, neutro, casi siempre con camisa de manga corta o camiseta negras, un pantalón negro y zapatos también negros. 53 años. Serio pero cabrón y con sus momentos amistosos y alegres. Chema tenía una grabadora con casetera y por alguna razón, a esta hora siempre escuchaba a Glen Miller y música de esta época, pero sobre todo a Miller. Cuando se acababa la cinta (esto ya no lo sabía Jenny), quedaba un espacio de silencio de casi dos horas y, antes de mediodía, Chema se daba cuenta de que hacía falta un fondo musical a la atmósfera del lugar, entonces encendía el radio y servía los últimos tacos del día, los del almuerzo, esto para cerrar e iniciar por las tardes su otra labor, que era la de matón. Definitivamente matar era lo que a Chema le representaba más ingresos, pero no era su pasión ni su gusto, ni los altos ingresos lo eran. Su gusto era cocinar. En ambas tareas sus herramientas eran prácticamente las mismas, o más bien, técnicamente, porque no las mezclaba, y el alarde en su uso al cortar la carne y distribuirla para hacer sus tacos era sólo para este fin, en su tarea vespertina era sobrio, económico, diestro y eficaz. La diferencia de estilos de trabajo era inconsciente, o lo había sido por años, luego se percató de ella y hasta le gustó el hecho. Sus trinches y cuchillos eran sus instrumentos artísticos de trabajo: la destreza una extensión visible de su masculinidad. Algo sentía que transmitía en su uso cuando preparaba comida para la gente, y que era parte de su gusto por ir a su puesto, incluso una época tuvo un caset con óperas, grandes hits, Pucini, Mozart, Ravel, pero un día se atoró la cinta y le molestó sobremanera que la parte maltratada salía en el climax de Habanera, en Carmen, por cierto, el único movimiento que venía en el caset. Cinco años habían pasado de esto, el caset había sido un regalo y sus ocupaciones no le permitían ir al centro comercial a recuperarlo, y ni en el metro ni en los puestos había esperanza de que lo vendieran. El segundo giro de Chema lo avergonzaba francamente, aunque había encontrado ese mecanismo mental para vivir con él sin hablarlo con nadie, ni siquiera pensarlo, logrando esa división perfecta de quienes llevan doble vida. Chema era divorciado, tenía tres hijos Bernabé, Samantha y Edgar, que pasaban por el puesto por dinero, primero a pie, luego en sus autos, luego casi nunca. Su esposa, Jackelyn (escrito así), estuvo de acuerdo en la separación cuando él se la propuso, pues la monotonía, y la secreta doble vida, eran más fuertes que cualquier impulso romántico o sexual. Para cuando hablaron, Jackelyn ya salía con alguien, pero la misma monotonía vivida con Chema la desmotivó siquiera a confesárselo.
Chema ya había tratado dos o tres veces de dejar el trabajo vespertino sin éxito, esto al querer hablar por la buena con El Grueso Jr., y sin éxito también al simplemente rechazar un encargo suyo. El Grueso Jr. era el hijo de Teodoncio Gaona, El Chango (su mote de chavos) y el Grueso (su mote de profesional). De hecho el Grueso Jr. era para Chema El changuito, incluso aún cuando recién heredó el puesto de jefe a la muerte de su padre. Como era lógico, el aprecio por Leoncio (su nombre de pila, elegido para que al menos se pareciera a Teodoncio, pero más italiano, según ellos más decente), cambió por sumisión rencorosa cuando éste le aseguró que él le debía trabajar con toda lealtad, de por vida y sin objeción, por agradecimiento a su padre, y porque ahora él era el mero chingón.
Jenny tenía mucho qué hacer entre la universidad, los trabajos free lance y la exigente vida social que cualquier estudiante internacional de intercambio tiene, pero algo tenía el momento de desayunar que hacía que valiera la pena el resto de su día. Después de varias semanas de ir a desayunar al puesto de Chema y aprovechando un momento –raro– en que quedó sola con él, comenzó a hablarle, con su acento americanizado-achilangado. –¿Cómo le hace? –¿Para qué? –contestó Chema sorprendido por escuchar a la güerita hablarle por primera vez de algo que no fuera la comida. –Para que le queden siempre tan ricos sus tacos. –¡Aah, pues es el amor, güerita! Puritito amor al arte. –contestó Chema esmerado, pero pensando en que al fin y al cabo el tema era el mismo. Jenny se había acostumbrado al uso de diminutivos en México, sobre todo en lo que rodeaba al tema de la comida, y sabía que este detalle era un toque de delicadeza de parte de los que preparan y venden de comer y quieren ser amables con sus clientes, queriendo hacer, de paso, la comida más apetitosa. A fuerza de ir y de sacar más plática de Chema –a diferencia de sus vecinos– Jenny sacaba plática de cualquier pretexto, hasta de los saleros, ella quería que esa distancia que dan los diminutivos al hablar fuera desapareciendo de Chema. Cuando se percató de este objetivo, Jenny se dio cuenta de que había algo más que le atraía de ese puesto callejero con música de Glenn Miller, aparte del sabor y la atmósfera. Tres mujeres rodeaban al alcohólico Brian, dos de ellas, sus hijas Jenny y Ronna. Él juraba que las cuidaría de todo y de todos, pero en su juramento faltaba incluirse a él mismo. Victoria, su madre, había ocultado estoicamente la violencia psicológica de que era objeto día con día, noche con noche, sobre todo para sus hijas, a veces tapando las discusiones con música, subiéndole el volumen al disco que Brian tocaba casi cada noche, uno de Glenn Miller. Pero la violencia, la urgencia de prevalecer, de dominar incluso por encima de la razón de Brian crecieron más que el esfuerzo de discreción de Victoria, y cuando sus hijas tenían, 17 y 15 años, y la violencia se convirtió en agresión sexual. Victoria pidió apoyo a su hermano, quien las rescató amenazando de muerte a Brian. Chema quería pedir a su clienta predilecta dejar de ir, o espaciar sus visitas, pues sabía que tantos tacos no eran buenos para su figura y su salud. Dos fuerzas evitaron que le pidiera eso, la primera, que quería seguirla viendo. La segunda, que arruinaría su negocio si a alguien le decía que ir ahí seguido era insalubre. Por ello, optó por buscar recetas más saludables. -Hoy tengo pechuga con este queso que me recomendaron que se llama feta, Güerita. Todo iba bien para Jenny en esta frase sin diminutivos hasta que legó la última palabra. –¿Y eso es mexicano? Le preguntó. -Pues si lo venden en México, ¡es mexicano! Respondió Chema, convenciéndose de que la obsesión de Jenny era el tipo de comida y no el gusto por verlo. El placer en la cara de Jenny al comer convenció al complacido Chema de seguir explorando nuevas recetas, para cada día. Muchos de los clientes se extrañaron con el viraje repentino del negocio de Chema, y muchas veces justo lo que sobraba en la comida era la exploración propositiva del día. Jenny no se percataba de esto, pues su temprana visita le dejaba ver el menú completo y recién guisado. De hecho, con la intención de lograr más momentos sola con Chema y verlo trabajar, Jenny comenzó a llegar más temprano a verlo. Desayunar era un pretexto, un aderezo, en todo caso. Chema lo percibió y decidió expresarlo. –Güerita, le preparé estas lentejas con epazote y plátano frito. –Me llamo Jenny –contestó la rubia enredando un rulo con su índice, en esa parte aura, que toda la gente miraba, y que ahora Chema percibía que podía ser tocada por él pronto.- ¿A qué hora cocinas? –preguntó ahora, queriendo comenzar a abundar en la vida personal del cocinero. -Por la noche –afirmó Chema convencido de decir la verdad.- Aunque estas lentejas son de las 6 30 de la mañana, más o menos. -Le dedicas todo el día a esto. Le dijo Jenny con una gramática mejor que la de Chema, quien no se percató de su fina construcción. -Todo el día, toda la vida. Se contestó Chema, estirando la verdad a su conveniencia. -¿Y se podría que hicieras una excepción una tarde? –Jenny pensó su frase hasta después de decirla, el deseo se le adelantó a tal grado que se sintió excitada. Una pausa, una mirada de Chema a los ojos de Jenny, su emoción le recordó su adolescencia, trató de no tardarse en responder para no incomodar a Jenny con un silencio más largo de lo debido, pero la emoción era… excitante. -Claro que sí. Para ti sí. –Chema se dio cuenta de que ocultarse una doble vida era un engaño, que todo este tiempo no lo había logrado, simplemente no había sido necesario. Ahora hablaba con esta güera gringa bonita y su circunstancia le salía a flote y le pesaba y su deseo era más fuerte que la intención de seguir con su giro oculto. A sus 53 años, Chema había pensado que enamorarse era sentimiento pretérito e irrenovable, si acaso lo llegó a pensar. Ahora sabía por qué quería prepararle platillos especiales a su clienta frecuente de medidas no espectaculares, pero sí adorables. El momento y la vida tomaban un sentido. La cita quedó acordada para el viernes, el día siguiente, por la noche, en casa de Jenny. Chema le pidió a Jenny no ir por la mañana siguiente porque iba a hacer los preparativos para llevarle una cena especial. Jenny le dijo que ella se encargaba de la música, Chema le pidió sólo una cosa, ópera. Jenny lo miró primero con sorpresa, luego entendió que sí podía se de Chema pedir algo así. -¿Algo en especial? -Verdi, Mozart, Puccini, Bizet, lo que quieras. –contestó Chema acordándose del orden de los nombres como venían en el caset, pero sin intentar sorprender. -¡Muy bien! –dijo sorprendida Jenny, pensando también en Moonlight Serenade y en Glenn Miller y en esa noche para la que se interponían sólo el resto de ese día con su noche y la luz del sol siguiente, y en cómo toda esa música, la ópera y el big band jazz tomarían un nuevo significado después de ella, justo cuando llegó un cliente nuevo a pedir dos tacos de bistec con arroz y huevo. Jenny incómoda escribió su dirección, su número de teléfono y esa parte mágica de una hoja con este tipo de datos: la hora. Chema, atento a su fino corte del bistek y a los movimientos de Jenny, se percató perfecto de cómo ponía el pedazo de papel en el plato, entre la servilleta doblada y sin usar. Cuando se lo entregó a Chema, Jenny se fue sin mirarlo dio las gracias y Chema puso el plato en un lugar aparte de los platos usados y puso la servilleta debajo de su canasta con cambio. Al arrancar a caminar, Jenny se percató de su grado de excitación, que acalló con la idea de lo que pasaría el viernes en la noche. El día se fue para Chema como en ensueño, salvo los momentos en que pensaba cómo se iba a deshacer de El changuito, o, para hacérselo más fácil, de El Grueso Jr. Sabía perfecto que por las mañanas éste se iba al club a cuidar su “Mirreytud” y su “metrosexualidad”, sin importarle la noche de alcohol, mujeres y drogas que antecediera su temprana mañana, y sin importarle el antecedente de la muerte de su padre, de un ataque fulminante al corazón. Chema sabía que algo así le llegaría, y que era cuestión de esperar, uno, cinco o diez años, pero ahora tenía una urgencia y un plan emergente que cumplir, uno que había urdido ya bien desde hace tiempo, pero que nunca pensó que tendría que concretar. Desde casa de El Polarys se dominaba la casa de El Grueso Jr. Ellos eran brothers desde la secundaria, y la bonanza del negocio les había llegado en paralelo, mejor dicho, juntos, pues eran socios, al grado de que compraron casa en la Narvarte. La lealtad obligada les había obligado a limar asperezas una y otra vez, pero Chema sabía que, si algo le pasaba a El Grueso Jr. El Polarys saldría beneficiado tarde o temprano, y el hecho de que un disparo saliera directo de su casa, como fácilmente lo deducirían los peritos, El Polarys sería absuelto por comprobarse su inocencia o por la vía fácil y rápida de una buena aportación económica que sirviera como rescate. La aportación en último y peor de los casos, sería hecha por Chema, quien tenía mucho dinero ocioso del que no quería saber, ni usar ni siquiera para caridad, y del que hasta podría disponer para compensar las molestias a El Polarys, a toro pasado, claro. La parte más clara y cercana era el gimnasio de la casa de El Grueso Jr., donde él se encontraba de las 7 a las 8 y media de la mañana, pasara lo que pasara, sábados, domingos y días festivos, a menos que éste no estuviera en la ciudad. La disciplina y el afán de mantenerse como él visualizaba a un líder le daban esa obligada presencia, que El Polarys le había confiado un día cualquiera en que Chema se había quedado con él después de una chamba que les llevó hasta la mañana. Ahí estaba El Grueso Jr. aquél día, visto desde uno de los baños de El Polarys: la borrosa pero inconfundible silueta de El Grueso Jr. cerca de su ventana, haciendo caminata a dos metros del vidrio opaco que suplia cortinas o persianas, su peinado cuidado hasta para hacer ejercicio, su actitud, su corpulencia respetada hasta por la banda de la caminadora. Cuando El Polarys abrió la puerta ese viernes en que Chema llegó desvelado, fingiendo haber tenido noche larga de trabajo, no se acordó de aquél otro día, pues hacían de él tres años, incluso ni siquiera recordaba que Chema hubiera estado en su casa, lo que le causó sorpresa, que pasó a la extrañeza y la sospecha. Un café. Una plática rápida, un agradecimiento por dejarlo pasar una petición de ir al baño antes de irse. El Polarys sospechó de que Chema insistiera en pasar al baño de la planta alta y no al de las visitas. El Polarys pensó que debió catear a Chema antes de entrar a su casa, como era la norma, pero pensó que era poco táctil catear a un amigo de su socio y también que era obvio, si venía de una chamba, estaría armado. Esto era una parte del plan de Chema que salió bien, incluso había pensado ofrecer su propio cateo, generando exceso de confianza en El Polarys, pero el saludo fue tan cercano cuando se vieron que no hizo falta. La escuadra con silenciador estuvo lista en un tiempo razonable, a pesar del temblor en las manos experimentadas con cuchillos y espadas, todo debía estar listo en un lapso equivalente al de una vergonzosa defecación (que debía ocurrir como cohartada momentánea). La silueta de El Grueso Jr. estaba donde en su plan de 3 años Chema había visualizado, su timing había sido perfecto. La mano temblorosa estaba lista para ejecutar el disparo vengador de mucha gente sometida, de la que él era ahora el más importante. Un disparo sordo se dejó escuchar, pero no fue de Chema, fue un segundo antes de su decisión de disparar, y contra él.
Por la noche Jennie vestía jeans y alpargatas, una blusa de escote que dejaba ver una parte de su pecho que nunca hubiera dejado ver por las mañanas. Era un escote discreto, aún así, pero era una afirmación suficiente para Chema, una afirmación que acompañaba a todo lo que había quedado claro. Recordaba su expresión cuando dijo “¿Y se podría que hicieras una excepción una tarde?”. Esa expresión de obvio deseo de la que no se arrepentía pero que le hacía dudar ante la tardanza de Chema. La premura del tiempo le había obligado a encontrar en el MixUp del centro comercial a tres cuadras de su departamento un CD con éxitos operísticos que tenía justo a los compositores que Chema había enunciado, casi estaba segura que estaban en la portada en el mismo orden. La tarta de queso y zarzamora descansaba en la mesa, sobria pero encantadora, con luz a la mitad. Su timing le había propuesto que Glenn Miller comenzara a escucharse a las 11 de la noche. Su estéreo ya había tocado String of Pearls y Tuxedo Junction. Iniciaba su favorita, Moonlight Serenade. Jenny resignada asomó hacia el parque México con una luna total, entristecedora, que humillante iluminaba su noche solitaria. En el piso de abajo, Raúl alcanzaba a escuchar la música. Era justo la noche en que pensaba subir a tocar la puerta de Jenny con cualquier tonto pretexto inmediato. La música lo confundió, le quitó la decisión de subir, pero no el deseo. Desde la calle se veía, en el edificio Basurto, el 8º piso con la luz encendida... y se oía apenas Monlight Serenade, como si fuera un pequeño radio.
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miércoles, 31 de agosto de 2011
Siempre, por vez primera
22 de abril de 2004 es una fecha no difícil de olvidar. Sandra iba camino a su trabajo, Víctor ya estaba trabajando. Los dos estaban en el bus de la ruta 38 que cruza de oriente a poniente, que llega al metro Chapultepec proviniendo de Avenida del Taller. Era una ruta muy tradicional en la que lo único nuevo relativamente eran los transportes, cada vez más grandes, con la novedad, desde hacía un par de años, de que éstos tenían una pantalla con noticias, datos curiosos y algún clip de video. Era como un servicio extra que daban los ruta 38, pero que la gente pocas veces tomaba en cuenta. Las noticias eran frescas, los datos tenían su importancia, pero ningún pasajero quería verse sorprendido leyendo algo. Parecía que hubiera habido un peso social sobre aquél o aquélla que osara ver aquella pantalla empotrada al techo, junto al acceso de entrada o la otra, que estaba justo a la mitad. Sólo Víctor, que estaba sentado como siempre hasta atrás a esa hora de la mañana, y que ya desde hacía un tiempo se había percatado de cómo las pantallas eran ignoradas, podía darse ese permiso de leer o ver algo de vez en vez. Cómo evitar el cáncer de piel, técnicas de lavado efectivo de manos, el último disco y el sencillo de Luis Miguel eran datos que él dominaba gracias a esos vistazos a información diaria. Pero ahora estaba trabajando. El ruta 38 normalmente no era para él más que el transporte a otras rutas donde sí ejercitaba su carterismo. Estaba contra su principio robar en el transporte cercano a casa y era para él sólo su medio para llegar a sus distintas oficinas. Pero este día era distinto. Y era que ya había visto a Sandra con ese aparato mágico, un iPod, capaz, había leído en esa misma pantalla noticiosa, de contener mil canciones ¡mil canciones en esa caja más pequeña que su cajetilla de cigarros! Él lo sabía desde hacía meses, un año quizá, gracias al ruta 38. Sandra subía al bus siempre en Querétaro y Mérida. Siempre quería decir desde hace aproximadamente año y medio. Víctor la había visto casi desde la primera vez que había subido. Siempres había varios: la misma hora, 8.25, la misma parada, el mismo lugar para sentarse, a mitad del bus, en uno de los asientos individuales de la fila de la derecha. Siempre guapa, elegante, moderna, se notaba que iba con la moda y que tenía algún puesto ejecutivo, o al menos de recepcionista en alguna empresa de ésas importantes. Siempre sin voltear a ver a nadie. Siempre con un libro (que cambiaba cada dos o tres semanas). Siempre descendiendo en la terminal de la ruta. Siempre guardando su libro en su bolso y sus audífonos. El iPod lo traía desde hacía un par de meses. No eran baratos, sabía Víctor, y no los vendían en México, lo que lo hacía más deseable. Su amigo Marcos tenía uno que había conseguido en el ruta 27 hacía también dos meses. Primero no sabía cómo usarlo, después fue viendo cómo bajarle música desde la computadora, música que había bajado de internet y que era muy buena, rock, cumbias, salsa y electrónica. Víctor quería su propio aparato y que su amigo Marcos le pasara su música. Para ahora, 8 semanas después, Marcos era todo un experto en eso de los iPod, y se sabía trucos contra las medidas para evitar la piratería, ps oye, tú pregúuuntame.
Víctor tenía 28 años. Por cierto, los mismos que Sandra. Llevaba ya cuatro en el negocio de la cartera. El tenía también sus propios siempres y sus propios nuncas. Desde luego, siempre sentarse hasta atrás. Siempre cargar con un fólder que se viera como de mensajero, pero nunca hacer notar que llevaba dinero, como de mensajero junior para encargos menores. Siempre ir limpio y con gel en el pelo. Había notado que los mensajeros siempre usaban gel en el pelo. Nunca usar gorra ni gafas oscuras. Era absurdo que la gente no percibiera que los ladrones llevaban siempre una o la otra, o ambas. Siempre hacer el análisis socioeconómico y el diagnóstico de inteligencia de la víctima. Eran fáciles y rápidos, para él. Ambos tenían que ser de nivel medio, para no fallarle. Siempre pararse a la izquerda de la víctima, en el cubo que da a la salida. Siempre que fuera posible, ir por la víctima en la segunda vez que la viera, para saber su parada de descenso y moverse hacia el cubo de salida antes que ellos. Siempre aprovechar enfrenones de los buses para actuar. Siempre eran los mismos frenones, los choferes eran tontos o querían ayudarle. Pero en caso de Sandra todo era diferente. Ella colgaba el bolso de su hombro derecho, en el compartimiento de afuera era donde ponía el libro y el iPod. A veces, eso sí, cambiaba de bolso y metía el iPod, lo encerraba con un cierre y conservaba el libro en la mano, ocultando el nombre del libro, buscando,
-creía Víctor- nunca revelar nada de su persona. Víctor entonces no podía pararse a su izquierda. Tampoco podía fingir que su descenso coincidía con el de ella porque era la terminal y ella bajaba sin esperar en el cubo, por lo que el reto consistía en robarse el aparato en frente de su nariz y de la de quien descendiera también. Marcos le había dicho que estaba loco, que esperara otra oportunidad con alguien más. Lo cierto era que los iPods todavía estaban escasos y todo esto era para él como un examen profesional, pues él sabía que las carreras tardaban cuatro años en estudiarse y él cumplía cuatro años este mes. Era para él también como su premio por licenciarse en carterismo, además del reto. Algo más, que Víctor no sabía o no tenía consciente, era que quería saber qué era lo que Sandra tenía de música, y que era algo así como ver algo de esa intimidad tan resguardada como podía tenerla una usuaria de transporte público y que nunca compartiría con alguien como Víctor, fuera o no carterista.
El momento se presentó. Él tenía claro que Sandra siempre se levantaba de su asiento con el bus todavía moviéndose un poco. Como un elefante que al llegar a su destino desciende para que su pasajera baje de él y diera un último bufido para avisar que bajara. Y era que Sandra leía de principio a fin mientras estaba sentada y estaba condicionada a cierto último movimiento que también los choferes estaban condicionados a hacer al llegar a su base, como si pertenecieran al gremio de los pilotos de aviones que siempre tienen sus rituales y señalizaciones, éstos manejaban sus movimientos idéntico, frenar casi a cero, soltar el freno y luego frenar a cero. La señal inequívoca para Sandra para pararse era la de frenar casi a cero, ahí se quitaba los audífonos, guardaba el ipod mientras se paraba, y ya de pie, guardaba el libro para avanzar hacia la salida y descender en el frenar a cero. Siempre sin ver a nadie. Sólo que esta vez el freno a cero fue abrupto. Víctor se había parado calculando perfecto los movimientos y llegó al pie del escalón junto con Sandra. El enfrenón abrupto lo hizo realmente recargarse sobre ella, sintiendo su cuerpo mucho más frágil y ligero de lo imaginado, y una genuina vergüenza de haberla golpeado, que lo hizo disculparse, seguro hasta con sonrojo, lo cual fue como un plan perfecto. Víctor recuerda el olor a shampú del cabello de Sandra que predominó sobre su perfume a pesar de ser menos intenso y tuvo oportunidad de separar el recuerdo del encuentro del recuerdo del hurto, que era algo automático, a pesar de que el movimiento sobrepasó sus cálculos y complicó su automatismo.
El final del descenso era ya un momento de nostalgia para Víctor, que sólo pudo sobrepasar metros después, cuando Sandra desapareció hacia donde siempre desaparecía y el caminó también como siempre entre puestos hacia el paradero de los buses que llevaban hacia la periferia de la ciudad. Al saberse alejado de Sandra y de cualquiera de los pasajeros del ruta 38, Víctor tomó del bolsillo de su chamarra el iPod y lo palpó, casi sin verlo para no hacer obvia su adquisición recientísima y se puso los audífonos, que para su sorpresa aún estaban tibios y, claro, conservaban el aroma del shampú de Sandra.
Víctor experimentaba tres triunfos, el de haber logrado robarse el iPod en un grado de dificultad máximo. El de tener un iPod y uno más extraño e inesperado, el de tener algo muy personal, como la lista de canciones de Sandra. Los dos primeros eran para el perfectamente conscientes, pero el tercero estaba ahí, latente, oculto. Encender el aparato era como entrar a su cuarto y abrir su closet o sacar algún álbum de recuerdos. Por eso Víctor no se atrevió a encenderlo de inmediato, era como si hubiera dejado la mano en la manija de la puerta y tuviera que experimentar un ritual. Después de todo, Sandra (cuyo nombre Víctor nunca conocería) era completamente enigmática, él imaginaba que habría en el iPod las típicas cosas pop para viejas que ese día tendría el gusto de borrar en casa de Marcos para poner todo Metallica, todo AC/DC, todo Daddy Yankee y demás.
Pero algo pasó. Entró al metro en lugar de subirse a otro bus, pues iba a casa de Marcos. Aún con el iPod en la mano, metió su boleto, quiso esperar a llegar al andén para accionar el botón de encendido y tal vez el de play, que ya había visto en un vistazo furtivo, como si también se estuviera ocultando del reproductor. Se recargó en la pared del andén simulando naturalidad y empezó a mirar el aparato, no había botón de encendido. Era un aparato finamente diseñado, minimalista era la palabra, que si bien no estaba en su vocabulario, sí lo estaba en su apreciación.
Antes de empezar a verse extraño contemplando con curiosidad su propio aparato, Víctor buscó presionar cualquier botón, a riesgo de seguir pareciendo un mico o un ratero. El diseño lo llevó a presionar el botón de play y efectivamente, el aparato se encendió, como un artilugio mágico. El sudor ya se sentía en el cuero cabelludo de Víctor, pero por fortuna para él sólo tenía que volver a dar play para escuchar algo. De la angustia, Víctor pasó al azoro, al comenzar a escuchar música clásica. La pantalla decía:
Franz Schubert
Sinfonía no. 8 Inconclusa
Movimiento 2
Los textos segundo y tercero se alternaban y al segundo movimiento le faltaban 3:30 para terminar, según decía el indicador de avance de las canciones. Sin verbalizarlo ni siquiera mentalmente, Víctor pensó en la ironía de que la sinfonía se llamara inconclusa y para la dueña hubiera quedado igualmente inconclusa, para siempre. Seguro tenía la grabación en casa. Seguro podría comprar otro aparato la siguiente semana, o el siguiente mes, o en dos meses. De pronto, Víctor se vio manipulando el aparato como si siempre hubiera sido suyo. Sentía rubor de que la gente lo viera escuchando música clásica, hasta que con un leve sonrojo se cercioró de que nadie lo estaba escuchando, porque era tan íntimo ese acto de escucha que podía subir todo el volumen y nadie notar qué escuchaba, como pasaba con Sandra, de quien él nunca hubiera imaginado que estuviera escuchando música tan aburrida.
Así pasó de Schubert a la lista de artistas. Algo andaba mal. Víctor no vio un solo conocido en esa lista que lo ninguneaba igual que ella lo había ignorado durante tanto tiempo.
Estaba seguro de que había seleccionado en artistas, fue y volvió y se encontró con la misma lista abstracta, absurda, borrable.
Algo, alguien tenía que hacerle notar cualquier indicio de conocimiento, pero Mendelssohn, Dvorak, Sugar Cubes, Cranes, Peter Paul and Bjorn, King Krimson, Johanes Brams, John Coltrane, eran respuestas que le provocaron preguntarse como por reflejo “Qué pedo con esta vieja”. El mecanismo de defensa funcionó por unos segundos. Pero el confort duró hasta la necesidad urgente de dar clic al siguiente artista. Bjork lo mandó a los submenús Debut, Gling Gló, Post, Telegram, Vespertine. Glin Glo le sonó, bueno, no le sonó, le latió, y así entró la canción llamada igual. Nuevamente rubor, esto era una cursi y ridícula caja de música. Ya salió lo cursi. Tres compases de notas agudas, contadas como gotas de piano y una voz femenina en idioma más raro
que el inglés. Nadie lo veía. Nadie lo escuchaba. ¡Qué bueno! La voz era como infantil. Quizá algún tipo de Cri-cri para burgueses. De pronto el piano se volvió grave y entraron más instrumentos. El ritmo era contagioso. El contraste con la introducción estaba planeado para confundir. Pero esto era igual de extraño y placentero. La voz ya no era tan dulce y cursi, tenía momentos incluso enronquecidos. Los músicos habían levantado en un segundo un diálogo energético que nuevamente hacía mirar a Víctor a su alrededor. Ahora quería que la gente que lo rodeaba escuchara la música en lugar de sentirse avergonzados. Pensar en Sandra era inevitable. No de una forma idílica, sino con una admiración primeriza a tan excéntricos gustos. Las palabras no llegaban de una forma tan explícita a Víctor, ni los pensamientos se regodeaban tanto en sí mismos, más bien eran ideas que pasaban por su mente como pequeños flashazos, ráfagas que sólo le ocurrían cuando reconocía a un candidato precalificado para robo. Pero ahí estaban sus pensamientos, explicados a detalle por mí, pero para ser imaginados como ideas de un segundo.
Marcos lo esperaba en su casa. Víctor llegaba afuera de su edificio, pero escuchaba
The Juan Maclean
Happy House
y no podía dejar de oír esto. Tuvo que sentarse en una parada de bus, esperar al bus de manera ficticia, sin ver cuántos pasaban. Víctor escuchaba esa canción, muy parecida a la música electrónica pero con algo que lo hacía viajarse. Enconchado en uno de los asientos, Víctor sólo descuidó un momento la música para esperar que Marcos no pasara por ahí, sabía que llegaría con una patada o un zape, y que le quitaría el iPod para quedárselo o… o para cambiarle la música.
Ryuichi Sakamoto
Happy End
Había reservas de dinero para varias semanas. Víctor podía pasar unas vacaciones. Sabía que no lo haría. Pero sabía también que el colchóncito ahí estaba. Lo que no tenía reserva era la batería del Ipod. Marcos era la única solución. Como un niño con juguete nuevo, todo giraba en torno a ese artilugio que ahora era portador de algo que Víctor no comprendía. La magia estaba ahí, no en el equipo, sino en el contenido. Algo conmovedor le traía la mezcla de canciones que el shuffle le traía sin que él supiera que estaba activado, lo cual le daba un elemento de manipulación, casi tiranía, de arbitrariedad estética que hacía a Víctor escuchar algo que dominaba sus emociones. Sandra seguía presente, latente. Después de todo era la autora de la lista de canciones y nunca desapareció su imagen, como cuando se escucha la música y se piensa, más bien, se siente al autor.
Hacia las dos de la tarde el equipo cedió. La última canción que lo dejó oír fue… demonios. Lo olvidó. Se apagó el equipo. No había remedio. Había que buscar a Marcos.
“¡Te pierdes, mi cabrón!” le dijo mientras sacaba uno de esos cables blancos que había comprado en 50 pesos y que podía conectar a la computadora. Víctor le pidió que no fuera a borrar todavía la música. Marcos se extrañó. Estaba listo para pasarle toda su música que hasta había apartado en una librería especial y tenía justo las mil canciones que cabían en el aparato que su amigo le traería. “Dame chance, hay dos tres canciones que quiero apartar” “Uy mijo, para eso me gustabas, ¿pues que no es el Ipod de la chava ésta de las mañanas?” “Pues sí, pero tiene música dos tres chida.” “Mmta, pues ahí me avisas” “llévate el cargador, y que disfrutes de tu músiquita de nena, culero. Ay luego me lo traes y me dices cuándo te paso rolas para hombrecitos”.
Víctor iba liberado. Se sentía contento con su música intacta. Su cable cargador le iba a servir para escuchar de nuevo esas “dos tres rolas chidas”.
Nueve treinta de la noche.
Björk
Play Dead
Era como masturbarse. Era como un cigarro de mota. Era como ausentarse. Era demasiado. No sabía qué decían las palabras. No sabía qué decía el título. Pero para él era como morir de tan intensa la música. Creyó que dormiría escuchando seis, doce, treinta de las 800 canciones que decía la pantalla que había en la memoria de ese chunche de 13 X 6 cm, pero sólo pudo escuchar una canción. Como comer un manjar y querer quedarse con el sabor. Como haber visto una película y querer dejar semanas sin ver nada más. Como leer un grato libro y no querer que termine. Así era Play Dead. ¿Ponerla de nuevo? Víctor negó con la cabeza en el silencio, como si alguien más se lo hubiera preguntado. Con los ojos cerrados.
La mañana siguiente, Víctor decidió sí ir a trabajar. Su cerebro despertó a la hora de siempre y su cuerpo se levantó para dirigirse a los mismos lugares de siempre. El asiento de plástico del bus tenía un grafitti conocido por él. Sabía que había tomado ese mismo bus varias veces por ese grafitti, que sólo le recordaba su presencia cuando lo veía. Ahora el grafitti se veía más lavado, como si hubieran intentado borrarlo a tallones con un trapo húmedo, pero ahí persistía, recordándole a Víctor una cotidianeidad que parecía no dejarlo escapar de ella. Al abrir los ojos después de un rato, Víctor se percató de que ahí estaba Sandra. En su lugar de siempre. Como el grafitti en ese bus, pero ella, con un libro. Sin audífonos puestos.
Johannes Brahms
Symphony No. 1 in C minor, Op. 68 Finale
Era la canción que seguía en la lista al azar. Víctor la escuchó mientras veía a Sandra, cuyo nombre nunca conocería. En la pantalla de noticias estaba Carmen Salinas y un pie de foto que hablaba de su más reciente revista musical. Los tobillos y buena parte de las pantorrillas de Sandra se veían por el tipo de pantalón que ella llevaba puesto. La canción duraba 8:38, el tiempo aproximado que faltaba para llegar a la parada de Sandra, calculaba Víctor. La música tenía una intensidad casi dolorosa que hacía a Víctor respirar con intensidad. Sandra cambiaba las páginas de ese libro que Víctor nunca sabría de qué trataba. Seguro era algo equivalente a la música que había en el Ipod, con letras, con palabras, con ideas que él seguro no podría degustar, o quizá sí, con mucha preparación. Por lo pronto él ya sabía qué música existía, cómo podía sentirse con ese arte del que probó apenas unas porciones. La música terminó. Víctor se levantó, caminó. Los tobillos descubiertos se veían más cercanos, la textura de su piel recubierta por el brillo de alguna crema posterior a un muy temprano baño. Víctor sacó de su bolsillo el Ipod con los audífonos enrollados, se lo puso a Sandra sobre el libro abierto, ella miró el aparato, confundida alzó la vista para ver a Víctor, que por un segundo hizo contacto visual con ella. Sandra tenía un lunar pequeño en la mejilla izquierda, no lo hubiera distinguido de no haber estado tan cerca de ella. Hizo un esbozo de sonrisa, o es lo que él pensó. Se dio la media vuelta y bajó del bus.
Víctor tenía 28 años. Por cierto, los mismos que Sandra. Llevaba ya cuatro en el negocio de la cartera. El tenía también sus propios siempres y sus propios nuncas. Desde luego, siempre sentarse hasta atrás. Siempre cargar con un fólder que se viera como de mensajero, pero nunca hacer notar que llevaba dinero, como de mensajero junior para encargos menores. Siempre ir limpio y con gel en el pelo. Había notado que los mensajeros siempre usaban gel en el pelo. Nunca usar gorra ni gafas oscuras. Era absurdo que la gente no percibiera que los ladrones llevaban siempre una o la otra, o ambas. Siempre hacer el análisis socioeconómico y el diagnóstico de inteligencia de la víctima. Eran fáciles y rápidos, para él. Ambos tenían que ser de nivel medio, para no fallarle. Siempre pararse a la izquerda de la víctima, en el cubo que da a la salida. Siempre que fuera posible, ir por la víctima en la segunda vez que la viera, para saber su parada de descenso y moverse hacia el cubo de salida antes que ellos. Siempre aprovechar enfrenones de los buses para actuar. Siempre eran los mismos frenones, los choferes eran tontos o querían ayudarle. Pero en caso de Sandra todo era diferente. Ella colgaba el bolso de su hombro derecho, en el compartimiento de afuera era donde ponía el libro y el iPod. A veces, eso sí, cambiaba de bolso y metía el iPod, lo encerraba con un cierre y conservaba el libro en la mano, ocultando el nombre del libro, buscando,
-creía Víctor- nunca revelar nada de su persona. Víctor entonces no podía pararse a su izquierda. Tampoco podía fingir que su descenso coincidía con el de ella porque era la terminal y ella bajaba sin esperar en el cubo, por lo que el reto consistía en robarse el aparato en frente de su nariz y de la de quien descendiera también. Marcos le había dicho que estaba loco, que esperara otra oportunidad con alguien más. Lo cierto era que los iPods todavía estaban escasos y todo esto era para él como un examen profesional, pues él sabía que las carreras tardaban cuatro años en estudiarse y él cumplía cuatro años este mes. Era para él también como su premio por licenciarse en carterismo, además del reto. Algo más, que Víctor no sabía o no tenía consciente, era que quería saber qué era lo que Sandra tenía de música, y que era algo así como ver algo de esa intimidad tan resguardada como podía tenerla una usuaria de transporte público y que nunca compartiría con alguien como Víctor, fuera o no carterista.
El momento se presentó. Él tenía claro que Sandra siempre se levantaba de su asiento con el bus todavía moviéndose un poco. Como un elefante que al llegar a su destino desciende para que su pasajera baje de él y diera un último bufido para avisar que bajara. Y era que Sandra leía de principio a fin mientras estaba sentada y estaba condicionada a cierto último movimiento que también los choferes estaban condicionados a hacer al llegar a su base, como si pertenecieran al gremio de los pilotos de aviones que siempre tienen sus rituales y señalizaciones, éstos manejaban sus movimientos idéntico, frenar casi a cero, soltar el freno y luego frenar a cero. La señal inequívoca para Sandra para pararse era la de frenar casi a cero, ahí se quitaba los audífonos, guardaba el ipod mientras se paraba, y ya de pie, guardaba el libro para avanzar hacia la salida y descender en el frenar a cero. Siempre sin ver a nadie. Sólo que esta vez el freno a cero fue abrupto. Víctor se había parado calculando perfecto los movimientos y llegó al pie del escalón junto con Sandra. El enfrenón abrupto lo hizo realmente recargarse sobre ella, sintiendo su cuerpo mucho más frágil y ligero de lo imaginado, y una genuina vergüenza de haberla golpeado, que lo hizo disculparse, seguro hasta con sonrojo, lo cual fue como un plan perfecto. Víctor recuerda el olor a shampú del cabello de Sandra que predominó sobre su perfume a pesar de ser menos intenso y tuvo oportunidad de separar el recuerdo del encuentro del recuerdo del hurto, que era algo automático, a pesar de que el movimiento sobrepasó sus cálculos y complicó su automatismo.
El final del descenso era ya un momento de nostalgia para Víctor, que sólo pudo sobrepasar metros después, cuando Sandra desapareció hacia donde siempre desaparecía y el caminó también como siempre entre puestos hacia el paradero de los buses que llevaban hacia la periferia de la ciudad. Al saberse alejado de Sandra y de cualquiera de los pasajeros del ruta 38, Víctor tomó del bolsillo de su chamarra el iPod y lo palpó, casi sin verlo para no hacer obvia su adquisición recientísima y se puso los audífonos, que para su sorpresa aún estaban tibios y, claro, conservaban el aroma del shampú de Sandra.
Víctor experimentaba tres triunfos, el de haber logrado robarse el iPod en un grado de dificultad máximo. El de tener un iPod y uno más extraño e inesperado, el de tener algo muy personal, como la lista de canciones de Sandra. Los dos primeros eran para el perfectamente conscientes, pero el tercero estaba ahí, latente, oculto. Encender el aparato era como entrar a su cuarto y abrir su closet o sacar algún álbum de recuerdos. Por eso Víctor no se atrevió a encenderlo de inmediato, era como si hubiera dejado la mano en la manija de la puerta y tuviera que experimentar un ritual. Después de todo, Sandra (cuyo nombre Víctor nunca conocería) era completamente enigmática, él imaginaba que habría en el iPod las típicas cosas pop para viejas que ese día tendría el gusto de borrar en casa de Marcos para poner todo Metallica, todo AC/DC, todo Daddy Yankee y demás.
Pero algo pasó. Entró al metro en lugar de subirse a otro bus, pues iba a casa de Marcos. Aún con el iPod en la mano, metió su boleto, quiso esperar a llegar al andén para accionar el botón de encendido y tal vez el de play, que ya había visto en un vistazo furtivo, como si también se estuviera ocultando del reproductor. Se recargó en la pared del andén simulando naturalidad y empezó a mirar el aparato, no había botón de encendido. Era un aparato finamente diseñado, minimalista era la palabra, que si bien no estaba en su vocabulario, sí lo estaba en su apreciación.
Antes de empezar a verse extraño contemplando con curiosidad su propio aparato, Víctor buscó presionar cualquier botón, a riesgo de seguir pareciendo un mico o un ratero. El diseño lo llevó a presionar el botón de play y efectivamente, el aparato se encendió, como un artilugio mágico. El sudor ya se sentía en el cuero cabelludo de Víctor, pero por fortuna para él sólo tenía que volver a dar play para escuchar algo. De la angustia, Víctor pasó al azoro, al comenzar a escuchar música clásica. La pantalla decía:
Franz Schubert
Sinfonía no. 8 Inconclusa
Movimiento 2
Los textos segundo y tercero se alternaban y al segundo movimiento le faltaban 3:30 para terminar, según decía el indicador de avance de las canciones. Sin verbalizarlo ni siquiera mentalmente, Víctor pensó en la ironía de que la sinfonía se llamara inconclusa y para la dueña hubiera quedado igualmente inconclusa, para siempre. Seguro tenía la grabación en casa. Seguro podría comprar otro aparato la siguiente semana, o el siguiente mes, o en dos meses. De pronto, Víctor se vio manipulando el aparato como si siempre hubiera sido suyo. Sentía rubor de que la gente lo viera escuchando música clásica, hasta que con un leve sonrojo se cercioró de que nadie lo estaba escuchando, porque era tan íntimo ese acto de escucha que podía subir todo el volumen y nadie notar qué escuchaba, como pasaba con Sandra, de quien él nunca hubiera imaginado que estuviera escuchando música tan aburrida.
Así pasó de Schubert a la lista de artistas. Algo andaba mal. Víctor no vio un solo conocido en esa lista que lo ninguneaba igual que ella lo había ignorado durante tanto tiempo.
Estaba seguro de que había seleccionado en artistas, fue y volvió y se encontró con la misma lista abstracta, absurda, borrable.
Algo, alguien tenía que hacerle notar cualquier indicio de conocimiento, pero Mendelssohn, Dvorak, Sugar Cubes, Cranes, Peter Paul and Bjorn, King Krimson, Johanes Brams, John Coltrane, eran respuestas que le provocaron preguntarse como por reflejo “Qué pedo con esta vieja”. El mecanismo de defensa funcionó por unos segundos. Pero el confort duró hasta la necesidad urgente de dar clic al siguiente artista. Bjork lo mandó a los submenús Debut, Gling Gló, Post, Telegram, Vespertine. Glin Glo le sonó, bueno, no le sonó, le latió, y así entró la canción llamada igual. Nuevamente rubor, esto era una cursi y ridícula caja de música. Ya salió lo cursi. Tres compases de notas agudas, contadas como gotas de piano y una voz femenina en idioma más raro
que el inglés. Nadie lo veía. Nadie lo escuchaba. ¡Qué bueno! La voz era como infantil. Quizá algún tipo de Cri-cri para burgueses. De pronto el piano se volvió grave y entraron más instrumentos. El ritmo era contagioso. El contraste con la introducción estaba planeado para confundir. Pero esto era igual de extraño y placentero. La voz ya no era tan dulce y cursi, tenía momentos incluso enronquecidos. Los músicos habían levantado en un segundo un diálogo energético que nuevamente hacía mirar a Víctor a su alrededor. Ahora quería que la gente que lo rodeaba escuchara la música en lugar de sentirse avergonzados. Pensar en Sandra era inevitable. No de una forma idílica, sino con una admiración primeriza a tan excéntricos gustos. Las palabras no llegaban de una forma tan explícita a Víctor, ni los pensamientos se regodeaban tanto en sí mismos, más bien eran ideas que pasaban por su mente como pequeños flashazos, ráfagas que sólo le ocurrían cuando reconocía a un candidato precalificado para robo. Pero ahí estaban sus pensamientos, explicados a detalle por mí, pero para ser imaginados como ideas de un segundo.
Marcos lo esperaba en su casa. Víctor llegaba afuera de su edificio, pero escuchaba
The Juan Maclean
Happy House
y no podía dejar de oír esto. Tuvo que sentarse en una parada de bus, esperar al bus de manera ficticia, sin ver cuántos pasaban. Víctor escuchaba esa canción, muy parecida a la música electrónica pero con algo que lo hacía viajarse. Enconchado en uno de los asientos, Víctor sólo descuidó un momento la música para esperar que Marcos no pasara por ahí, sabía que llegaría con una patada o un zape, y que le quitaría el iPod para quedárselo o… o para cambiarle la música.
Ryuichi Sakamoto
Happy End
Había reservas de dinero para varias semanas. Víctor podía pasar unas vacaciones. Sabía que no lo haría. Pero sabía también que el colchóncito ahí estaba. Lo que no tenía reserva era la batería del Ipod. Marcos era la única solución. Como un niño con juguete nuevo, todo giraba en torno a ese artilugio que ahora era portador de algo que Víctor no comprendía. La magia estaba ahí, no en el equipo, sino en el contenido. Algo conmovedor le traía la mezcla de canciones que el shuffle le traía sin que él supiera que estaba activado, lo cual le daba un elemento de manipulación, casi tiranía, de arbitrariedad estética que hacía a Víctor escuchar algo que dominaba sus emociones. Sandra seguía presente, latente. Después de todo era la autora de la lista de canciones y nunca desapareció su imagen, como cuando se escucha la música y se piensa, más bien, se siente al autor.
Hacia las dos de la tarde el equipo cedió. La última canción que lo dejó oír fue… demonios. Lo olvidó. Se apagó el equipo. No había remedio. Había que buscar a Marcos.
“¡Te pierdes, mi cabrón!” le dijo mientras sacaba uno de esos cables blancos que había comprado en 50 pesos y que podía conectar a la computadora. Víctor le pidió que no fuera a borrar todavía la música. Marcos se extrañó. Estaba listo para pasarle toda su música que hasta había apartado en una librería especial y tenía justo las mil canciones que cabían en el aparato que su amigo le traería. “Dame chance, hay dos tres canciones que quiero apartar” “Uy mijo, para eso me gustabas, ¿pues que no es el Ipod de la chava ésta de las mañanas?” “Pues sí, pero tiene música dos tres chida.” “Mmta, pues ahí me avisas” “llévate el cargador, y que disfrutes de tu músiquita de nena, culero. Ay luego me lo traes y me dices cuándo te paso rolas para hombrecitos”.
Víctor iba liberado. Se sentía contento con su música intacta. Su cable cargador le iba a servir para escuchar de nuevo esas “dos tres rolas chidas”.
Nueve treinta de la noche.
Björk
Play Dead
Era como masturbarse. Era como un cigarro de mota. Era como ausentarse. Era demasiado. No sabía qué decían las palabras. No sabía qué decía el título. Pero para él era como morir de tan intensa la música. Creyó que dormiría escuchando seis, doce, treinta de las 800 canciones que decía la pantalla que había en la memoria de ese chunche de 13 X 6 cm, pero sólo pudo escuchar una canción. Como comer un manjar y querer quedarse con el sabor. Como haber visto una película y querer dejar semanas sin ver nada más. Como leer un grato libro y no querer que termine. Así era Play Dead. ¿Ponerla de nuevo? Víctor negó con la cabeza en el silencio, como si alguien más se lo hubiera preguntado. Con los ojos cerrados.
La mañana siguiente, Víctor decidió sí ir a trabajar. Su cerebro despertó a la hora de siempre y su cuerpo se levantó para dirigirse a los mismos lugares de siempre. El asiento de plástico del bus tenía un grafitti conocido por él. Sabía que había tomado ese mismo bus varias veces por ese grafitti, que sólo le recordaba su presencia cuando lo veía. Ahora el grafitti se veía más lavado, como si hubieran intentado borrarlo a tallones con un trapo húmedo, pero ahí persistía, recordándole a Víctor una cotidianeidad que parecía no dejarlo escapar de ella. Al abrir los ojos después de un rato, Víctor se percató de que ahí estaba Sandra. En su lugar de siempre. Como el grafitti en ese bus, pero ella, con un libro. Sin audífonos puestos.
Johannes Brahms
Symphony No. 1 in C minor, Op. 68 Finale
Era la canción que seguía en la lista al azar. Víctor la escuchó mientras veía a Sandra, cuyo nombre nunca conocería. En la pantalla de noticias estaba Carmen Salinas y un pie de foto que hablaba de su más reciente revista musical. Los tobillos y buena parte de las pantorrillas de Sandra se veían por el tipo de pantalón que ella llevaba puesto. La canción duraba 8:38, el tiempo aproximado que faltaba para llegar a la parada de Sandra, calculaba Víctor. La música tenía una intensidad casi dolorosa que hacía a Víctor respirar con intensidad. Sandra cambiaba las páginas de ese libro que Víctor nunca sabría de qué trataba. Seguro era algo equivalente a la música que había en el Ipod, con letras, con palabras, con ideas que él seguro no podría degustar, o quizá sí, con mucha preparación. Por lo pronto él ya sabía qué música existía, cómo podía sentirse con ese arte del que probó apenas unas porciones. La música terminó. Víctor se levantó, caminó. Los tobillos descubiertos se veían más cercanos, la textura de su piel recubierta por el brillo de alguna crema posterior a un muy temprano baño. Víctor sacó de su bolsillo el Ipod con los audífonos enrollados, se lo puso a Sandra sobre el libro abierto, ella miró el aparato, confundida alzó la vista para ver a Víctor, que por un segundo hizo contacto visual con ella. Sandra tenía un lunar pequeño en la mejilla izquierda, no lo hubiera distinguido de no haber estado tan cerca de ella. Hizo un esbozo de sonrisa, o es lo que él pensó. Se dio la media vuelta y bajó del bus.
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