miércoles, 21 de junio de 2017

Las primeras noches



Ilustración: Mónica Muñoz, ITESM CCM
I
La calle estaba encharcada, había sido una de esas noches de lluvia furiosa, interminable, en las que parece que la naturaleza se está desquitando de algo, pero cuyo enojo termina apenas se asoma el sol. Entre charcos, baches y pavimento húmedo iba un camión de pasajeros, entre ellos iba Lucía, a quien le habían puesto así por Lucía Sombra, una telenovela. Ella salió de casa a las 6 30, cuando la lluvia caía aun pertinaz, tupida, sádica. Desde la calle hacia dentro del camión se veían caras borrosas por el vapor de las diferentes –iguales–respiraciones y de la lluvia; vapor por dentro y por fuera, que uniformaba las caras borrándolas, con sólo el color de la ropa para darle un mínimo de diferenciación a cada persona: todas hacia un trabajo, para sacar adelante el día, para salvarlo. Lucía sabía que llegaría a las 8 30 a la nueva casa, aun húmeda, sin que eso se notara hacia afuera, sin no la tocaban, lo cual era lo más probable.
No le gustaba llegar tarde y menos en un primer día de trabajo. Ésta sería su cuarta casa. Había comenzado a los catorce, ayudando a su mamá en una casona porfiriana, en la colonia del Valle. La experiencia no había sido muy grata. La patrona era abusiva y desdeñosa. Muchas lo son, pero aquella mujer se empeñaba en serlo cada día, cada momento, como si tuviera la consigna de demostrarse a sí misma que podía superarse. Seis meses había durado aquella primera vivencia profesional. Lucía creía que así tenía que ser. No le preguntó nunca a su madre, ni le comentó sobre el trato de la mujer. Ni su madre le comentó nunca a ella nada. Después de aquello, las otras dos casas eran el recuerdo gris de algo más fácil, más simple, más olvidable, pero que le había cambiado el concepto de que siempre se tenía que sufrir opresión a cambio de un pago. La familia de la tercera casa cayó en dificultades económicas y pasó de tenerla como empleada fija a una de entrada por salida, luego tres días, luego dos, luego uno y luego le darían las gracias por su apoyo, claro, sin ninguna gratificación. Casi tres años y el record de duración en un trabajo. Lucía pensaba que estaba adquiriendo, además de la experiencia, la técnica y la energía que se necesitan para trabajar como empleada doméstica una capacidad de paciencia, de resistencia, de cerrar los oídos cuando era necesario y que eso le permitía durar hasta más de lo debido en casas, pues el ciclo de trabajo, se empezaba a dar cuenta, debía tener una duración limitada, según, por un lado la forma de ser y de trabajar de la empleada, y en función de las distintas variables del trabajo en turno. El anuncio en esta ocasión parecía prometedor y el acuerdo le permitiría trabajar solo aquí y dar las gracias en las casas donde estaba de entrada por salida, para compensar la decreciente demanda de sus servicios de aquella casa de la Narvarte. El camino había sido más largo de lo anticipado y la caminata más pesada y tardada, por más que la combi ahora subiera por Fuentes del Pedregal, cosa que poco años antes no hacía, pues casi apenas se había instituido esa ruta de peseros para trabajadores constructores y empleados de Pedregal. Lucía había tenido a bien escribir la dirección a lápiz, y ésta se empezaba a borrar. Señora Ambó, eso sí se leía, se acordaba porque la mujer se lo tuvo que deletrear dos veces. La calle era Lava, pero el número no se entendía bien, si era 47 o 41. No representaba mayor problema si era cualquiera de ésos dos, pero la duda agregaba nerviosismo al retraso de 15 minutos. La calle olía a tierra, pasto y pavimento mezclados por la humedad. El número correcto era el 47. Una casa blanca con el techo verde a modo de tejado y grandes ventanas de vidrios ahumados y amplias cortinas. La casa era más grande de lo que Lucía imaginaba. Esas casas normalmente son trabajadas hasta por tres personas. Debió suponerlo de una casa del Pedregal. Imaginaba que tendría compañía, lo cual solo había experimentado en conjunto con su madre, ahora retirada forzadamente, por enfermedad. El timbre sonó a lo lejos. Nunca se sabe cómo va a sonar un timbre, fuerte, suave, agudo, silenciado, en chicharra, campana, si va a sonar o no, si se cree que no sonó pero en realidad sí y uno no sabe qué hacer. Un timbre es tan impredecible como la propia voz de las personas, pues la voz no tiene que ver con su físico. Hay voces que caricaturizan a las personas, otras que las dignifican. Las voces de las personas son tan impredecibles como las personas mismas. Todo esto le dio tiempo de pensar a Lucía, un poco para su preocupación por el tamaño de la casa o la posible edad de la patrona, que por teléfono no había sonado tan vieja. Este timbre, entonces, sonó lejano, como si la cocina, que es donde normalmente suena, estuviera en otra dimensión. La espera después de tocar un timbre, entonces, es proporcional al tamaño de la casa, a la edad de quien la habita, al número de habitantes, al volumen del timbre y al t…
­—¿Quién?
—Yo. Lucía.
Decir “yo” era una tontería, porque lo dices cuando conocen perfectamente tu voz. Lucía se lamentaba por este error que esperaba la señora Ambó pasara por alto. No tenía idea de la procedencia de su apellido.
—Pasa, pasa. Perdón por las fachas. El señor se fue temprano y no me despertó. —La señora tenía bata y pantuflas, había estado dormida quizá un minuto antes. Le había abierto la puerta sosteniéndose la bata con una mano, como si se le fuera a ver más de lo debido, como si no tuviera el botón superior; un reflejo de señora, adquirido con los años. Un signo de pudor, antes por el tamaño de sus pechos, después para ocultar las arrugas entre ellos. Su pelo estaba teñido de un castaño verdoso, se veía cuidado en salón de belleza a pesar de no estar peinada. Se veía peinado por la costumbre (nadie se arreglaría para recibir a su empleada doméstica), y esto siempre Lucía lo agradecía como la muestra de que la gente siempre era auténtica con ella. Se enorgullecía de su capacidad de tolerar a las personas. Nunca se había ido pronto de ningún trabajo, como ya fue dicho, por difícil que la persona fuera. Sólo esperaba conocer que características tendrían sus patronas. Si eran desconfiadas, quisquillosas, desdeñosas, consideradas, estrictas, compartidas, confiadas, confiables. “Lucía te llamas, ¿verdad?” pregunta más por llenar el silencio mientras Lucía cruza el umbral de la húmeda calle hacia el interior de la casa. A un lado el garaje deja ver dos coches, uno con capota, y espacio para otros tres. La señora le dijo por teléfono que eran dos personas las que vivían ahí. La recomendación vino de la amiga de la amiga de la amiga. Un nombre, un número. Pocas preguntas, qué edad tienes, tienes hijos, estás casada, te interesa trabajar de fijo o de entrada por salida. Todas las respuestas acertadas para la indagadora que ahora daba la espalda y dejaba ver la maraña en la nuca de quien duerme boca arriba, quizá con la ayuda de pastillas, o de algún tipo de vino, que en alguna otra casa era brandy, o ron, quién sabe. Pies arrastrándose en pantuflas que se desprendían de los talones a cada paso, alargándolo para el oído casi como si fuera el movimiento continuo de una escoba que jala todo el polvo a su paso obsesivamente, para no dejar rastro de nada pasado. Pero aquí era al revés, hacia dentro, hacia la cocina seguro, en efecto, como si quisiera devolver el polvo y el pasado en lugar de sacarlos. Manos en los bolsillos de la bata, piernas varicosas, talones agrietados. “Puedes decirme señora Aurora” dijo la mujer mientras efectivamente se metía a la cocina, como todas las señoras, como si fuera una regla, una ley natural de su especie, o de la especie de Lucía. Lucía suponía que la indicación de cómo llamarla era para la señora un buen gesto, y una forma de augurarle la aceptación anticipadamente, como dándola por hecho, imaginando que ella aceptaría trabajar ahí en automático. “La casa no es tan grande como parece, es decir, sí es grande, pero mi marido y yo no hacemos mucho estropicio. Ya no hacemos fiestas, y mis hijos ya no vienen.” Dijo Aurora mientras le mostraba la cocina a Lucía como si fuera una vendedora inmobiliaria pero en lugar de venderla como espaciosa la ofrecía como algo pequeño y simple, para convencerla sutilmente de quedarse, informándole y guiándola, todo al mismo tiempo. Un radio a lo lejos dejaba oír a Marisela, muy aguda, cantando “Completamente tuya”. La señora Ambó detuvo un segundo su movimiento de azafata dando instrucciones y dejó oír el coro de la canción, suspiró, miró a Lucía como si ésta supiera a lo que la canción le refería. Curiosamente, era la primera vez que la miraba a los ojos, pero la miraba con una familiaridad con que Lucía sabía, no era a ella, quizá alguna hija, otra empleada. La mujer reanudó su movimiento sólo para terminarlo y dirigirse al pasillo, asumiendo que Lucía la seguiría, continuando su barrido inverso, continuo. Lucía la notaba vaga, ausente, automatizada, como si tuviera el efecto de alguna de esas pastillas que toman las señoras por las noches y que no se acaba de quitar hasta la hora de la comida, o hasta que necesitan la siguiente, en la noche de nuevo.
La casa tenía un decorado conservador, aun así se notaba que los muebles, los cuadros y los accesorios distaban de ser nuevos. Lucía medía el esfuerzo que le representaría a diario trapear los mosaicos y aspirar las alfombras, sacudir las dos salas, las decenas de marcos y cuadros, alcanzar los altos techos (dos esquinas ya mostraban telarañas viejas y enrolladas, con sus respectivas arañas hechas bola, en plácido descanso eterno, movido a veces por alguna ventisca perdida), el piano, limpiar el tapiz con un trapo casi seco, los tres baños, “desde luego no tienes que limpiar todo todos los días” le decía la señora Aurora, dándole la espalda, pero como si la hubiera oído quejarse o visto alarmarse; la consola, el componente, las televisiones, las cuatro recámaras, los tres baños, las vitrinas, las lámparas de pantalla porosa y amarillenta pero cuidada. El estudio con su escritorio, sus propios cuadros, libros y periódicos. El recorrido fue largo y Lucía tenía en mente los 49 mil pesos mensuales que la señora Ambó le ofreció desde el comienzo de su llamada telefónica, que sonaron muy bien, pero que ahora tazaba y equiparaba con ese tiempo de recorrido. “De dónde eres”, “Vive tu familia en tu pueblo o aquí”, “Tienes novio”, “Sales los domingos” “Me dices cuándo quieres tus vacaciones”, preguntas más personales que las de aquel primer examen básico para admitir esta entrevista, y promesas entre indicaciones para hacer el recorrido menos largo y que la chica no fuera a espantarse y dejarle el trabajo. Siempre pensaba que al girarse no la iba a ver siguiéndola, la estudiaba con el rabillo del ojo y entendiendo su tono de voz, para sentir su actitud y su disposición. Incluso estaba dispuesta a ofrecerle los 50 mil porque le caía bien, no la sentía sumisa, ni mandona, ni pasiva, ni tonta. La chica (ya no se acordaba de su nombre, se acordaría en un rato o al día siguiente) contestaba rápido, con el tono y el volumen adecuados, y usaba las palabras necesarias para responder, ni parca ni parlanchina, agregó mentalmente la señora Aurora a la lista de cualidades de la aspirante. Pero las preguntas se agotaban y aún faltaba llevarla a su cuarto de servicio, y no detectaba ahora sí cuál era la actitud de la joven “Está bien”, le dijo como si el silencio hubiera sido llenado por la pregunta no hecha sobre qué le parecía todo.

“El señor”, lo llamaba sin mencionar su nombre. Nunca había visto que una mujer se refiriera con tanto respeto a su marido. Era como si con solo mencionarlo le pusiera una aura.

“Éste es tu cuarto”. Una televisión Sony Trinitron que había sido de la señora, una cama más pequeña que las de tamaño individual, un chifonier, un revistero con revistas de espectáculos, teleguías y algunas Hola, Activa y Vanidades, seguro donadas por la propia señora, y una zapatera de vinyl, colgada con clavos en la parte más baja de la pared. “Al lado está tu baño, hija, ya lo visitas cuando quieras. Me refiero… para conocerlo”, le dijo Aurora a Lucía titubeante en la idea, con cercanía genuina, con afecto prematuro pero espontáneo, con el gusto de haber oído sus palabras de aceptación, pues los papeles durante esa entrevista de trabajo se habían invertido para dejar la decisión en la joven, no en la vieja. Lucía se limitó a asentir inexpresiva, pero sin reprimirse ninguna expresión. El cuarto olía a encierro y humedad, pero era normal. Guardaba también algo del olor de quien hubiera vivido ahí antes, quizá los zapatos. Ya impregnaría Lucía, si se quedaba, sus propios aromas y humores, aquellos que para ella no olían a nada. Fuera de las dimensiones de aquella casa, todo era demasiado habitual, demasiado moldeado, cambiaban los colores, los nombres de las personas, aunque aquí la señora se veía empática y amable, por lo menos de primera impresión.

El señor llega tarde de trabajar y se va temprano. Los sábados sale más temprano porque es ingeniero y tiene una obra fuera de la ciudad que supervisa sólo esos días. Pero es muy delicado con cómo se hacen las cosas. Su ropa tiene que ser doblada de una forma en especial y la que se cuelga también enganchada con el gancho siempre hacia adentro. Ya verás los detalles. No puedes traer novios. Ni te pueden tocar a la puerta de la casa. Al señor no le gusta que laven su cafetera con jabón para trastes, pero puedes hacerlo discretamente, una vez por semana. La comida le gusta con poca sal, ya verás lo que quiere decir poco. Tuvo, hace años, problemas con el corazón, le dice en voz baja, como si estuviera ahí afuera del cuarto. No le gusta el ruido, ama su intimidad, hasta a mí me la exige a veces, y tengo que respetar, dijo como hablándose a sí misma, incluso como mirando hacia adentro, usando palabras sin preocuparse de ser entendida. Los viernes nos tomamos nuestros highballs, sólo uno o dos. Su estudio lo usa poco, pero le gusta tener todo siempre igual ahí, en la misma posición. La señora Ambó hizo que la imagen de “El señor” se volviera un tanto intimidante para ella, pero porque a ella misma parecía infundirle respeto. La ropa debe ir siempre en el orden que está ahora, después de plancharse, lavarse o sólo guardarse. Lucía no pensó en cambiar su “Está bien” de minutos atrás por alguna frase de rechazo, sólo pensó que las cosas se habían tornado un poco más detalladas, pero no era nada que no pudiera manejar. Regresaba siempre a pensar que le gustaba cómo era la señora Ambó. La señora Aurora, como le podía decir.
Ese mismo día, sin que se lo pidiera la señora, que se había despedido de forma ambigua, inició a trabajar Lucía, sin recibir instrucciones de cómo hacer lo básico, y a las seis se fue, ofreciendo regresar al día siguiente con sus cosas y establecerse, por el tiempo que fuera.

Lucía tenía pocas pertenencias. Era práctica para vestir. Le gustaba más ver revistas que mirar televisión, y de las revistas le gustaba la sección de las novelas de Corín Tellado o de quien se publicara, así que agradecía contar con aquel revistero lleno. A veces notaba las historias melosas, otras repetitivas, y otras poco creíbles, pero pensaba que eso hacía que las buenas historias fueran más disfrutables. Había visto en su recorrido que la señora tenía un librero lleno. Grande. Quizá las novelas de sus libros podrían ofrecer temas más variados que las novelas seriadas de sus revistas, además tendría que imaginar las partes faltantes cuando los números estaban incompletos. Su madre le había inculcado estudiar y se había propuesto hacer lo posible porque su hija tuviera una carrera técnica, pero la crisis del 82 no le permitió darse el lujo de ser madre soltera con una hija en preparatoria y Lucía tuvo que desertar para el segundo año. Aún con lo logrado en los estudios y con su trabajo, Lucía se sentía satisfecha, no necesariamente conforme, y sabía que tendría oportunidad de terminar la preparatoria y saber qué estudiar después, aunque tardara más. Había hablado con su madre y concluyeron que nunca era tarde para continuar. Además, Lucía no sabía si en verdad quería una carrera técnica o algo más. Trataba de saber sobre lo que la gente hacía, la de las casas donde trabajaba, la que se pudiera. La señora Ambó no parecía tener una profesión, ni siquiera un quehacer. Todo indicaba que el señor, como ingeniero, mantenía la casa y que con ello era suficiente. Luego vino la enfermedad de la madre de Lucía, y con ella la necesidad permanente de su hija de trabajar para llevarle dinero a casa, en Milpa Alta, dos veces al mes.

Al día siguiente también había llovido por la noche. Con cierta ilusión, Lucía descendió del camión con una maleta y un neceser que le provocaron varias muestras de queja y de desprecio de sus acompañantes viajeros. Los mismos charcos del día anterior eran más difíciles de esquivar por el nuevo equilibrio que el peso le exigía. Lucía sentía un entusiasmo que parecía venir de fuera, como si las maletas la jalaran al grado que ella tenía que cuidarse más de no pisar el agua que de guiar su paso hacia la casa Ambó. Un silbido a lo lejos la hizo mirar al frente. A cierta distancia, venía otra empleada de casa, uniformada, con un suéter, silbando una canción y mirándola. La chica, morena claro y con el pelo recogido con minucia, llevaba una bolsa del mandado en la mano. A Lucía le extrañó que la mujer la mirara tanto tiempo, tan seria. No sabía si la quería saludar, estudiar o retar. O advertirle algo. En su mirada se notaba un esbozo de risa mental que acentuaba su duda. La canción que silbaba no paró. Mientras esperaba y descansaba los dedos del peso de las maletas, Lucía reconoció la canción de Marisela que había oído antes a lo lejos de algún radio o tocadiscos. Lucía pasó junto a ella sin que las dos chicas dejaran de mirarse. Pero algo se sentía indebido, como si Lucía tuviera que detenerse y no solo pasar de largo.

La señora Aurora abrió con los mismos movimientos del día anterior. Lucía los extrañaría, pues ahora viviría ahí. Le daría su llave, con la recomendación de no copiarla ni perderla ni prestársela a nadie. Se aprendería los movimientos para formar parte de su memoria de las distintas casas en que había trabajado durante su carrera como empleada doméstica. O sirvienta, como les decían en los ochenta.

El señor nunca desayuna en casa, pero eso se compensa con la cena, tienes que hacer la comida igual que yo. La misma cantidad de sal, las mismas porciones en los ingredientes, el café a la misma hora, cuando te vayas, para que cuando él llegue esté recién hecho. No sé cómo hace, pero siempre llega a la misma hora, aun en esta ciudad de locos, entonces tú debes terminar siempre a la misma hora.

A Lucía estas recomendaciones se le hacían un tanto extrañas, pero en el fondo eran para ella originales y hasta divertidas. Alimentaban su curiosidad por ver al señor. Ya le tendría la confianza Aurora de contarle la vida con su esposo, de decirle los nombres de sus hijos y qué ha sido de sus vidas. Lucía sentía que los hijos estaban alejados. No sabía si porque no había fotos recientes o por la soledad que se respiraba en esa enorme casa. Los retratos mostraban a una familia con dos hijas y un hijo más joven. El “señor” mostraba unos pesados anteojos, una mirada única, y grandes patillas en la mayoría de las fotos. Era como si la niñez de los hijos fuera la época más feliz de todas las familias, pues aquí tampoco había fotos recientes de la familia. Lucía no se imaginaba con hijos. No había tenido más que un novio y un par de amoríos que podrían no contar. No sabía si era que la vida junto con su mamá había sido complicada y el tema estaba entre los de poca importancia. Con Omar había durado varios meses, ella no recordaba cuántos, pero habían sido siete. Con él perdió la virginidad, pero no fue algo trascendente, se le hizo simplemente como un trámite cumplido. El chavo era bueno. La había rondado por casi un año, y ella finalmente accedió más por la insistencia, aunque no se le hacía poco agraciado, y le gustaba que siempre olía bien. A Odorono, Oldspice, Ossart y a veces a Wildroot. Los domingos a agua de colonia Sanborn’s. Pero algo se fue diluyendo en los dos después de siete meses. Era como si, sobre todo él, se hubieran decepcionado mutuamente y simplemente hubiera querido compensar un poco el tiempo que la pretendió. Su madre nunca se metió con su relación, pero Lucía sentía lo que pensaba de ella. Su silencio era suficiente. Nunca mencionó su nombre.

La casa era sencilla de limpiar. La señora no le dio un plan de trabajo ni una indicación determinante sobre asearlo todo en el mismo día. Con la libertad de administrar su trabajo, Lucía podría disfrutar sus distintos recorridos y crearía días diversificados que resultarían hasta entretenidos, descubriendo posibilidades, combinaciones, encontrando rincones nuevos o que se verían así por venir de asear un lugar diferente cada vez. No parecía haber algo que se podría considerar rutina. Así se veía: conociendo la casa y los hábitos de los señores, lo que le permitiría hacer un día un baño y una sala, otro día el estudio y dos recámaras, otro más el baño de abajo y el comedor, y así, combinando hasta que los tiempos quedaran exactos para terminar en el minuto exigido, hacer la cena y el café. Los viernes, por cierto, le había pedido sólo dejar, además de la cena, todo siempre preparado para hacer highballs en vez de café: vasos, hielos, agitadores, whisky ­y coca-cola, todo en una charola.

Marisela volvía a escucharse desde una de las casas de al lado. Alguien parecía tener un gancho con esa cantante, y esa canción.  

—¿Cómo se llama la chica que trabaja en la casa de al lado, señora Aurora?
—¿Cuál chica? Hay dos señoras mayores.
—¿Pero no hay una que es más joven?
—Ah, del otro lado está Cándida. No es tan chica, debe tener tu edad. Si me disculpas por decirlo.
—No se preocupe. Yo le digo chica a casi todo mundo.
—Imagino que a mí no me dirías chica. Dijo Aurora torciendo la boca y alzando una ceja.
—No, ¡cómo cree señora!

Lucía no entendió la broma de la señora Ambó, pero la señora entendió que la había puesto en un apuro de ésos donde cualquier cosa dicha hubiera sido empeorar la situación. Cándida era, entonces. No había posibilidad de equivocarse. Hay personas que van con su nombre a la perfección. No la conocía, y aun así sabía que ese nombre no podía pertenecer a alguien más, ni ella llamarse de otro modo. Tampoco se quedó demasiado en el significado de la palabra. Eso era lo de menos. La había intrigado con la forma en que la había mirado, con su forma de caminar como hacia ella, por la música aquélla que insistía en hacerla escuchar. Por qué no, también con su físico. Era como Omar, pero en mujer. Morena claro (más claro ella), pulcra, de facciones armoniosas y de una mirada que hablaba de una personalidad profunda, misteriosa, divertida que en el caso de Omar, parecía haber sido lo no se había podido, conjugar, entre otras cosas.

Había un radio en la cocina y una televisión blanco y negro muy pequeña, marca National. La señora le había dicho que podía usarlos durante la mañana, a volumen moderado, pero Lucía no estaba interesada. Le importaba más oír la música que venía de otro lado, y sus pensamientos no necesitaban de una musicalización continua, permanente. La ropa sucia del señor quedaba siempre aventada sobre una cesta. Sus zapatos en la misma posición, encontrados de la punta, junto a la cama. Más que sucia, la ropa quedaba arrugada, oliendo a una combinación de aromas entre alguno de los perfumes de la señora y la loción del señor, siempre la misma. Yardley. La botella estaba en el vestidor del señor, sobre una repisa entre las camisas y los trajes. Había que lavar la ropa diario, plancharla, doblarla y ponerla hasta abajo, entre las prendas del mismo tipo. Los trajes se plancharían o se llevarían a la tintorería, si estaban colgados en la puerta del baño. En el vestidor también debían colgarse en orden de uso, hasta la derecha lo recién utilizado, siempre con el gancho apuntando hacia la pared del vestidor, los trajes o sacos viendo hacia la izquierda.

Después de su jornada de trabajo Lucía podía hacer lo que quisiera. Ver televisión, salir, no hacer nada. En todas las otras casas tenía que estar permanentemente disponible. Para ello, una casa tenía un timbre que daba con el cuarto de servicio, la otra una campana, y la otra los gritos de la señora. Acá, la señora le había dicho que no era necesario hacer nada después de la hora aquella. El café y la cena (porciones pequeñas, por cierto) quedaban listos a las 7 20. Esa primera noche, Lucía tenía interés por salir, pero llovía y con cierta furia, nuevamente. Había empezado a llover justo a las 7 00. No le disgustaba, por fuerte que lloviera, pero imaginaba que no habría nadie en la calle por esa razón. De entre los libros había visto alguno que otro que despertaba su curiosidad. En la biblioteca del pasillo, que no la del estudio donde había libros más viejos y enciclopedias de distintas índoles. La biblioteca del pasillo era un librero y entendía que ahí estaban los libros de la señora. No parecía estar leyendo nada por el momento, y los libros parecían llevar ahí algunos años ya leídos. De entre todos, la señora veía que había varios de Anaïs Nin, de Charlotte Bronte, Emily Dickinson, Silvia Plath. No las conocía. Había portadas coloridas de Irving Wallace y de Jeffrey Archer; de Pacheco, de Fuentes, de Jorge Ibargüengoitia tenía muchos. De éstos últimos, quizá eran todos los que el autor había escrito. Tampoco lo conocía. De él podría tomar alguno que no se notara. No tenía nada que hacer y la lluvia podría ser de ésas que no paran. Tenía poca confianza como para pedir uno prestado. Pensaba que, al guardarse en su cuarto, la señora ya no tendría por qué salir. Como aparentaba. Tomaría un libro, tendía el espacio que tarda el café en hacerse para ir al librero, sacar uno del autor, empujar el resto y regresar a ponerlo al día siguiente. Tenía que hacerlo entre esos minutos, antes de su salida, para no arriesgar toparse con el señor. La cafetera comenzaba su ruido. Lucía salió sigilosa de la cocina. El pasillo se había oscurecido, no tanto por la hora como por la lluvia. Al fondo, del lado izquierdo, estaba la puerta del cuarto de los señores. Si se abría la puerta, el pasillo se iluminaría con lo poco de luz natural que restaba al día combinada con la de un foco ya encendido y la señora encontraría a Lucía entre los libros. Tendría que dar una incómoda explicación y quizá agotar en un solo día la confianza de la señora. Caminaba de puntas sobre aquella alfombra verde que debajo tenía duela, porque crujía más que nunca. Nunca era un solo día, pero no había crujido así. Ni siquiera se había percatado de que era duela lo que estaba abajo, sólo ahora que iba a la mitad del pasillo y que no tenía forma de regresar sin provocar los crujidos correspondientes. Estaba más cerca de los libros de Ibargüengoitia que de regresar. Los relámpagos de agosto, gritaba su título el libro, fondeado por la propia lluvia y uno que otro trueno, anterior o posterior al momento, pero ambientador de su actuar subrepticio, arriesgado. Lo tomó aguantando la respiración, como atacando al libro por la espalda, y como si haciéndolo así evitara que el libro gritara. Lo tomó y sostuvo los libros de al lado, dejando un pequeño hueco entre éstos y La carcajada del gato, de Spota. Un trueno la espantó, pero también la ayudó a dar un paso más firme. Imaginó que al voltear encontraría a la señora ahí, parada, con su peinado acomodado para recibir al señor. Con su vestido anticuado pero elegante. Con sus zapatos de tacón medio porque los de tacón alto se veía que los había dejado de usar años atrás. Volteó, no había nadie. Un nuevo trueno parecía ser una advertencia del cielo por el hurto temporal que estaba cometiendo. Lucía, nerviosa, entró a su cuarto. Comenzó a leer y a tranquilizarse. Le gustó estar en ese cuarto de luz amarilla y paredes verdes. Le gustó también cómo sonaba la lluvia y tener un libro para leer. Le gustó saber que estaba la señora Ambó en esa casa y que por ahí estuviera Cándida. Se quedó dormida tres horas después, cuando terminó Los relámpagos de agosto. No oyó al señor llegar.


II
La mañana siguiente, la señora estaba en la cocina cuando ella llegó a trabajar. Por suerte no traía el libro para devolver. La señora tomaba café, mirando hacia la ventana de la cocina. No reaccionó cuando Lucía entró. Una tasa y un plato estaban en el fregadero, asumió, del señor, a quien no había oído tampoco irse.
—Hoy saldré por la mañana. —Le dijo Aurora a Lucía sin girar a verla.
—Está bien, señora. Me dice si hay algo que deba hacer mientras no está aquí. —Aurora miró a Lucía, con gratitud.
—Tómate un café.
—Voy por pan.
—Compra pan para nosotros también. —Le dijo mientras sacó de su manga un billete de 10 mil pesos—. Te compras lo que quieras. Y traes leche. La panadería está bajando cinco cuadras por Fuentes. Traes para dos días. Las piezas que te gusten más. Al señor le gustará un cambio de pronto.

Se aproximaba la hora en que Lucía había llegado a la casa Ambó, el día anterior. Quería coincidir con la salida de Cándida con su bolsa del mandado para ver si hablaban. Al salir se encontró con las calles mojadas, encharcadas, y hasta resbalosas, en su descenso por Fuentes. Esta vez lloviznaba un poco aún, casi como rocío, pero de ésos que no permiten que las calles se sequen ni en algunas partes. Lucía no coincidió con Cándida, por más que caminó lento, por más que volteó hacia atrás, pero cuando llegó a la panadería la vio ahí, pagando. Cándida no vio a Lucía en primera instancia, sólo después de dar unos pasos, mientras contaba el dinero que le habían dado de cambio. Lucía usó esto en su favor, pues al toparse casi chocando sonreía, solo que la otra se espantó y más al verla tan cerca. La sorpresa de casi chocar y de reconocerla ocurrió en dos tiempos y en distintas formas. Lucía mantuvo la sonrisa, pero Cándida no se repuso y reanudó la marcha con seriedad. Lucía escogió el pan apresurada, tomó dos litros de leche y pagó. Al salir vio que Cándida estaba parada en la esquina de la calle. Se notaba que la esperaba, pues miraba hacia la salida de la panadería. Ahora Lucía estaba nerviosa, si Cándida se había querido desquitar de la sorpresa de la panadería, lo había conseguido. Lucía caminaba aproximándose a su aún no amiga sin saber qué hacer, o qué decir, era un tramo de 18 pasos importante en su vida. Había tenido la curiosidad de su mirada la primera vez que notó que le quería decir algo. Pero ahora la inquietud era por su persona y el pretexto era…
—Hola.
—Hola. —Cándida quería preguntarle por qué la había seguido, pero no hallaba cómo preguntar eso de una forma que no fuera en tono de reproche, y por tanto intimidante. Cándida llevaba cuatro años trabajando en casa de la señora Hortensia, esposa de don Elpidio Hernández, empresario retirado. El trabajo estaba bien. Había cocinera y una ex niñera de dos varones ahora crecidos, que se había quedado como dama de compañía de la señora. Gloria y Antonia, respectivamente. Las mujeres eran suficientemente amables y respetuosas de su trabajo y de su persona. Los silencios entre Lucía y Cándida le permitirían a Cándida más adelante contar esta parte de su vida. Caminaron juntas, mirando hacia el piso, como si ya se conocieran y estuvieran peleadas, pero con la voluntad de reconciliarse. Como una novia y un novio que peleaban seguido, y que supieran que dejando pasar cierto tiempo proporcional al enojo, todo volvería a la normalidad.
—Tú trabajas en la casa de al lado de la señora Ambó. —dijo Lucía para tomar la iniciativa, terminar con la incomodidad y dejar el trabajo de responder y preguntar a Cándida.
—Sí.

Silencio.

Pasos.

Cercanía del fin del recorrido.

—Me llamo Lucía. —Dijo, esperando reciprocidad. Quería oír el nombre de Cándida dicho por sus propios labios. Nunca pensó estar en una situación así. No sabía si extenderle la mano, era tímida para cosas de ese tipo, era de por sí raro, no iba con lo que debían demostrar las señoritas de su condición. Sentía además que podía ser un poco ridículo para Cándida. Lucía se resignaba a no recibir nada de nada. Ya estaban en la casa blanca con techo verde donde Cándida trabajaba. Nada más que decir. Había en ella cierto enojo, cierta frustr…

—¿Nos vemos el viernes a las 7?
—Sí. ¿Puede ser más tarde? Tengo que hacer el café para el señor a las 7 20. —Cándida miró a Lucía con sequedad. Otra vez estaba ahí esa mirada.
—Sí.
Las mujeres se separaron.
—Yo soy Cándida. —Alcanzó a decirle con la llave dentro de la chapa. Un esbozo de sonrisa parecía escapársele a su voluntad.

“No eres”, quiso decirle Lucía. “No tienes nada de Cándida”. Se oyó la puerta de la casa blanca con verde cerrarse. Algo silbaba ya adentro, ya no se distinguía, pero imaginaba Lucía claramente qué canción era.

El estudio del ingeniero, “el señor”, era el área más oscura de la casa. No parecía tener mucho tiempo que había sido aseado, y sin embargo algo tenía que lo hacía sentir empolvado. El amarillento tapiz, los periódicos viejos, los objetos que descansaban sobre el escritorio, las cortinas gruesas y viejas, la lámpara, el abrecartas, el sillón, el sofá, la lámpara de balastro, el apagador, todo parecía que no había sido tocado en años. Los libros parecían ser en algunos casos especializados, en otros los de otra persona que no era ingeniero. En su poca experiencia algo apreciaba Lucía de esto. Una enciclopedia en español, UTEHA, otra en inglés, Britannica. Una colección de novelas y libros de temas varios dentro de la misma colección; más novelas de Espasa-Calpe, algunos del Fondo de Cultura Económica. Periódicos amarillos pero sin polvo. La señora había salido en uno de los dos autos que siempre estaban. Sabía cómo sonaba el portón al ser abierto porque lo había oído por primera vez esa mañana. Lucía se sentó en el sillón, no sin sentir que transgredía algo más allá de la no propiedad del mueble. Observaba desde el punto de vista del ingeniero, por ser su lugar. El escritorio tenía la cubierta de vidrio y debajo calendarios viejos y algunas fotos: una de la señora seguramente cuando era soltera, otras tres de cada uno de sus hijos niños, muy viejas. Entendía que el ingeniero casi no usaba ese estudio por trabajar tanto. Quizá hubo alguna época en que lo usaba mucho, se entendía que en los años 70. El sillón era de piel beige pero, como casi todo ahí, amarillaba inclementemente. Hacía un ruido de rechinidos que era fácil de identificar desde cualquier punto de la casa. Se mecía hacia delante y atrás provocándole un esfuerzo de equilibrio en el vientre que imaginaba sería agotador después de las horas que implicaba una jornada de trabajo de escritorio. También tenía cierto juego mecedor involuntario hacia los lados, y hacía demasiado ruido al girar a la izquierda o a la derecha. Lucía nunca se había sentado en uno de estos muebles. Se le hacía extraño que había un rectángulo de piel acolchonado sobre el vidrio, frente a ella, para su gusto demasiado acolchonado para escribir en papel sobre él. Seguro el papel se rompería. El techo tiroleado rodeaba una lámpara de cristal cortado, amarillo, que parecía una piña colgando del centro techo y que si caía seguro rompería y con estruendo el vidrio del escritorio. Lucía no la había visto hasta sentarse ahí y mirar en panorámico toda la oficina. Tuvo una extraña fantasía viendo entrar por la puerta a la señora Ambó, quizá veinte años atrás, vestida de forma provocadora, subiendo al vidrio de ese escritorio y montándose en su esposo después de retirar como se pudiera cualquier cosa que estuviera ahí, con las fotos de la familia mirando toda la escena. Tocándola. La fantasía no se le hizo más que eso. Esta gente no hacía este tipo de cosas. Con un poco de presión por el trabajo doméstico y por tanto cierto apuro. Lucía se levantó y se dirigió al librero en cuyo rincón se encontraba la pequeña pila de periódicos. Tomó dos de ellos, el Excélsior y el Universal, y le extrañó ver la misma foto en la primera plana de ambos. Luego miró la fecha, 28 de noviembre de 1983, también en ambos. Los periódicos no estaban tan viejos para estar tan amarillos. El titular del Excélsior decía: Murió Jorge Ibargüengoitia y la fotografía tenía al pie la explicación del avión que se había accidentado en Barajas, España. Al ver los demás periódicos comprobó que eran todos de la misma fecha. Jorge Ibargüengoitia. ¿Tenía que ver eso con que tuviera la señora tantos libros del escritor? El país mostraba una gran foto con los restos del avión esparcidos en mil pedazos “El incendio de un motor y la súbita pérdida de altura, probables causas de la tragedia cerca de Barajas.” “Cuatro escritores latinoamericanos, una pianista y dos oftalmólogos españoles, entre las víctimas”, que en total sumaban 183.

Lucía se quedó pensando en Ibargüengoitia y en la colección de sus libros. Se apenó por la muerte del escritor de cuya obra había leído apenas dos noches antes sólo un libro y que ya la había dejado impactada, divertida, conmovida. Había sentido su autoría, sin que lo pensara con estas palabras, pero lo había percibido, lo había tenido cerca de ella. Ahora quería leer más de él. Aprovecharía para ir por el libro de Las muertas, que era el que tenía duda de sacar desde aquella primera noche en que, sentía y se decía, perdió la virginidad literaria con los Relámpagos de agosto. ¿Leería diferente ahora que sabía sobre el malogro del escritor? Esperaba que no, sin verbalizar en su pensamiento nada de esto. Lucía comenzó a sentir algo por ese estudio, no quiso pensar qué era, más bien se puso a asearlo para no perder más tiempo, se dejaba llevar por sus impulsos, y el de trabajar era el más inmediato. Mientras trabajaba se daba cuenta de que quería cuidar su permanencia en esa casa. Que la señora tenía una forma exacta, precisa de ser: sin agobiarla ni descuidarla; sin ignorarla ni buscar esa excesiva —y a veces falsa o perecedera— cercanía; no quería confundirse, no quería decepcionarse. Ninguna casa podía hacerle sentir apego porque todo eso podía acabarse en cualquier momento, pero sentía exactamente que la casa la acogía, como si respirara y al haberla recibido, hubiera respirado más profundamente, con alivio. Sentía que la casa la guiaba hacia todas sus partes, paulatinamente, dosificadamente. Primero lo superficial, luego cada vez más en el detalle, en lo profundo. Tenía una fuerte duda, qué pasaría con el señor cuando se conocieran. Sentía duda, miedo incluso de que algo malfuncionara y tuviera que irse. O que por algo el hombre se sintiera atraído hacia ella y ella tuviera que rechazarlo, lo que sería el inicio del fin, un final tortuoso a base de acosos, reclamos en secreto, quizá hasta calumnias, en el que el destino final sería la separación. Lucía se regañó, pensó que estas ideas eran producto de las novelas del corazón que había leído durante tantos años, que posiblemente, si hubiera leído más cosas como lo que recién había conocido, habría creado una historia mejor para su destino en esa casa. Luego volvió a pensar en ella, en la casa, en cómo la había llevado a aquel pasillo con libros para luego protegerla a la hora de ir por uno de ellos, la había llevado a cada cuarto, a cada baño que presentaba su mejor rostro posible dentro de su difícil función, por cada retrato y cada cuadro que le mostraban su más lustrosa faceta, un brillo, un reflejo, una iluminación, un color, una opacidad. En los discos LP con cubiertas gastadas seguro por el número de veces que cada uno había sido puesto; en las licoreras de la barra, anticuada y espectacular como en las películas de Tere Velázquez. Pensó en la señora Ambó. En su refinamiento involuntario, descuidado; en su bondad reservada, en su abandono durante el día, en su respeto por el señor para las cosas donde, como toda mujer, ella decidía a pesar de la voluntad inocente del señor y de su creencia de que las cosas se hacían como él decía. Seguro así sería en todos aspectos. Imaginó que a él le gustaban ciertas posiciones sexuales y que ella hacía como que también eran sus preferidas. ¿Cómo imaginaba estas cosas si ella sólo había tenido sexo tres veces con Omar? Tres veces espaciadas y cada vez menos placenteras, más mecánicas, insípidas, monótonas, como si se tratara de una pareja de treinta años y no una de tres meses de tener sexo. Encuentros acordados sin emoción, sin temor a que salieran mal o a que alguien los descubriera, porque eran tan simples que no parecían una transgresión prematrimonial ni una afrenta a la moral familiar madre-hija. La aspiradora no alteraba con su ruido el curso aleatorio pero finalmente ordenado de los pensamientos de Lucía, quizá sólo los levantaba para que éstos se acomodaran por gravedad. Pensó así de nuevo en la señora Aurora, en su nombre y en que le iba bien. Que ahora que había salido, la casa no era la misma sin ella. Que le preocupaba que le pasara algo manejando o en el lugar al que hubiera ido, porque su conciencia era tenue, como si se guardara para ser completamente ella para cuando su señor marido volviera. Dudó de la permanencia de esos periódicos y de la existencia de toda una colección de los libros de Ibargüengoitia. Recordó que iba a tomar como préstamo Las muertas. Apagó la aspiradora y se percató de que ningún ruido anunciara un prematuro regreso de la señora. Imaginó, en su camino al pasillo del librero, a la señora en algún café quizá de Perisur, con amigas hablando de los sucesos recientes, todos de mediana importancia, y de sucesos anteriores, siempre más comentables, más emocionantes que todo lo presente; sucesos amarillos como el estudio del señor.

Ahí estaba Las muertas junto a Estas ruinas que ves, esperando ansiosa a Lucía, como si hubiera sabido que la leería desde que lo decidió. Se veía leído, el libro, pero como seguro todos los demás, su papel mostraba el paso del tiempo en color y olor. Lo abrió. Veía esa tipografía reducida en ese ejército de palabras ahora sin sentido, pero sabiendo que por la noche las repasarían sus ojos con admiración e incluso conmoción, después de ver los periódicos o independientemente de ello, porque sabía –había comprobado– que la obra podía conmocionarle por sí sola. Vio en la contraportada la cara del escritor. Era la misma foto que estaba en Los relámpagos de agosto, mirando hacia un lado, semi sonriente, con una chamarra Members Only. Esta imagen suya se veía un poco más nítida que la otra, y Lucía lo atribuyó a que ahora sabía más de él. Puso el libro en la bolsa del delantal de su uniforme. El libro mostraba su forma a través de la tela. Fijándose bien, se transparentaba la portada. La casa olía a limpio. Se notaba su mano en tan solo dos días de trabajo. No debía confiarse, pero se enorgullecía. Miró a los libros mirándola a ella. Quizá, si la fortuna era buena y su desempeño también, podría leerlos todos. Confiaba en el gusto literario de la señora Ambó. Eran unos doscientos o trescientos libros, pero ella no sabía que podía leer tan velozmente. “Ya habrá tiempo para cada uno de ustedes,” les dijo con la mirada, sin tener que enunciarlo. Lucía aprovechó estar ahí arriba para hacer la habitación de los señores. Tomó la aspiradora y el plumero del closet junto al cuarto y los metió. Los puso sobre la alfombra cuidadosamente. Tomó el pijama del señor Ambó y lo dobló sobre el sillón del cuarto. Sus arrugados pantalones y su camisa descansaban sobre la alfombra, como si se hubiera desvestido presuroso para dormir o para tener sexo con la señora. Pensó que era lo segundo, porque, inusualmente, según las instrucciones, dos vasos de highball estaban sobre la mesita. Ambos vacíos, pegajosos, opacos. Uno con los labios de la señora marcados en varias zonas de la boquilla del vaso. Quiso imaginarlos ahora. Las colchas y sábanas enrolladas no le decían mucho. Quizá era un sexo conservador, simple, pero cariñoso. Quizá era sólo una excepción alcohólica de una noche de miércoles, a propósito de la copiosa lluvia, o sólo porque sí. No conocía a la señora tanto como para distinguir si aquel miércoles se le veía o no con más avidez de fiesta de lo común. La ropa de la señora estaba junto a la del señor. Era como si se hubieran desvestido juntos, simultáneos, despreocupados. Los zapatos de ambos, simétricamente puestos en el piso, se asomaban a la orilla del umbral que deja la cama cuando la luz del cuarto está encendida y que al día siguiente la luz del sol borra, igual que los zapatos pierden el calor húmedo de su uso de todo un día. Los imaginaba desvelados, festivos como jóvenes, pero con una festividad privada. Como si haber tenido hijos hubiera sido un gran paréntesis en sus amoríos y estuvieran retomando noche a noche el festejo de ser pareja. El saco del señor y su corbata estaban sobre el respaldo de la silla, pero a diferencia del resto de las cosas, no estaban puestos con cuidado: el saco con el forro hacia afuera colgaba del respaldo como un niño desparpajado en una silla, las mangas a medio sacar y el cuello desdoblado; la camisa encima y la corbata debajo de la camisa. Era posible imaginar los movimientos en orden, un orden lógico, pero no una manera clara. La señora iba a tener un desayuno la mañana siguiente a aquella improvisada noche de copas, pero no parecía haberle importado. Viendo bien, notaba las almohadas y los imaginaba durmiendo profundo. No estaban las pastillas para dormir como la noche anterior. La funda de la almohada de la señora ¿o del señor? (no alcanzaba a distinguir quién dormía de qué lado de la cama) tenía labial. Tendría que cambiar toda la ropa de cama. La señora le había dicho que ésta se reemplazaba los lunes, por más que el señor decía que podían aguantar ¡diez días! Cuando se lo dijo apretó los labios, entrecerrando los ojos y negando ligeramente con la cabeza, como en complicidad higiénica con Lucía, pero la chica ni en este caso se imaginaba dejando así la funda.
De pronto, Lucía vio a Cándida, no llevaba el uniforme, sino una bata. Entendió Lucía que no era realmente ella, era como una presencia de ella. Entendió Lucía que era su imaginación. Dejó de asear el cuarto. Miró hacia la puerta como si se saludaran con esa sonrisa apenas esbozada y esa mirada que deja entrever mil pensamientos, secretos y ocurrencias. Lucía caminó hacia el pie de la cama y se sentó. Esperó a que la imagen de Cándida decidiera avanzar. La miró con una mirada que nunca le había visto. Cándida entendió y después de unos segundos avanzó hacia ella, nunca dejándola de mirar. Se paró justo frente a Lucía, cuya cabeza tuvo que inclinarse para verla ahora hacia arriba. Luego miró de frente, a lo que Cándida quería que mirara. Su liso pecho moreno, los incipientes círculos de sus senos que ocultaban la perfección del resto de su circulatura. Cándida se acercó un paso. Lucía ahora podía oler su piel, notaba que brillaba, como si se hubiera puesto algún bálsamo. Era el olor de un aceite para bebés. Las piernas de Cándida se tocaban ya con las de Lucía, que regresó la mirada hacia los ojos que la veían convencidos. Cerró los ojos. Pensó Lucía en todos los libros que la veían con el mismo deseo convencido. Pensó en los objetos y en los olores de esa casa. Se preguntó cómo era posible que Cándida la hubiera citado hasta el viernes y no antes. Pensó en recostarse en esta cama donde ahora estaba sentada, no debiendo estar ni sentada. Abrió de nuevo los ojos, para ya no ver a Cándida. Se oyó la puerta de la entrada de la casa. Lucía bajó para recibir a la señora Ambó. No creía que fuera a ser nadie más. Cuando bajaba apresurada las escaleras sintió la alfombra resbalosa como para un descenso veloz y bajó la velocidad, al mismo tiempo recordó que traía consigo el libro, pero ya había llegado al final de la escalera, para encontrar hasta el fondo del pasillo a la señora entrando, con una bolsa y más arreglada que un nunca de tres días. Avanzó jadeante, entre susto, agitación y excitación, hacia ella para que no alcanzara a ver el libro, con el pretexto de ayudar con la bolsa, que no era tan grande, pero que le permitiría girar rápido y caminar junto con ella.
—No te preocupes, niña. ¿Cómo estás? —Lucía pensó que alguien que le decía “niña” no podía tener la noche que había imaginado con su pareja, pero se encogió mentalmente de hombros.
—Bien, señora. Permítame. —Lucía le quitó la bolsa para justificar su apresurado descenso y su movimiento para ocultar aquel libro que ahora se arrepentía de haber tomado con su postura y la propia bolsa, aparentando toda la naturalidad posible. La señora no tuvo remedio y la dejó tomar la compra. Miró a Lucía, callada, seria, como si no recordara que la había contratado. Luego le miró el uniforme, recorriéndolo de arriba a abajo. Se frenó para dejar seguir a Lucía, que nerviosa se preguntaba si la había descubierto con el libro que se notaba claramente en ese delantal de tela transparente como gasa.
—¿Dónde la pongo?
—En mi cuarto. —Dijo Aurora mirando fijamente a Lucía.
—¿Niña? —Llamó nuevamente Aurora a Lucía, forzándola a girar y a ponerse la bolsa frente a ella, tomándola con ambas manos por el asa de cartón con textura de tela. Aurora la veía, miraba el uniforme. Lucía se sentía juzgada, quizá era su último día de trabajo y todo se esfumaría. Sintió cómo había trasgredido la casa y las personas en muchos niveles. Sintió su atrevimiento de imaginar a Cándida en el cuarto de los señores, que todo se…
—No tienes que usar ese uniforme si no quieres. —Lucía respiró profundo. Todos sus pensamientos regresaron a su lugar, ordenados nuevamente como libros en librero.

Después de comer, Lucía miró a la panera encima del refrigerador. Había comprado demasiado pan y todavía quedaba mucho como para usar como pretexto para salir ir a comprar más. Ella había sido la única en comer por lo visto. El señor no había bienvenido la idea y la señora comía demasiado poco de todo. Seguro por su cabeza no pasaba el hecho de que hubiera pan en casa, o ni siquiera lo había visto. Lucía quería salir después de su día de trabajo con algún pretexto. Oía por las mañanas la radio de la casa de al lado. Sabía que era Cándida, pero no escuchaba la canción del primer día, que tenía más volumen cuando la ponía. A esta hora ya no había radio y no sabía si su colega estaba en la casa o no. Un día más, solamente. Lucía desechó la idea de salir a buscarla. Podría echar a perder la emoción de juntarse al día siguiente si se encontraban fortuitamente un día antes. Lucía había podido llevar el libro a su cuarto y tenía todo prácticamente listo para preparar más al rato el café del señor y cerrar una jornada más de trabajo. La casa la seguía haciendo sentir acogida. Tenía la sensación de la novedad, pero a la vez la de llevar mucho tiempo ahí.

Por la tarde, el cielo se veía especialmente gris, al grado que había oscurecido la casa Ambó. Pronto el oscurecimiento se confundió con la puesta del sol y sólo los rayos iluminaron el cielo anunciando una noche más de tormenta. Sería la quinta en fila. La radio había avisado que muchos árboles habían caído y muchas calles habían sufrido de inundaciones, como cada año ha pasado en la Ciudad de México. “Préndete la tele, niña, y duérmete temprano. Hasta mañana.” La despedida de la señora anunciaba la bienvenida a la rutina. Aurora había conservado el vestido con el que se había ido a su desayuno del que no habló nada con Lucía, pues hasta preguntarle cómo le había ido sonaba para la chica forzado en esta relación empleada-señora de la casa, pues la relación era cordial y cómoda, pero nada de eso le quitaba lo joven. En su experiencia de ya años, Lucía sabía que las relaciones patronales también llevaban tiempo en su maduración, y ésta era una relación que requeriría de especial tacto. Había dicho que sí sumisamente a la sugerencia de la señora de irse a la cama y sabía que tenía material para leer. Pero moría de ganas de ver a Cándida.

Un rato después, lluvia con truenos y leyendo Las muertas, era una gran noche. Iba a la mitad del libro y eran las once y media. A este paso terminaría a las cuatro y media de leer el libro. Quizá demasiado tiempo, pero es que Lucía estaba disfrutando mucho su libro. Quizá siempre leería a esa misma velocidad, pero no era un tema que a ella le preocupara en lo más mínimo. Pensó dejar el libro por esa noche y terminarlo el viernes después de encontrarse con Cándida. Pensó en cómo leer hacía que el tiempo se suspendiera y se acortaran las horas para la noche del día siguiente. Puso el libro en la mesita junto a su cama. El control remoto de la Trinitron tenía un diurex. Claramente había sido muy usado y se había accidentado, quizá por quedarse sobre la cama mientras la chica anterior, o la anterior se había quedado dormida, y al dar un vuelco había caído sobre el frío piso de cemento que tenía un par de tapetes para disimular el descuido arquitectónico a la hora de terminar de construir el apéndice aquel de esa enorme casa. Ya Lucía comenzaba a imponerse con el olor de su cuerpo, de su jabón, su shampoo o de su crema al olor que había percibido en ese cuarto en su llegada. O se habría acostumbrado. A saber. Con algún grado de arrepentimiento miraba Lucía el libro con la pasta levantada como invitándola a seguir, como temiendo que no tuviera oportunidad de seguir leyéndolo, por más que su propósito era que no llegara el sábado sin que lo terminara.

Ya debería estar durmiendo, Lucía, pero tres cosas la incomodaban. La espera de Cándida, la inquietud sobre seguir o no con Las muertas y conocer al señor Ambó. Todo con el fondo de esa lluvia que parecía no querer terminar y que golpeteaba con fuerza en algún techo de lámina o de plástico tragaluz cerca de su cuarto. Una lluvia que no le permitía conocer los sonidos naturales de esa casa después de las 7 30, que no le había dejado percibir la llegada del señor de la casa, ni familiarizarse más que con los ruidos que estaban acompañados de la luz del día. Respiró profundo. Hacía frío. Esperaba al sueño hacer esa llegada sigilosa, discreta y luego contundente, como diario lo hacía desde siempre, porque siempre estaba tranquila, aunque su madre se hubiera puesto enferma, aunque se sintiera sola o incómoda con su relación aquella, fallida desde su inicio, diseñada con una pendiente en descenso hacia su desaparición y que había recorrido sin resistencia a la gravedad. Pensó que su vida había sido demasiado simple, pero que eso no tenía valor de bueno o malo, y que no quería algo demasiado distinto para el resto de su vida, aunque, pensó antes de que llegara el sueño, estas tres últimas noches habían sido distintas al resto de su vida. La lluvia amainó, como si supiera que Lucía se disponía a dormir finalmente, como si le contestara el pensamiento. Pero entonces fue que Lucía oyó música entre el agua cayendo. Alcanzó a distinguir el coro. Nuevamente era la canción de Marisela. ¿Sería Cándida dándole un mensaje? No parecía probable, pues de hacer ese ruido estaría provocando un serio enojo en sus patrones. Se enderezó sobre la cama. No había duda. Ahí estaba la canción. Abrió su puerta, se oía más nítida. Salió hacia el pasillo que llevaba a la cocina y sabiendo que los oídos engañan trató de seguir el rastro de esa aguda grabación. Se acercó a la cocina y entendió que el sonido provenía del interior de la casa. ¿Por qué esa canción? ¿Por qué otra vez? ¿Por qué la ponían Cándida y la señora Ambó? Pensó en regresar por un suéter, pero imaginó que dentro de la casa estaría templado el ambiente. Avanzó y lo comprobó. Ahora cambiaba su percepción sobre esa casa: más que acogerla, parecía que en ella había avances sin retorno siempre, que era succionada por cada una de sus habitaciones, cada una con recursos seductores distintos. La música, era claro que venía de dentro de la casa. Caminó dudosa por el pasillo aquel donde vio la enmarañada cabeza de la señora con las pantuflas arrastrándose y barriendo hacia dentro. Estaba oscuro como nunca y la memoria del lugar era poca como para recurrir a ella. Ahora era claro que ésta venía del cuarto de los señores. Pero ¿qué podría estar pasando? No pudo regresar. Se fue acercando tocando las paredes, dio vuelta hacia la sala principal, apenas sus ojos se acostumbraban a la penumbra guiada por aquella canción que poco tenía de romántica ahora que se le reproducía como un canto de la sirena Marisela. Recordaba para no tropezar una mesa de largas patas con portarretratos y adornos de plomo y porcelana, parte de la colección de huevos de marfil que se aposentaban sobre bases de fierro y que si chocaba con la mesa haría caer y rodar, provocándole un desastre. Un nivel de escalón amplio que llevaba a otro nivel y luego a las escaleras que finalmente subían en dos tiempos hacia el pasillo del librero y de las habitaciones. La canción iba a más de la mitad y tenía que llegar si no quería que sus pasos fueran desnudados por el silencio, por más que había practicado el sigilo la noche otra del libro. La música venía del cuarto de los señores. Estarían hablando, bebiendo, algo de esto, pero no se escuchaban voces, no había más posibilidad que asomarse por la cerradura, tendría un minuto para tratar de ver qué ocurría. ¿Estaría ahí Cándida? ¿Habría un trío teniendo sexo y eso sería lo que escondía la mirada profunda de su amiga? ¿Sería Lucía la verdaderamente cándida entre toda esta gente? El piso alfombrado volvió a crujir, como advirtiéndole del riesgo de acercarse, ya fuera por ser descubierta o por lo que ella podría descubrir. Finalmente, ahí estaba la puerta, cerrada, y luz encendida detrás como si fuera una dimensión aparte. El volumen era alto. Los señores tenían un buen equipo de sonido ahí y parecía que su uso se lo daban a esas horas. Lucía respiró profundo, avanzó con pasos equidistantes y cuidadosos a la vez, y se asomó por aquella cerradura. No se veía nada ni se escuchaba más que la música, Lucía hacía el esfuerzo por oír algo, y hasta quería inventar la acústica de gemidos o de un colchón resistiendo el embate de empellones de algún tipo, pero nada. Veía claramente lo que un orificio podía mostrar. De pronto las piernas de alguien se pararon ahí justo, como para mostrarse ante ella, un pantalón oscuro, podía ser azul marino. Se quedó ahí por los últimos segundos de la canción, no estaba quieto, se alcanzaba a distinguir que se mecía, que hacía algún tipo de ritual de encanto. Bailaba. Giraba sobre su eje, como a punto de aflojarse el cinturón y desabotonarse ese pantalón para dejarlo caer. Seguro la señora estaría en la cama, esperándolo. Lucía se dio cuenta de que estaba cometiendo un acto de intromisión mayor y quiso irse, pero de momento no fue posible, pues la canción fue desapareciendo hasta quedar en silencio. Se quedó quieta para esperar a que empezara la siguiente canción y poder moverse. Se mantuvo en la postura que le ayudaba a ver por la cerradura, pero ya no se asomaba. El silencio fue más largo que el que hay entre canciones, tuvo que volver a mirar con el terror de encontrarse un ojo mirándola y soltar un grito ensordecedor, su corazón golpeaba al grado que su vista pulsaba, pero vio que ya nadie estaba ahí parado. No quería respirar, sentía que cualquier ruido o movimiento la delataría, aunque su respiración era irregular, entrecortada, expulsando más aire del que jalaba. Finalmente, empezó la música de nuevo. Era la misma canción. Lucía apretó los párpados. Sentía pena por la escena, por romántica que fuera. Sentía su propia intromisión en algo muy personal y más bien patético, sin saber cuánto. La curiosidad quedó saciada, pero en su lugar el arrepentimiento. El volumen actuaba a su favor y con cuidado Lucía se retiró con más confianza, agilidad y velocidad. Era tarde.

III
Por la mañana un susto la despertó. La señora Ambó estaba frente a ella. Eran las 8 40, y la mujer abrió la puerta sin tocar. Lucía tardó en reaccionar, en molestarse por la intromisión, como si ella no hubiera cometido una la noche anterior.
—Buenos días, niña. Toqué pero no contestabas y me espanté, dije “ésta ya se fue también, sin avisar”. Son veinte para las nueve, hija.
—¡Ay, perdón! —Lucía se avergonzó, no pensó que esto le fuera a pasar jamás. Era como si hubiera descubierto la señora sus andanzas nocturnas. Como si ella hubiera sido la que había tenido una escena romántica-patética.
—Te gusta leer.
Lucía vio a la señora viendo hacia su mesita. Ahí estaba Las muertas. Lucía giró la cabeza velozmente, como si tuviera tiempo de esconder el libro.
—No te preocupes. Puedes leer los libros que quieras. Te espero en la cocina. Ya se fue el señor.
Le dijo la señora Ambó, como si fuera la primera vez que el señor saliera temprano.
El día no pudo empezar peor. Ese día que tanto le importaba. Había sido descubierta su toma clandestina de libros y la habían tenido que ir a despertar para ponerse a trabajar. Lucía estaba sentada en la cama mirando la esquina que hacen el piso y la pared. Sintió una resaca, como si hubiera sido parte de ese festín con alcohol, música repetida hasta la náusea y sexo adulto.

El mal momento fue transigiendo durante el día de trabajo, dejando lugar a la ilusión nerviosa de ver a Cándida; una fluctuación de sentimientos entre la inseguridad del empiezo incierto de la mañana y la incomodidad de verse con alguien con quien casi no había cruzado palabra.
—El señor preguntó por ti. Ya sabe que eres una excelente persona y que trabajas muy bien. —Le dijo Aurora a Lucía sin más, mientras estaban en la cocina, Lucía pelando papas y Andrea viendo una revista de sociales y espectáculos. Lucía estaba en el fregadero, pero se giró para no parecer descortés. La señora tenía unas gafas a la mitad de la nariz, para vista cansada, y miraba a Lucía por arriba de estas. Sus ojos café claro, muy claro, esperaban su reacción atentos. Seguro había pensado decírselo varios minutos atrás y esperó un momento –para ella– adecuado para decirlo. Tomó desprevenida a Lucía, acostumbrada al silencio o a las conversaciones esporádicas, lacónicas y pragmáticas.  
—Muchas gracias, señora.
—Nada que no sea la verdad, hija. Le diré que te gusta leer. Le dará mucho gusto. —Lucía se limitó a sonreír y a asentir con el pudor de recordar cómo la señora había descubierto su afición.
—¿Y no piensas, quizá más adelante, seguir estudiando?
—No lo sé, señora. —Aurora pensaba en ofrecerle la facilidad de estudiar más adelante, en caso de que la joven subsistiera trabajando ahí a pesar de lo que fuera, pero la oferta era algo demasiado prematuro y hasta imprudente, que podría ahuyentarla o resultar contraproducente de muchas formas. Lucía no esperaba otra pregunta añadida a la conversación que daba por terminada al menos por un rato. Parecía que la señora sabía cómo darle pequeñas sorpresas, y ese día había cumplido con una buena cuota de ellas, aunque la de la mañana fuera en gran medida causada por su descuido al quedarse dormida— Es posible. Quizá más adelante.
—Tú no eres como las otras. Y vaya que he conocido a tus colegas. Unas están tres días, otras dos semanas, alguna más de un mes, yo creo por despistada, más que nada—. Cualquier rato es suficiente para conocerlas e imaginar sus reacciones. Pero contigo es diferente, y tengo muchas esperanzas en ti. Podría decirte que empiezo a sentir afecto. Por ahora ya tienes mi aprecio.
Lucía entendía a lo que se refería con estas palabras la señora Ambó. Se sentía agradecida por la confianza en decírselo, pero también por la forma en que se lo decía, confiando en su inteligencia, en su capacidad lingüística. Jamás creyó tener un intercambio así, no sólo con alguna patrona, sino con nadie. Al mismo tiempo sintió un gran pudor como para decir algo más. El pudor era más fuerte que lo que sabía era debido: externar su agradecimiento. Seguramente estaba sonrojada, miraba hacia abajo, parecía mirar las papas pelonas acumuladas en la olla de presión, pero miraba entre la olla y sus pies.
—Vamos, hija. Leer a Ibargüengoitia no es para avergonzarse tanto. —Dijo Ambó para destensar a Lucía, quien volteó a mirarla con ojos muy abiertos para comprobar la broma. Una sonrisa se marcó inevitable en su boca. Ya podía poner la última papa, echar agua, cebolla y sal y cerrar la olla sin temor a hacer ruidos que incomodaran la escena. Ya se había borrado la mortificación matinal que aún guardaba rastro en el silencio anterior a este intercambio. La señora, conforme, apenas sonriente regresó a su revista. Ya podía concentrarse, ahora sí, en leer sobre chismes de la realeza europea.   

* * *
Lucía apresuraba sus últimos movimientos de la jornada. Afortunadamente tocaba sólo preparar todo para los highballs de los señores y no café, que era más tardado y que tenía que estar en un minuto exacto. Eran 7:10, Lucía dejaba el agitador de plástico rojo de brandy Don Pedro. Se sentía mal porque había llegado tarde y salía diez minutos más temprano, pero había terminado. Apenas tiempo para darse un baño casi de enjuague nada más y de recogerse el pelo. Crema, no pintura. No le gustaba, no sabía, no le daba tiempo. No podía experimentar, no podía más que hacer esto planeado desde el martes.
El cielo estaba completamente oscuro. Como si se hubiera metido a bañar horas antes. Como si un interruptor hubiera preparado un escenario a media luz. Llaves, monedero (por si le podía invitar algo). Falda rosa, blusa blanca. Suéter negro. No medias. El pasillo entre la casa y la puerta era más largo que nunca. Temió oír a la señora gritarle a dónde iba, o que necesitara cigarros. Cigarros no, porque se había asegurado de que tuviera de repuesto. Coca-Cola había. Tehuacán. Hielos. Suficiente whisky. Cenicero y encendedor. Dos. Ellos tendrían su fiesta, ellas la suya, si todo salía bien. Puerta abierta con sigilo y prisa. El aire de la calle hacía sentir la casa como una cápsula donde el tiempo y el movimiento se habían aquietado. Al querer cerrar la puerta el viento aprovechó y la aventó orgulloso. El ruido fue como si la puerta quisiera avisar a la señora. Lucía apretó los ojos maldiciendo al viento, luego se dio la media vuelta como si nada. Cada una de las chicas salía de la casa de donde trabajaba como dos personajes de reloj cucú, sincrónicas, augurándose a sí mismas algo para sentirse optimistas. La seriedad de Cándida, sin embargo, no lo hacía ver tan fácil. El corazón de Lucía latía con fuerza. Sus manos sudaban. Le sonreía a Cándida como una vieja y querida amiga. Nadie de la casa de Cándida se asomó. No sabía si darle un beso o seguirse. Quería voltear por último a ver si la señora Ambó estaría asomada por el azotón de la puerta. Cándida le tendió la mano, era una mano esbelta, fría. Se miraron a los ojos por medio segundo, Cándida los tenía más claros de lo que pensaba. Más bonitos. Se había puesto rimmel en las pestañas y algo de sombra. Por timidez, Lucía volteó al frente. Estaba encantada. Cándida lucía un pantalón de pana azul marino. Una blusa de cuadros muy finos rosas y una chamarra de nylon amarilla, con las mangas subidas. Se notaba que era su ropa de lujo. Arreglada así Cándida se veía más niña, pero más atractiva a la vez. Cuando la tocó, Lucía no pudo evitar sentir algo en su bajo vientre. Algo que nunca había sentido. Su vagina se había contraído por dentro, como sorprendida, como si le reclamara no haberle avisado que algo así fuera a aparecer: otra vagina. Lucía confirmaba sus sentires y sus sospechas con una reacción física que a ella también la tomó desprevenida.
—¿Adónde vamos?
—No sé. No conozco todavía bien por aquí.
—Podemos ir al centro comercial de la Comercial.
—¿Está lejos?
—No. Pero si quieres vamos a otro lugar más cerca.
—No, está bien. Sólo preguntaba. —Las piernas de Lucía temblaban. Sólo quería saber si tendría que encontrar palabras para llenar una caminata de cinco minutos o una de quince.
“El centro comercial de la Comercial”, se decía Cándida reclamándose haber hablado tan mal. Pensaba mientras comenzaba a andar al lado de Lucía. No hallaba otra forma de decirlo. Ya llevaban varios pasos y Cándida no salía de esta idea.
—¿Llevas mucho tiempo trabajando aquí?
—Como tres años. —“La plaza de la Comercial” pudo ser la frase que buscaba.
Nuevamente el juego de la respuesta rápida y breve. Un silencio obligaba más a Cándida que a Lucía a hablar.
—A ti no te pregunto, te vi desde que llegaste.
—¿El lunes?
—Sí.
—Yo te vi el martes.
—Sí. —Una plática fluida, al fin.
—¿Cómo me viste el lunes?
—Por la ventana. Tú no me viste. ¿Cómo te va?
—Muy bien. La señora es muy buena gente. Al señor todavía no lo conozco. ¿Cómo sabías que iba a llegar? ¿O estabas así, nada más, viendo por la ventana?
Cándida miró a Lucía para saber mejor cuál era el tono de su pregunta. Estaba genuinamente curiosa.
—Todas las veces que llega alguien nuevo es en lunes. La señora tiene una forma muy… muy… —Cándida no encontraba la palabra para decir que había un patrón de acción en aquella casa. —repetida de hacer las cosas.
—¿De veras? ¿Pero, por qué? La señora es muy buena persona… —Cándida se limitó a seguir caminando, miraba el piso. Una hoja caída recibió su pisada, pero no crujió como se imaginaba que lo haría. Todas las hojas estaban húmedas.
El letrero de la Comercial Mexicana se asomaba a lo lejos. Iban a la mitad de su camino. La conversación era seria. Cándida medía sus palabras y sus movimientos. Le encantaba que Lucía no usara perfume, ni cremas. Le encantaba que no se hubiera pintado, y la excitante sencillez de su atuendo, incluyendo que no llevara medias. Sus zapatos bajos dejaban ver un caminado armonioso, suave, de piernas rectas, bien moldeadas, morenas, que transportaban con rítmico nerviosismo sus caderas amplias a la perfección, más de lo que un productor de televisión o un fotógrafo de revista hubieran escogido; su cintura, no pronunciada en exceso, su pecho sensato y sus hombros torneados con el mismo buen gusto en el diseño que sus piernas. Sus pechos igual lo eran, regresando a ellos y para hacerles justicia. Pero lo mejor era su actitud. Su persona interna. Parecía que no sabía lo bella que era. Cada vez que hablaba ostentaba una modestia inmensurable. Una educación sobria y sensata. También su inocencia, una que era natural, ni forzada ni incómoda de mostrar. Cándida se sentía una salvaje cada que le hablaba. Tenía miedo de espantarla. De ahuyentarla. Sin querer, sus manos hicieron contacto con el movimiento del caminar. Cándida suspiró cerrando los ojos. Tenía que cuidar a esta chica, pero le tenía que decir la verdad. Tenía que oírla de ella y de nadie más. Tenía que ser esa noche. El silencio hizo a Lucía dudar de la compatibilidad de las chicas para conversar.
—¿Y eres de aquí, del D.F.? —Preguntó Lucía ante el nuevo silencio pesado que se había formado.
—No. Soy de Jalisco.
—¿De Guadalajara?
—De Los Altos.
—Ah. Yo conocí Guadalajara. De muy chica. Fuimos mi mamá y yo. No sé a qué, pero me gustó. Lo poco que recuerdo.
—¿Y tu papá?
—No sé.
Lucía miró a Cándida buscando una mortificación que le hiciera decir que no se preocupara, pero ella sólo se mantenía callada, se podía decir que inexpresiva.
—¿Tú, tienes hermanos, papás?
—Sí. Todos viven allá en Los altos.
—¿Por qué estás aquí?
—Porque mis papás no saben que… porque mis papás quieren que me case, y todo eso.
—¿Y tú, qué quieres hacer?
—Lo que sea menos casarme. No me gustan los hombres.
Lucía se estremeció al escuchar esto. Ahora tampoco se imaginó que una frase pudiera excitarla tanto. Una que no le atañera directamente, pero sí lo hacía. El centro comercial tenía una heladería, un cine, una cafetería, además de otro tipo de negocios. Ir al cine podía ser una forma de estar cerca y no tener que hablar mucho. En el café había mucha gente que vivía en las casas y no era un lugar para ellas. El helado podía ser una buena opción.
—¿Café, helado, cine?
—¿Helado? —Lucía había notado que en el café había gente no muy del tipo de ella. La heladería tenía poca gente, y quería sentirse cómoda.
—Sí.

A Lucía le parecía estar soñando viendo de frente a Cándida ahí sentada, quien se sentía observada y fingía concentrarse en su helado. Lucía no podía evitar sonreír por sentir ese gusto. Quería conservar ese momento. Estar consciente de él para reproducirlo en su mente cuando ya no estuvieran las dos juntas, esa noche, o cuando fuera. La boca cuidadosamente pintada de Cándida mientras comía helado. Temía que el helado la fuera a despintar.
—¿Entonces, te va bien con la señora?
—Es muy linda. No es exigente. Yo hago bien mi quehacer. Pero no revisa, ni pasa el dedo a los muebles como otras señoras. Además tiene muchos libros y a mí me gusta mucho leer.
—¿Leer?
—Sí. —Lucía temió parecer aburrida—. Tiene todos los libros de un escritor muy divertido que se llama Jorge Ibargüengoitia —dijo casi deletreando el apellido—, que se murió en un accidente de avión. Tienen los periódicos en su despacho. Se me hace raro que tengan todos guardados. Un día le voy a preguntar a la señora. Pero me va bien. Espero estar mucho tiempo ahí—. Cándida miró fijamente a Lucía. No oyó sus últimas tres frases. Tuvo que pasar saliva porque hasta la boca tenía seca. Esto provocó otro de esos constantes silencios que a Lucía aún le incomodaban. Pero Cándida guardó la compostura.
—¿Por qué Cándida?
—Nací el 3 de octubre.
—¿Por qué Lucía? —rebotó Cándida.
—¿El 3 de octubre es día de las cándidas?
—No sé. Es día se Santa Cándida. —Cándida miró a Lucía para comprobar su ligera broma y rio con ella—. Lo sé. No tengo nada de cándida.
—Me gusta tu nombre—. Cándida fue ahora quien se sintió estremecer. Lucía le dijo esto abriendo mucho los ojos, con la cara alzada, se notaba todo lo que quería implicar, la hizo bajar la mirada, cándidamente. Era casi ocioso dudar sobre los gustos de Lucía, sin embargo, tenía que preg…— Me gustas, Cándida. El silencio y las miradas encontradas, entrelazadas. Cándida quería extender su mano y entrelazarla con la de Lucía, pero había mucha gente ahí, y de por sí la forma en que ellas dos hablaban y se miraban había hecho que un par de personas voltearan a verlas y se quedaran mirándolas fijamente. Sobre todo una pareja de adolescentes de una de las mesas, que las miraba con un desprecio fijo que, ninguna de las dos sabía (ni les importaba) si era por su condición de sirvientas o por su cercanía evidente. O por ambas. Cándida sonrió. Volvió a ver el rostro sin pintar de Lucía y a agradecerle la naturalidad para arreglarse, para caminar, para hablar, era, sin pensarlo pero al mismo tiempo sabiéndolo, el momento más feliz de su vida. Lucía, por su parte, ni en sueños se imaginaba todo esto una semana atrás, en que su único pensamiento estaba dirigido a cómo sería la señora a quien conocería el lunes siguiente. Cándida nunca pensó que esa heladería a la que tantas veces había ido sola fuera el recinto de ese lapso de tiempo inolvidable para ella. Un lapso de tiempo que bien hubiera podido ser llenado por ella mirando la televisión, como seguro había sido una y dos y tres semanas antes, cuando ella no sabía qué esperar porque no buscaba nada, cuando su mayor entretenimiento era ver qué chica llegaba a trabajar a la casa de al lado, sin esperar nada en especial de cada una de ellas, y como si justo el destino le hiciera la broma, de ahí mismo le había traído a esta chica que estaba frente a ella. Y no, esta vez no entretenía el tiempo, llenándolo con cualquier sonido o imagen. Las miradas prolongaban el momento. Las bocas se ansiaban. Era lo único que había que reprocharle a la frase aquella última que podía ser la última para siempre sin problema, aunque nunca se tocaran. Pero querían tocarse.
—Tú también me gustas, Lucía. —Cándida se odiaba porque tenía que decir la verdad esa misma noche a Cándida—. Mucho. ­—No podía dejar pasar al día siguiente, pues ya sería una deslealtad para su recién iniciado amor. Éste, sin embargo, no era el momento. Las manos debían tocarse, entrelazarse, fusionarse, intercambiar sus temperaturas.
—No me siento muy cómoda aquí.
—Qué mal. Pero tienes razón. ¿Vamos al cine?
Lucía la miró. Comprobó que esa mirada era la que la sometía y no le importaría vivir sometida a ella hasta el último día de su vida. Esta vez no era la mirada intrigante del primer día. Era una mirada de picardía con la complicidad de su boca. Nunca había visto esa media sonrisa que le insinuaba todo.
La película era Beberly Hills Cop 2, una comedia que tendría a la gente en la sala muy entretenida, y podrían pasar desapercibidas. Para su suerte el estreno había sido tres semanas atrás, por lo que la sala tenía gente a menos de la mitad de su capacidad. 
Ellas habían conseguido lugares en la última fila, cerca del proyector y podían oír más su ruido que los diálogos de la película, y veían su haz de luz saliente más intenso que la pantalla. Agradecían ese ruido y esa luz que iluminaba nada y las ocultaba a ellas. Los aromas se mezclaban, tapando el olor a mugre de los sillones de aquella sala de piso pegajoso. La película estaba empezada, no por mucho, por suerte. Sus suéteres se tocaban porque sus brazos descansaban en el apoyo común de sus sillones. Las fibras de las telas se tallaban y las manos guardaban una distancia respetuosa de los escasos, muy escasos minutos que llevaban ahí sentadas, pensando una en la otra, oliéndola, sintiéndola. Los minutos iniciales cedían su respetabilidad obligada, tensa pero agradable, a los siguientes, más laxos, más ligeros, más anuentes, y éstos, inolvidables por tiernos, ingenuos, decentes, a otros más ardientes. Los besos y las caricias se hacían acompañar por las risas del público que estaba embebido con la comicidad de Eddie Murphy y daban la buena señal de que nadie se percataba de su presencia cómplice al grado de ser un solo cuerpo con dos cabezas y cuatro manos que entre momentos de pasión reposaba en la ternura y la gratitud, con la otra y con el destino giratorio que había traído la fila de empleadas que había dado con la llegada de Lucía. De pronto, Cándida se refrenó, preocupada. Trató de mantener el cariño demostrado hasta ese minuto, pero recordar lo que tenía que decirle a Lucía hizo inevitable su contención. Las manos permanecieron entrelazadas el resto de la película, que por supuesto no tenía ningún sabor para ellas, por la intermitencia de su atención, pero también porque Lucía tenía aún fresco el tono de la comedia de Los relámpagos de agosto. Ver sus antebrazos juntos, recordar los minutos recientemente pasados era lo importante, lo que debería impulsar todo lo que viniera, pero bien hecho. Al terminar la película Cándida le pidió a Lucía que se fueran. Lucía, un tanto confundida y queriendo alargar la velada lo más posible, accedió. Nuevamente regresaban al silencio aquél maldito, pesado, profundo, eterno, mientras caminaban por la oscura banqueta de la calle de Agua, en ese regreso de sabor a prematuro. Había luminarias a lo largo de la avenida, pero la mayoría estaban fundidas, haciéndolas recorrer en un regreso claroscuro, como su encuentro mismo. Lucía quería preguntar si algo ocurría, pero no quería entrar en una dinámica así. Se acordó de Omar y quería algo totalmente distinto a aquella olvidable pero útil para la memoria relación.

IV
—Yo creo que va a haber fiesta en la casa de los señores. Creo que así le hacen todos los viernes.
Dijo Lucía, como si fuera algo que le importara mucho. Cándida, aún con esos ojos que habían virado su expresión hacia la preocupación miró a Lucía y respiró profundo.
—Tengo que decirte algo. Te pedí que nos viéramos hasta hoy por eso, porque creía que algo se iba a arreglar en estos días, pero ahora que te oigo, y viendo que no sabes nada, tengo que decirte la verdad. —Lucía se sorprendió de la gravedad que había visto de pronto en Cándida, pero agradecía que, por lo que hasta ese momento había oído, no se tratara de ella, al parecer. Agradecía también, que, si era tan grave, se hubiera esperado a que hubiera ocurrido todo su contacto, para tener al menos este recuerdo de dicha para su vida. Todo ello fueron sentimientos instantáneos, al tiempo de la ansiedad de querer oírla ya. Cándida suspiró, estaba escogiendo las palabras—. No hay señores.
—¿Cómo?
—No existe el señor Ambó.
—¿Qué dices? —Lucía se detuvo en seco. Miraba fijamente a Cándida.
—Te lo tenía que decir, Lucía. Si lo descubrías por ti sola me reclamarías, y hubieras tenido la razón, hubiera sido como traicionarte. Murió en un accidente de avión, hace varios años.
Lucía quería decirle a Cándida que le gustaba cómo hablaba, lo que pensaba, que las dos cosas competían mucho. Y que competían con su olor y su forma de besar. Pero no pensaba nada de eso ahora—. Murió en un avionazo.
—¿Pero, y entonces? ¡No! ¡Lo vi el otro día!
—¿Al señor? ¿Cuándo? ¿Cómo era? ¿Como en las fotos? —Por la mente de Cándida pasó la posibilidad de que la señora hubiera visto a alguien más, pero luego concluyó que era poco probable.
—No. No sé. Sólo vi una parte de él, su pantalón. — Lucía tendría aquí que explicar lo que hizo, cómo y por qué, justo la noche anterior. Ya no había modo de evitarlo—. Me asomé por la cerradura y estaba bailando, frente a la cama, de traje, bueno, con un pantalón de traje, yo creo que antes de que los dos…
—¿Hicieran el amor?
—No sé. Yo creo que sí. Tomaban y tenían puesta música romántica. Él estaba parado frente a la cama, y luego se subió como para acercarse a ella, pero me fui. Ya no quise ver ni oír nada más. Lucía y Cándida se miraron—. Un auto pasó junto a ellas. Se frenó. El conductor era alguien “distinguido”, como la gente que era dueña de las casas de ahí. Las miró con morbo y desprecio. Cándida, que lo veía de frente, lo miró por un segundo, retó al tipo, que aceleró queriendo decir algo.
—Yo pensaba que no ibas a llegar al viernes. Que te ibas a ir cualquier día de estos. Las otras chicas se dan cuenta pronto. Duran dos o tres días. Se enteran y se van en seguida. Hasta dejan sus cosas. Es para prevenirte. A lo mejor te estoy espantando más. Todo este tiempo te lo estaba queriendo decir, pero ya ves. Desde que te vi llegar el lunes sentí algo. Pensé “ojalá a ella no la espante”. Luego nos encontramos el martes, mi deseo fue más grande. Quería hablarte. Quería decirte que no te fueras a espantar. Que no te fueras a ir.
—¿Fue por accidente que nos encontramos?
—No. —Cándida miró a Lucía, le contestó después de pensarlo mucho, temía que se enojara pero estaba siendo completamente honesta. En verdad le preocupaba su reacción. Lucía leyó todo esto en ella. Le tomó la mano. Cándida miró a ver si nadie venía. Lucía apretó su mano. Frotó con su pulgar el dorso de la mano de Cándida. Cándida respondió presionando con todos sus dedos, sintiendo que algo dentro de ella crecía hasta querer salir, y le llenaba los ojos de lágrimas. Se besaron. Escuchaban motores de autos cada cierto tiempo. Un conductor les pitó, otro les gritó algo que no quisieron registrar porque no tenían sentidos para nada. Sus pechos se tocaron por primera vez. Había que parar. Lucía se desprendió. Su respiración estaba agitada. Estaba excitada, pero también nerviosa. Se había descubierto a sí misma en cada una de esas noches, y sus descubrimientos no parecían terminar—. Quería sentir de cerca lo mismo que de lejos. Cuando pasaste junto a mí estaba segura de lo que sentía por ti. Me miraste de una forma… como si te atrajera pero como si me estuvieras preguntando algo.
—Y tú me mirabas como si me quisieras decir algo. Estamos parejas, entonces.
—Y luego puse la canción de Marisela. Quería decírtelo de una forma o de otra. Quería que imaginaras que yo podía decirte algo, pero porque me preocupaba lo que ibas a pensar.
—Pues aquí estamos.
—¿Qué vas a hacer?
—Tengo miedo de regresar.
—No es agresiva.
—¿Cómo sabes? No hablaste con las chicas que se fueron.
—Nunca supe que hiciera una escena. Es como si estuviera acostumbrada a todo. Menos a haber perdido a su esposo.
—Por eso tiene los periódicos. —Se dijo en voz alta Lucía.
—¿Qué?
—Tiene los periódicos de un accidente de avión donde murió el escritor que me gusta leer. Pero entonces es por su esposo. Estoy casi segura.
—No sé.

Lucía y Cándida se miraron, se sonrieron y reanudaron su regreso. No había más que volver, después, la propia Lucía no sabía qué iba a hacer.
En el regreso el silencio era comprensible. Había tensión en Lucía, que no sabía que pensar, que dudaba de Cándida porque todo esto parecía una mala jugada. Imaginaba a la señora Ambó poniéndose de acuerdo con ella, ambas turnándose para tocar el disco de Marisela, solo aquella canción, además. La media sonrisa de Cándida ahora le parecía malévola. Su respiración estaba agitada, ahora para mal. Cándida sabía que por la cabeza de Lucía pasaban mil cosas, que todo podía ocurrir después de esa noche, o hasta antes de que acabara, pues la duda y el temor se podían volver insoportables. Ahora comenzaba a sentirse chantajista, pero las cosas habían salido así sin estar planeadas. Cada paso hacia las casas intensificaba las ideas y los sentimientos, todos flotando, cubriéndolas como tela en la cara dejando ver sus facciones preocupadas aun a través de esa tela, lanzada por ese viento que cuando quiere arremete y provoca azotones y choques.
Al llegar a la casa de Cándida ambas sentían el sabor agridulce de la despedida, pero pensaban que no eran las mismas que habían salido de sus puertas en sincronía, casi cuatro horas antes. El tiempo se había suspendido. El olor de cada una mezclado con el de la otra. Un nuevo perfume para cada una, que era el de su piel, detrás de aceites y cremas, ambas aromando idéntico, para volver a sus cuartos y no dormir. Pero empezaba la hora de la lluvia, como con reloj, desde hacía seis días. Cándida quería cuidar a Lucía y su propia imagen en su trabajo, así que la despedida tuvo que ser discreta, como de amigas, como de colegas compañeras de trabajo y vecinas que se despiden casualmente después de un día más. Lucía caminaba los últimos pasos para llegar a su casa, pensando en todo –en Cándida– cuando vio que la señora Ambó estaba en su ventana.
Vio que la vio. No había modo de pensar otra cosa. Disimuló, sin embargo, mirando al piso mientras buscaba su llave, que, sabía, estaba en su bolsillo derecho del suéter. No quiso volver a voltear, no podía ver si ya se había metido o seguía ahí. Cuando llegó a la puerta, Lucía no quería entrar. Quería que la llave fallara, que sus cosas no estuvieran ahí. Que la señora no fuera así. Que Cándida no le hubiera contado nada. Esperó un minuto, pensando, no queriendo entrar. Eso decidió fingir, que no sabía nada, por más que supiera que la señora asumiría que, al verse con alguien de la misma calle, y de la casa de al lado, le contaría todo. Así, decidió disimular, y entró.
La casa estaba oscura. Olía diferente. No sabía Lucía si era por el olor que ella misma traía de afuera. Quería volar hacia su cuarto. La señora estaría arriba, podía evitar prender la luz de la cocina e irse directo por la puerta que daba de ésta al pasillo que llevaba a su cuarto. Al entrar a la cocina, en la penumbra, se topó con la señora, que encendió la luz y al encenderla, Lucía vio que tenía puesta la ropa del señor: su camisa blanca, su corbata aflojada, sus pantalones y sus zapatos.
—No sabía que ibas a salir. —Le dijo la señora como si no estuviera vestida con la ropa de su esposo. Lucía quería contestarle que no tenía por qué avisarle, que era uno de los acuerdos, pero estaba paralizada, no registraba lo que oía por la impresión de ver a la señora ataviada así. Ahora pensó en qué hubiera sentido si Cándida no le hubiera contado cómo eran las cosas—. Oí un ruido y me asomé y te vi cerrar la puerta y luego irte con esa muchachita—. Parecía que la señora buscaba una explicación. Parecía también que la consideraba algo más que una sirvienta. Su aparente reclamo lo hacía con toda serenidad, como si sólo estuvieran comentando lo sucedido, eso sí, esperando una respuesta. Olía a alcohol, pero era como si hubiera parado de beber un buen rato atrás. En su espera por una respuesta, Lucía pensaba que estaba en un momento definitivo de su vida entera. Igual que la señora, Lucía conservó la serenidad, por más que el estómago le pedía irse ¿a su cuarto? ¿de esa casa?
—¿Necesita algo?
—Ya no es tu horario de trabajo, hija. ¿Te fue bien?
—Sí. Fuimos al cine.
—Qué bueno que tengas amigas ya. —La señora pausó. Miró a Lucía fijamente, entre preguntándose si le decía la verdad y dándole tiempo para reaccionar de alguna manera, diciéndole algo, llorando, huyendo—. Me subo porque el señor se va a impacientar. Llevo mucho rato afuera de nuestro cuarto. Voy a hacer otros dos jaiboles y ya.
—¿Quiere que yo los prepare? —Preguntó Lucía conteniendo la voz entrecortada, pensando en que nunca había preparado highballs y menos para un ser imaginario. La señora la miró enternecida, con una sonrisa apenas dibujada que Lucía sólo distinguía de reojo.
—¿Sabes hacerlos?
—Puedo aprender.
—Muy bien. —Dijo la señora Ambó agradecida. La hielera de acero inoxidable descansaba olvidada, con agua fría de hielos disueltos junto a los dos vasos vacíos y a la licorera de cristal cortado, como Lucía siempre lo dejaba todo. Entendía que todas las noches de fiesta la señora regresaba una vez al menos por dos bebidas más. Lucía tiró el agua de la hielera, sacó un nuevo molde de aluminio del refrigerador, echó hielos. Las manos le temblaban. La señora lo notó.
—Te alcanzaste a mojar, hija.
—Estoy bien. ¿Cuántos hielos?
Lucía sacó del gabinete dos vasos altos, limpios como los que estaban ahí.
—Tres, por favor. A cada vaso. —La señora destapó la licorera. Lucía la tomó con las dos manos y miró a la señora esperando indicación—. Bien. Ahora, con el chorro más fino que puedas, sirves contando hasta cinco, así es como mide el señor, siempre.

Mientras preparaba la licorera, Lucía entró en cuenta de que era el señor quien serviría esos highballs en la idea de Aurora. Controló el chorro y comenzó a sentir ganas de orinar. Muchas. Como si la orina se hubiera contenido y ahora irrumpiera intempestivamente de sus riñones a su vejiga. El temblor de sus manos y las ganas hicieron el reto más difícil, pero fue superado. Para el segundo vaso ya tenía más confianza. La señora, sacó una Coca-Cola y un Tehuacán del refrigerador.
—Ahora, mira, yo sirvo en mi vaso y tú en el del señor Francisco. —la señora sirvió dos cuartas partes de cola y una de agua mineral. Lucía la emuló a la perfección. Si esa sería su última tarea para esa casa, tendría que hacerla como Dios mandaba, o como el señor mandaba antes. El señor Francisco. Ya había visto que el señor se llamaba así, en alguno de los diplomas de su oficina, pero de no ser por la expresión uniforme de su rostro en todas las fotos, nada más había llamado su atención sobre él. Ahora, con su nombre pronunciado por la señora, llegó su imagen, siempre la misma, mirando siempre a la lente como hacia arriba, por agachar un poco la cabeza, detrás de unos anteojos de pasta gruesa, los cristales a veces ahumados, a veces claros, a veces oscuros. Recordaba las fotos blanco y negro con pelo abundante y negro, y las en color con canas y una calvicie cada vez más notoria. Siempre el blanco del globo ocular debajo de sus iris, como en sumisión o desconfianza por quién tomaba la foto, o, más bien, por quien iba a ver esa foto, seguro alguien desconocido a quien estaba sometiendo su imagen. Había pensado bien. Lucía, esa total desconocida, recorrió en un instante cada una de las fotos que había visto de él, como si fuera un familiar cercano, a quien ahora le estaba preparando una bebida.
—¿Quiere que las suba?
—No, hija, gracias, yo las llevo. Tú ya ve a descansar.
—Está bien. Buenas noches.
La señora tomó los dos vasos, los puso en una charola y salió de la cocina con el equilibrio experto de esas segundas visitas nocturnas y etilizadas a la cocina. Lucía esperó calculando el tiempo y oyendo con cuidado los pasos masculinos de la señora, tan distintos a aquellos matutinos enpantuflados, barredores, anunciantes a veces de una resaca de soledad otras de una de fiesta. Mientras se alejaba, Lucía cerró la puerta de la cocina que llevaba a su cuarto con un azotón ligeramente exagerado. Cuando los pasos se dejaron de oír, salió de la cocina hacia el pasillo. Volteó con miedo hacia la sala temiendo ver a la señora parada ahí, esperando descubrirla yendo a otro lugar que no fuera su cuarto. Volteó lentamente. Nadie. Entró al baño de visitas con el chorro de orina desesperado a punto de dar un empellón de adentro hacia fuera y salir sin importarle nada. Cerró la puerta y sin tiempo para encender la luz se sentó dejándose caer al tiempo que se bajaba la falda, una proeza mayor que la de aguantar el chorro mientras servía Whisky. El chorro rebotó con fuerza incontrolable contra la pared del excusado, era una furia como la de la lluvia que ya comenzaba a oírse de fuera, pero que la superaba en volumen. Pensó en la señora y si ésta oiría y se regresaría al menos a asomarse, reprobando el atrevimiento de su uso del baño aquel, destinado a visitas inexistentes, pero siendo, finalmente, una afrenta para las formas y las reglas sociales establecidas más allá de esa casa. No le importó. Si la señora estaba afuera, parada con su charola, la miraría y se volvería hacia su cuarto. No había nada que perder, y si alguien debería sentir pudor ante su situación, no era Lucía. Terminó de orinar mientras se acostumbraba a la oscuridad del baño mirando la perilla de la puerta del baño, esperando no verla girar. A estas alturas cualquier ocurrencia de su mente parecía posible, más con la necesidad imperiosa de orinar satisfecha. Se limpió y vistió sin dejar de ver la perilla. No jaló la cadena y pensó que si no volvía a trabajar igual tendría que pasar por la mañana a jalar para que la orina y el papel se fueran, como ella. Salió del baño con miedo, miró al fondo del pasillo esperando ver a la señora, no podía evitar voltear. Nadie. Pensó automáticamente en su cuarto, pero antes debía hacer otra visita.

La puerta de oficina del señor estaba cerrada, y la perilla redonda, ex dorada ahora cobriza y pelada por oxidación era especialmente ruidosa. No pudo evitar hacer esos ruidos que engranes y resortes quejosos –chismosos– hacen por lento que se haga el giro de estas manijas. Entró. Por suerte las bisagras no eran chismosas. Emparejó lo más que pudo. La puerta tenía cierta resistencia a quedar pegada al marco y dejaba un resquicio que permitía verla hacia adentro casi sin importar dónde se parara, y desde dentro y con esfuerzo se podría ver a alguien que espiara desde fuera. No podía girar esa manija quejosa de nuevo para cerrar mientras buscaba en los periódicos, pero nada le impediría correr el riesgo. Revisó el Uno más Uno, Excélsior, Universal, La Jornada. El País. En El País estaba la lista de decesos en el avionazo. Ahora se resistía a leer. Estaban nombres de gente que ya no existía, ahí estaría el de Jorge Ibargüengoitia y otros escritores latinoamericanos, como decía el titular. Pero hasta arriba, en el tercer lugar, estaba el de Francisco Ambó. Lucía miró hacia el resquicio que tuvo que dejar de la puerta al marco por esa puerta necia e hinchada. La oscuridad no le permitía estar segura de que hubiera o no alguien mirando. Miró los diplomas del señor, sus distintos méritos en distintos años. Pensó en como el motor de un avión había calcinado todos esos logros en un segundo. Pensó en los textos de Ibargüengoitia. Trató de mesurar todo lo que había en aquel avión y que se esfumó en un segundo. Luego pensó en todas las letras que pudieron dejar y cómo éstas habían quedado después de su muerte, sin que sus vidas dejaran de ser un malogro. Miró las fotos del señor Francisco en cada diploma, fotos que la miraban a ella sin conocerla. El diploma de enfrente, en un marco de latón dorado, pelado, con esquinas redondeadas, la miraba de frente. Lucía le dio la razón al ingeniero por esa expresión de desconfianza. Pensó luego en la mirada de Cándida cuando la conoció, y en lo que le dijo después, se dio cuenta de que tenía mucho que decirle con esa mirada y cómo lo único en lo que había acertado era en el mundo interno profundo que era Cándida para ella. Luego entendió la mirada del señor Francisco, no era una mirada de distante desconfianza, era una petición permanente. Plegó los periódicos con todo cuidado, como si fueran de ese día y no quisiera que un lector primerizo notara que ya habían sido desplegados, los colocó en su posición original, más por respeto que por precaución. Se acercó a la puerta y la abrió. Nadie estaba. Respiró profundo, pensando en las letras del nombre del señor Francisco. Caminó hacia la cocina, prevenida de un posible susto. Se oía otra vez la música. Completamente tuya. Marisela nunca imaginó lo que pasaría con su canción. Nunca nadie imagina lo que pasaría con lo que hace. Nunca el señor Ambó imaginó que se comunicaría con una sirvienta seis años después de su muerte, con esa mirada insistente.
La cabeza de Lucía daba vueltas. La señora, Cándida, el señor. Las miradas de cada uno de ellos, todas dirigidas a ella. ¿Cómo se vería la mirada de ella para éstos tres? ¿Qué representaba esa mirada del ingeniero Francisco? Lucía andaba por el pasillo. Llovía pertinazmente, pero soportablemente también. O al menos la lluvia pasaba a segundo plano después de esta noche agitada. Completamente tuya seguía, y seguiría, pero la música se diluía con la distancia, solo que, ahora se escuchaba la otra versión. La de casa de Cándida. ¿Cómo podía hacer eso? Arriesgaba a que la corrieran. La puerta del cuarto de Lucía estaba cerrada, como era debido, pero tenía en frente varias piedras, de río, pequeñas. De ésas que no fallan en dar al blanco por su peso. Unas siete piedras. No se notaba, pero al día siguiente encontraría las abolladuras con que cada piedra había atinado su destino. Parecía que habían cesado. Lucía tomó una de las siete piedras y la arrojó hacia la otra casa. Dio en algo ruidoso, lámina o plástico, pero cumplió su cometido. Si la música estaba a alto volumen, y la lluvia seguía, qué importaba la caída de un guijarro en un toldo. Era como una de esas gotas desproporcionadas parecidas al granizo que durante el sueño nadie toma en cuenta, aunque las alcance a oír. Lucía esperó en la lluvia. Esperó más. Calculó el tiempo que habían tardado esas siete piedras en ser arrojadas y el tiempo que ella estuvo con la señora y en el estudio. ¿Una hora quizá? Una hora podía esperar. Más. Mucho más. Un año. Ahí, en la lluvia. De pronto vio como un asteroide, como un cometa, un guijarro volar hacia su puerta. Una vez más, Lucía tomó una de las piedras, trató de lanzarla al mismo lugar ruidoso, chismoso y seguro, donde no hubiera riesgo de  golpear a Cándida. La música de aquel lado se calló repentinamente. Lucía esperó a que cayera otro guijarro, pero la espera se alargó, y lo que se oyó fue un golpeteo. Estaban tocando la puerta de la casa Ambó. Lucía miró hacia la puerta, luego hacia arriba a las ventanas, temerosa de que la señora se asomara. Se apuró a abrir, casi más para que el golpeteo terminara. Cuando abrió, estaba Cándida ahí, empapada, como ella. Se besaron sin contención, sin preocupación, con la excitación que les daba tener la cara mojada, las manos, el pelo. Aún con el agua, Cándida conservaba su aroma. Lucía la jaló, cerró la puerta y llevó de la mano a Cándida. Pasó por el pasillo de piedra desde el que veían los dos autos (uno encapotado, nunca usado, seguro desde 1982) y hacia el otro lado el jardín frontal. La lluvia caía en las plantas como un discreto aplauso que recibía a las chicas y las acompañaba hasta el final de ese pasillo formado por bloques de hormigón que reflejaba sus pasos andar en idéntico ritmo, simetría de buen augurio. Entraron a la casa, a la cocina, al pasillo que las llevó al cuarto. Vio Cándida las siete piedras y Lucía la miró sonriente. Cándida sonrió con picardía. Entraron al cuarto, Lucía se cercioró de que quedara su puerta perfectamente cerrada. Cándida miró el cuarto. Como nunca en aquellos años de desfile de empleadas, esta vez se había preguntado cómo era el cuarto en el que Lucía dormía, como si antes no hubiera existido, como si hubieran sido otros cuartos con aquel desfile de huéspedes que lo volvía comparable al tránsito de un cuarto de hotel. Ahí estaban las dos, solas, viviendo algo que nunca habían vivido, ni imaginado que podía vivirse. Lucía desvistió a Cándida con delicadeza, su piel estaba fría por la lluvia, la abrazó por la espalda, más para calentarla que para sentirla. Cándida se volteó, la besó y la desvistió también. La cama las recibió gustosa, la sábana las arropó hasta la cabeza y se volvió una carpa floreada que iluminó de amarillo todo debajo de ella. Se besaron, se abrazaron para amarse, por primera vez en la vida de cada una.

V
—Era la señora.
—¿Qué?
—Era la señora que se viste de su esposo. Por eso creí que lo había visto por la cerradura. Cuando volví me estaba esperando para hablar conmigo, vestida de él.
Cándida y Lucía se miraban acostadas en la cama, compartiendo una almohada.
—¿Y qué te dijo?
—Nada. Que su esposo la esperaba. Que ya se iba asubir porque me había esperado mucho tiempo. Que qué bueno que tú y yo éramos amigas. Yo creo que me esperó sabiendo que tú me ibas a contar su secreto para ver cómo estaba.
—¿Y tú qué hiciste?
—Me estaba muriendo de miedo, pero me calmé. Le ayudé a preparar las bebidas “para los dos”.

Cándida respiró profundo, mirando a Lucía con esa mirada que sustituía las palabras. Lucía le sonrió, la miró amorosa por un rato. Ella también sabía responder con los ojos. Sólo a Cándida. Se dieron un beso. Luego Lucía pensó en la mirada de Francisco, imaginándola en todos esos cuadros, viéndolo mirarla insistentemente, repetidamente, entonces se dio cuenta de que, por la mirada de Francisco, era como si supiera que ella la vería algún día y le estuviera encomendando a su esposa Aurora.

—¿Me ayudarías con algo?
—¿Con qué?
—Acompáñame a la cocina.
Lucía le dio ropa seca a Cándida. Una camiseta y un short. Ella se vistió igual.
En la cocina, Lucía sacó un par de vasos y con las pinzas tomó tres hielos para cada vaso. Contó hasta cinco cuando vertió el whisky manteniendo el chorro angosto. Puso dos cuartas partes de soda y una de Tehuacán. Le dio un vaso a Cándida que la miraba sonriendo con sorpresa, y se quedó con el otro vaso.
—Salud.
Cándida la miró sonriendo de un solo lado. Eso encantaba a Lucía (nunca se lo diría para no quitarle lo espontáneo a ese gesto). Cada una dio un buen trago, casi la mitad del vaso. Lucía volvió a llenarlos calculando complementar la merma del buen trago que le habían dado. Lo probó. Se le pasó un poco la dosis en el relleno, pero no le importó mucho. Cándida miraba, esperaba algún brindis o alguna palabra amorosa. Lucía dio otro pequeño sorbo a su vaso y Cándida no tuvo más que imitarla. Lucía respiró profundo. Pidió a Cándida su mano y la jaló. Cándida divertida se dio la media vuelta imaginando que terminarían los jaiboles en el cuarto. Tendría que irse en algún momento para despertar en su casa, como si nada hubiera pasado. Pero Lucía la llevó en otra dirección. Trató de encontrar los apagadores para encender las luces conforme iban avanzando. La eterna canción aún se oía, y cada vez más fuerte. Lucía miró a Cándida que aún se notaba sorprendida por el cambio de ruta de Lucía. Pasaron junto al librero del que Lucía leería cada letra guardada en él, el librero parecía mirarla acordando el trato. Al final del pasillo dieron vuelta hacia la izquierda. El volumen de la música era fuerte ahí dentro. Podían beberse los jaiboles y platicar sin problema ahí afuera, pensó Cándida. Pero Lucía abrió la puerta. Cándida abrió mucho los ojos, contuvo la respiración y apretó fuertemente la mano de Lucía. Adentro estaba Aurora. Recostada sobre su costado, dando la espalda a la puerta, aún con la ropa de Francisco. Lucía cerró la puerta, la aseguró como la de su cuarto, como si alguien pudiera irrumpir. Al cerrar, Aurora giró rápidamente, con ojos muy redondos y corazón sobresaltado. Estaba completamente despierta. No estaba ebria. Miró a Lucía y a Cándida, con sus camisetas blancas, amplias, como si tuvieran alas. Cándida se calmó al ver la serenidad de la señora. Su expresión denotaba soledad, tristeza, pero no ausencia de la realidad. Luego, Cándida miró a Lucía, que respiraba profundo. No entendía por qué, esta vez no tenía pista. Lucía dio un buen trago a su vaso, lo puso en el tocador junto a los otros dos que reconocía de rato atrás, antes de visitar el despacho, antes de recibir a Cándida. Ahora estaban vacíos. La señora los miró y sonrió lacónica. Lucía se echó el cabello hacia atrás, serena, majestuosa, se acercó a Aurora y la abrazó cariñosa. Cándida miraba la escena conmovida, pero también incómoda. Lucía comenzó a besar a la señora, a acariciar sus hombros, su espalda, su cintura. Sentía su camisa de hombre y se preguntaba cuándo había sido la última vez que esa camisa había abrazado a Aurora. Aurora respondió amorosa, no podía evitar sonreír, aunque lo hacía con discreción. También abrazó a Lucía. Las respiraciones tomaban fuerza, y Cándida, desde su posición, también empezó a respirar agitada. La señora y la sirvienta se besaban cuando llegó la otra sirvienta a besarlas, las pieles contrastaban en texturas y en colores. Los sudores se mezclaban entre sí y aun con frío y algo del agua de la lluvia que todavía traían consigo las dos jóvenes. Cándida las jaló a la cama y ellas avanzaron sin resistencia. La cama las recibió suave, contenta, compasiva, retada –porque cuando más, había recibido el peso de dos–, pero orgullosa, gozosa. A diferencia de la escena en el cuarto de Lucía, no hubo sábana que fungiera como carpa. No hubo una luz apagada. La canción acababa y empezaba sin culpa en un tocadiscos mecánico y obediente. Manos, piernas, brazos y bocas se mezclaban y se entregaban con ternura y con afán de complacer. La camisa no estaba como siempre, cuidadosamente depositada junto al vestido de la señora, ahora colgaba del colchón, desparramada, con las mangas como brazos vencidos al placer y al clímax. Después de unos minutos, la señora, Aurora, apagó la música. Aun respiraba agitada, pero su sonrisa agradecía la agitación. Se sentó en la cama. Los ojos se le humedecieron. La sonrisa se pronunció más y con ella una lágrima estalló para escurrir vencida por su mejilla y caer sobre sus calzones de hombre. Se recostó, dando la espalda. Respiró profundo. Lucía y Cándida, con sus nombres de telenovela y calendario, se incorporaron cuidadosas, discretas. Salieron de la habitación sigilosas, como si la señora ya durmiera. En el pasillo de abajo Cándida se adelantó para enfilarse a la salida de la casa. Eran las tres de la mañana, pero ellas no habían buscado ningún reloj para consultarle la hora. Ya no llovía, y el viento se había convertido en una brisa que a lo más transportaría el rocío. El cielo estaba despejado y parecía tener cierta luz de procedencia indefinida. Ya podría Lucía oír los sonidos naturales de esa casa al anochecer. Cándida abrió la puerta y giró hacia Lucía. Se miraron, serias. No se dijeron nada. No hacía falta. Se dieron un beso más, éste más breve, menos apasionado, la pasión podía continuar al día siguiente. Una podía visitar a la otra o viceversa, luego, quizá vivir juntas, o no, el tiempo lo diría. Ninguna quería despedirse, pero éste era sólo el primer día, o la última de las primeras noches.

FIN



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2 comentarios:

sofia dijo...

Me imaginaba otro final. Me parecía que de ese pasillo podrían surgir varias posibilidades de desenlace. Me gustó. Muy entretenida la historia. El detalle de la lluvia cubriendo lo que sucedía también me parece oportuno.

Horacio Garduno dijo...

Gracias, Sofía. Saludos.